El cierre de fronteras a raíz de la pandemia ha puesto en evidencia algunas debilidades de las sociedades occidentales desarrolladas. Que un simple virus se haya convertido en un actor económico de trascendencia e impacto insospechados, podría parecer sorprendente. Pero no lo es, porque este "simple virus" se ha llevado miles de vidas, con la amenaza de llevarse millones, lo cual ha provocado reacciones sanitarias y económicas desconocidas hasta ahora. Una de las medidas para prevenir la extensión de la pandemia ha consistido en cerrar fronteras para impedir que un problema sanitario que ya era grande en el interior de cada país, no se viera agravado por la llegada de gente de otros países con diferentes niveles de control de la pandemia.

Una de las múltiples consecuencias de cerrar fronteras ha sido impedir temporalmente la llegada de personas para hacer trabajos del campo, empleos que no interesan o interesan poco a la gente del país. Hay dos tipos, con diferentes niveles de dinamismo en los últimos años hasta (de momento) la actualidad:

  • Nuevos trabajos, que corresponden a sectores que antes prácticamente no existían, como por ejemplo los servicios de limpieza en casas y la hostelería, la atención a las personas mayores o también algunos sectores de bares y restaurantes relacionados con el boom turístico.
  • Trabajos en sectores tradicionales que, siendo completamente necesarios y estratégicos desde muchos puntos de vista, pierden activos porque no hay renovación generacional. El paradigma de este grupo es el trabajo en el campo, que interesa poco a los jóvenes, que se está envejeciendo y que, también, se está profesionalizando, empresarializando, si se me permite una licencia lingüística. Actualmente, en el campo encontramos a muchos campesinos que se han convertido en empresarios, y trabajadores que mayormente son inmigrantes magrebíes, subsaharianos y de los países del Este de Europa, con predominio de rumanos.

En el sector, la Covid-19 ha puesto sobre la mesa el alcance de una paradoja: que en España y en Catalunya, con millones de personas paradas, no se encuentra suficiente gente para hacer los trabajos de recogida de fruta y hortalizas. No se trata de un problema sólo de aquí. También lo tienen en Italia, que se han encontrado con que no podían venir unos 200.000 temporeros del Este, y que amenazaba un país agrícolamente exportador con tener que importar productos de países competidores del sur de Europa. Y en Francia también se han encontrado con un problema parecido. Tanto en el estado español, como en el francés y en el italiano, los gobiernos han arbitrado medidas excepcionales a fin de que la campaña agrícola del 2020 no se fuera al garete, y así, han permitido compatibilidades de subsidios con nóminas agrícolas.

La Covid-19 ha puesto sobre la mesa el alcance de una paradoja: que en España y en Catalunya, con millones de personas paradas, no se encuentra suficiente gente para hacer los trabajos de recogida de fruta y hortalizas

Sin embargo, la dificultad para cubrir con personal laboral local las necesidades de trabajadores en una circunstancia tan excepcional como es el elevadísimo nivel de paro, quiere decir muchas cosas, que no son nuevas, pero que ahora se ven con más claridad que antes. Sólo a título enumerativo, los dos factores que parecen más importantes para explicar el déficit de personal en el campo son dos:

  • El trabajo en el campo requiere un esfuerzo físico notable, y hacerlo en unas condiciones a veces duras (de sol, de calor, etc.). Nuestros padres y abuelos lo consideraban normal, hoy en día, la cosa cuesta más.
  • La segunda es que trabajar en el campo está mal pagado. Siempre he sostenido que en el campo nadie tendría que trabajar por un precio inferior a lo que cobran las personas de hacer trabajos de la casa, lo cual situaría actualmente el precio por hora mínimo por encima de los 10 € la hora.

Ni una cosa ni la otra son fáciles de solucionar si no hay voluntad política de hacerlo, tanto en el ámbito de países individuales como de la UE. De lo que estoy convencido es que, con unos precios del trabajo dignos y con una política inmigratoria un poco más ordenada que la actual, el campo, y tantos otros trabajos, serían atractivos para mucha gente que actualmente no les sale a cuenta dar el paso de dedicarse a ellos.

Iría bien, por interés general, que alguien se pusiera manos a la obra para solucionar este problema.

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