Desde que empecé a escribir en este medio, siempre he publicado la columna los miércoles. Esto quiere decir, pues, que desde que empecé a escribir en este medio he publicado unas cuantas columnas el Miércoles de Ceniza. Ingenuamente, mi enfoque ha sido a menudo el de exponer la belleza de la Cuaresma y la luz de unos días que, para una parte nada despreciable de la sociedad, tienen un deje oscuro y anticuado. «No et facis posar cendra […] que no té res que veurela mort, la cendra, amb tu», escribía Maragall. Ahora me doy cuenta de que quizás referirme a ella desde la belleza y la luz en un medio en el que muchos de mis lectores no creen en Dios es saltarse estadios y que, como en tantos otros campos que tienen que ver con la fe, hay que buscar un terreno común previo: un lenguaje compartido desde donde establecer el diálogo en cuestión. Es posible detectar la madurez de la vida de oración de alguien por la facilidad con la que encuentra este espacio compartido. Servidora, sin embargo, hará lo que buenamente pueda. 

Los años me han hecho entender que la espiritualidad está hecha de revelaciones adivinadas a base de paciencia; de certezas a las que se llega desde la experiencia, que es quien contribuye a separar el grano de la paja; de un trabajo silencioso, pero constante. Discreto, sencillo e íntimo como “el susurro de una brisa suave” (1Re 19,12), pero que con el tiempo se acaba revelando como la fuente de todas las cosas grandes que ofrece la vida. Hay muy pocos días de euforia y de fuegos artificiales, y muchos días de empujar a pesar de la duda y a pesar de las circunstancias del presente, que a menudo son abrumadoramente desesperanzadoras si no tenemos o no buscamos la sensibilidad para encontrar aquello que nos pueda esperanzar. Todos libramos una lucha callada, creyentes y no creyentes, que es la que explica cómo nos relacionamos con nuestra realidad. Si escribo “tú también llevas una cruz”, en la cabeza de cada lector esta cruz cobrará concreción de manera prácticamente instantánea. Yo también llevo una cruz. 

Todo está hecho para huir de uno mismo, para que la lógica sea la de priorizar lo que es cómodo y no la de priorizar lo que nos hace bien

A veces basta con ser consciente de ello para que esa sensación de lucha y de brega cobre un sentido, pero en el contexto contemporáneo actual en que la satisfacción de los placeres inmediatos es la norma sistémica, en que la religión más importante es la de la experiencia, y en que la ley del consumo exige que la manera de vivir —y, hasta, de pensar— cambie rápidamente sin ofrecer fundamentos sólidos para resistirse a ello, el ruido expulsa el silencio y la lentitud se hace quimera. Todo está hecho para huir de uno mismo, para que la lógica sea la de priorizar lo que es cómodo y no la de priorizar lo que nos hace bien. El mundo ofrece un bienestar superficial que niega la posibilidad de obtener un bienestar hondo y sostenido. Propone la posibilidad de olvidarnos un rato de aquello que nos pesa y, por tanto, nos quita ocasiones para descubrir qué es y qué lo hace, que nos pese. Como todo lo que es superficial, sin embargo, la costra se resquebraja cuando algo pone en marcha movimientos de fondo. Mover el dedito hacia el siguiente match no ha arreglado nunca un corazón roto.  

Siempre me ha molestado cuando alguien se ha referido al catolicismo como contracultural. En este país, nada ha configurado tanto la cultura a lo largo de los siglos como el catolicismo. Diría que Cristo pone en entredicho algo más allá de la cultura: pone en entredicho todas y cada una de las manifestaciones de aquello que no es de Dios. La Cuaresma nos facilita hacer una enmienda a la totalidad a lo que es superficial, perenne e ilusorio, porque es tiempo de oración. Nos ofrece hacer una enmienda a la totalidad a la aceleración, porque los tiempos de la vida interior son otros y nos pide que sean los únicos. De una manera sutil y sigilosa, nos exige que seamos honestos con nosotros mismos y que nos miremos más allá de lo que nos compramos, de lo que producimos, de lo que proyectamos, de las expectativas que el juicio que hacemos de las vidas de los demás nos ponen sobre nosotros mismos. Y que prestemos atención a nuestro combate íntimo hecho de combates aún más íntimos: que hagamos un propósito desde la autoestima y desde el amor a Dios, descubriendo de nuevo que, en realidad, son la misma cosa. 

De todo esto no sacaremos ni un deleite inmediato, ni un alivio instantáneo. Habrá alegría, pero, igual que la hay cuando llega la Pascua y reconocemos la luz que escondía la sombra de la Cruz. Y habrá, sobre todo, un corazón renovado capaz de reconocer los tesoros que perdemos la capacidad de ver cuando perdemos quiénes somos y qué anhelamos verdaderamente de vista. La negrura de la ceniza de hoy contiene mucha vida. De hecho, contiene la única vida que al final del camino nos hará sentir que la existencia y el sufrimiento que la existencia carga han valido la pena, y la Cuaresma —la vida cristiana en general, pero sobre todo la Cuaresma— es el recordatorio anual de que un instante de abnegación te puede explicar más cosas sobre ti mismo que un viaje a Tailandia. Y que lo que necesitas y que incluso te cuesta nombrar no es un anhelo que el mundo pueda satisfacer. Pero en el mundo, en la vida ordinaria, en la cotidianidad de un día de brega, en la cena que haces para tus hijos un lunes por la noche, hay una belleza que no es de este mundo, y que ya nos permite intuir la eternidad que viene y maravillarnos de ella.