"¡Estamos esperando gemelos!", le dice Daniel a su madre. Su cara es de terror. Por suerte, no es más que una broma. Cuando empezamos a salir, yo quería acoger, pero por logística familiar decidimos que no. Parece cruel decirlo, pero no queremos tener más hijos; ya los hemos tenido con nuestras anteriores parejas. No es solo que se nos haya pasado el arroz y no queramos, a nuestra edad, la responsabilidad de criar a un recién nacido, sino que nuestras prioridades son otras. Aparte, sabemos que precisamente los hijos no son el elixir de la unión eterna de una pareja, sino todo lo contrario. Aunque no hayamos tenido hijos comunes, prácticamente siempre estamos con los míos, que son pequeños, y somos una modern family. La primera vez que una amiga dijo en voz alta que no pensaba tener más hijos, no lo entendí. Yo tenía unos treinta y solo quería quedarme embarazada. Ella, unos cuarenta y pico, y ya tenía dos niñas, de once y ocho años. "¡Qué pereza volver a empezar!", exclamó. Yo no solo no la entendí, sino que la juzgué. Con lo que cuesta tener hijos sanos, con la suerte que tenemos de poder mantenerlos… ¿Cómo era capaz de renunciar a esta bendición? Mira que mi vida ha girado en torno a la maternidad y he sufrido abortos que aún me han hecho sentir más lo afortunada que soy de poder tener hijos. Pero ahora, a punto de cumplir cuarenta y cinco años, la entiendo perfectamente. Y por eso agradezco que mi pareja actual no me lo haya pedido nunca.
Precisamente, tengo una amiga que está a punto de romper con su novio por este tema. Con cuarenta y dos años e hijas criadas que pasan de los ocho, su nueva pareja —un poco más joven— quiere ser padre. Y ella prefiere separarse de una relación que va bien que volver a pasar por los cochecitos, los biberones, el dolor de escápulas y los llantos a medianoche. “No es el embarazo, son los cinco años (como mínimo) que me pasaré sin tener vida”, me dice. “Ahora, a pesar de que tengo la carga mental de educar a mis hijas, al menos puedo dormir”, se intenta justificar. Sí, sí, solo las que hemos pasado por esto sabemos de lo que hablo. Una de las razones por las que no tuve el tercer hijo es porque, después de tantos años sin dormir (vivía sola con dos críos que se llevaban un par de años), vi que no resistiría un par de años más sin apenas pegar ojo. Una noche, me levantaron entre el uno y el otro una docena de veces y me puse a llorar diciendo: “A mamá le va a dar algo”. No dormir no te hace, ni mucho menos, mejor persona. Supongo que por la razón contraria —por no haberse ocupado mucho de los hijos— hay hombres que, pasados los cincuenta, se atreven a tener más con mujeres veinte años más jóvenes. “Si empiezas una relación con una de treinta, sabes que habrá partido”, le recrimino a un conocido que me cuenta que su nueva pareja quiere procrear.
Eso de posponer la maternidad con los óvulos en el congelador es como cuando no tiras la comida que ha sobrado directamente a la basura
No quiero generalizar ni poner género al tema, después de leer el nuevo libro de Álvaro Colomer In Vitro. Le dejo un mensaje por WhatsApp en el que le digo (aunque suene fatal): “Me has hecho sentir la frialdad de tu paja en aquel hospital de fertilidad”. No creía que ningún hombre pudiera escribir así sobre los frustrantes sentimientos de la fertilidad asistida o, como él subtitula el libro, “una historia cultural de la destrucción de las mujeres”. Precisamente, muchas mujeres que no quieren ser unas tradwives de manual me cuentan que se han congelado óvulos hasta que encuentren una pareja que esté a la altura. A veces, opino, es más el juego de las sillas que un romanticismo de manual. El timing más que la idoneidad. Espero equivocarme, pero eso de posponer la maternidad con los óvulos en el congelador es como cuando no tiras la comida que ha sobrado directamente a la basura. La pones en un tupper, con la ilusión de que te la comerás al día siguiente, pero acabas picando algo en un bar después del trabajo y lo acabas tirando al cabo de una semana. Hay quienes necesitan decir adiós a la idea que se habían hecho de vida de manera gradual. Precisamente, mis tres mejores amigas no han querido tener hijos o, cuando han pensado en ello, ya era demasiado tarde. Pero ningún drama como el que yo hacía cada vez que me venía la regla. “¿Qué harías ahora si te quedas embarazada?”, me preguntan. Es muy gracioso, porque mis hijos no quieren que tenga ningún hijo más. “Solo queremos que nos cuides a nosotros dos. ¡Papá, como si tiene veinte más!”. Y es que a las madres les pedimos una exclusividad egoísta y nos encanta que estén siempre por nosotros, esperándonos con una sopita en el sofá. Y eso que cada vez que veo a un bebé en un cochecito me quedo embelesada y tengo que apretar los dientes para no ir y abrazarlo. Porque lo que recuerdo con más cariño es la luna de piel con mis hijos cuando los tenía sobre mi pecho. “Has tenido dos porque has tenido niña y niño”. La verdad es que siempre había querido una niña. Con las pérdidas gestacionales ya me daba igual el sexo, solo lo quería vivo. Que luego he entendido lo importante que es que esté sano, también. Eso sí, si no es niña y niño (quería que la mayor fuera ella), que sean dos niñas. Y debo decir que a mí con mi hijo se me ha ido totalmente la olla. Odiaba cuando las madres italianas me explicaban su obsesión con el figlio maschio. Pero es que, incluso, me he divertido más eligiendo outfits azules o americanas que vestidos rosas. Lo sé, una visión muy sexista, pero soy del 81. “No quiero tener más hijos”, me dijo un platónico y fue cuando decidí que me casaría con otro. Mi deseo de ser madre era más grande que todo.