Feliz Navidad a todos, eso lo primero. Parece un sarcasmo que el alcalde García Albiol haya escogido estas fechas para expulsar a los ocupantes de la nave B9 sin buscar la debida atención a las personas vulnerables. Probablemente, la medida sea ilegal, pero sobre todo es altamente contradictoria con exhibir el árbol de Navidad más ancho, largo y viril de toda la cristiandad. A la hora de debatir el tema, han quedado claras las sensibilidades, pero sobre todo la sensibilidad. Podemos convenir que la inmigración ha sido mal gestionada y que requiere una buena revisión en términos de orden y método, con mayor conciencia de las posibilidades (reales) y las necesidades (también reales) del país, pero creo que la medida política de los líderes es fácil de detectar en situaciones de emergencia: si se considera que estas personas no tienen derechos, descarto por completo esa opción y no tengo ningún interés en ninguna idea que quieran añadirme. Si se considera que deben tener garantizados y prestados todos los derechos, en situación de igualdad (o incluso superior) con quienes pagamos impuestos o seguimos las normas, también, honestamente, dejo de escuchar. Si, en cambio, se considera que los derechos indiscutiblemente los tienen —todos y cada uno de ellos y como personas que son—, pero que, lamentablemente, no se puede garantizar su prestación abierta, universal y gratuita para todo el mundo sin seguir un orden eficaz y eficiente, entonces podemos empezar a hablar. Sobre todo si, mientras hablamos de todo esto, esta gente dispone de algún acogimiento temporal en estas fechas (y que no recaiga todo en Cáritas, aprovechando que Salvador Illa, el inactivo president del país, presume tanto de implicación cristiana).
Debatir sobre si los derechos son universales o no nos lleva a debatir sobre maneras de pensar previas a la Revolución Francesa y a la Ilustración y, por lo tanto, me da mucha pereza por la obviedad de la respuesta; en cambio, sí resulta interesante debatir sobre la viabilidad de su prestación universal: no, no es viable. Aún no, ni siquiera en tiempos de globalización. Se ha avanzado más que nunca en la historia, se ha encontrado una gran variedad de puntos intermedios en los que lo público y lo privado hacen de más y de menos para repartirse el poder y las responsabilidades, pero vivimos en un mundo que se acerca como nunca a garantizar (cuantitativamente hablando) estos derechos básicos. Con vacíos flagrantes, como demuestra el hecho de que Estados Unidos haya decidido recortar estas prestaciones de forma decidida y salvaje (y no nos referimos solo a la seguridad social, sino al simple hecho de poder buscarse la vida si no tienes papeles, o poder entrar en el país si vas "contra los valores americanos"). El momento es interesante porque las soberanías están buscando sus propios límites y acaban encontrándolos, acertados o no. En Catalunya esto aún resulta más crudo, por la impresentable falta de soberanía que sufrimos como nación, que hace el resultado social más agrio y más peligroso. Por eso la independencia, por eso las demandas de más soberanía, por eso hay que atacar al verdadero enemigo. No vale ahora apuntar contra los recién llegados, cuando no supimos, no pudimos o incluso algunos no quisieron derribar al verdadero ocupante del país. No vale y, además, nos perjudica.
Si el mundo nos ve como una comunidad intolerante con los débiles y cerrada con los de fuera, habremos malgastado todo el mensaje de participación, paz, democracia y sentido cívico construido hasta el año 17
El "paisaje" ha cambiado en nuestras ciudades y nuestros pueblos, sí, pero sobre todo cambió a partir del 155. No sé si lo ven, estoy seguro de que sí: desde entonces los intentos de "pacificar" Catalunya han sido constantes y por tierra, mar y aire, a veces con astucia y profesionalidad, pero la mayoría de las veces con la artificialidad de quien ve los cuernos al diablo desde muy lejos. No existen las pacificaciones unilaterales; las pacificaciones unilaterales son victorias militares. No hay pacto, no hay diálogo, no hay solución de consenso ni convivencia acordada. Por mucho que Marta Pascal sea invitada con Nacho Corredor a hacerse fotos con el rey, la pacificación que pretende imponer el socialismo es más de cartón piedra que unos Juegos Olímpicos de Invierno organizados entre Barcelona y Aragón. A medida que pase el tiempo, se verá que esta "convivencia" pretendida es una simple vivencia, es decir, una manera que tienen los socialistas de creer que conviven, cuando en realidad están solos y en una realidad virtual. No solo eso: ante un debate sano, pacífico y democrático como lo era decidir si queremos seguir perteneciendo o no a España, argumentaron que "eso divide a la gente". Pues ya tenemos aquí la convivencia navideña anunciada: las sobremesas de Sant Esteve convertidas en una batalla por ver quién se parece más a Torrente a la hora de echar la culpa de todo a los inmigrantes. Y, mientras tanto, nuestro tema escondido en un rincón del belén, como un caganer asustadizo.
Habrá que escuchar las quejas y habrá que entenderlas: tampoco es culpa de Torrente, entendámonos, que la vida se haya vuelto tan difícil y que las decisiones políticas aparezcan tan lejanas, tan insensibles, tan poco democráticas muy a menudo. En lo que todos podemos convenir, quienes destilan más rabia y quienes ponen más calma, es que nosotros no hemos elegido esto. Nosotros no hemos votado esto, no tenemos el poder de establecer el país que queremos, no se nos ha propuesto ningún pacto y demasiado a menudo no sabemos qué demonios traman ni en Europa ni en la Moncloa, ni muy a menudo incluso en la Sala Tàpies o en TV3. El referéndum era (y es) la única forma de actualizar el pacto de Catalunya con el mundo, y también con los derechos (los que se pueden garantizar eficazmente y los que no) de sus ciudadanos. Y, precisamente, si el mundo nos ve como una comunidad intolerante con los débiles y cerrada con los de fuera, habremos malgastado todo el mensaje de participación, paz, democracia y sentido cívico construido hasta el año 17. Entonces estaba muy claro en qué bando se situaba la intolerancia. Debemos decidir, en nuestro referéndum interior, si queremos parecernos a Obama o a Trump, con todas las virtudes y los defectos de ambas figuras. A veces cuesta, porque de defectos los hay grandes y por todas partes. Pero yo ya he votado, y mi voto no va a favor de García Albiol. Bien probado, señor del bosque, pero va a ser que no: le he visto la cola bajo el manto negro y, además, desprende un fuerte olor a azufre. No sé, “deu gastar mistos de cinc”.
