Mujer, 19 años, estudiante universitaria. Confiada, despierta, crítica, elocuente. Es un prototipo al cual responden mis mejores alumnos. En las clases que hemos dado, primero híbridas (la mitad de ellos asistiendo presencialmente, y el resto en casa sincrónicamente siguiendo desde el ordenador), y finalmente en línea por la pandemia, se ha hablado de vulnerabilidad, libertad, género, educación, enajenación por parte de los medios, adicción a Internet, distopía presente, espiral del silencio y autocensura.

Hemos estudiado los entusiastas de la tecnología, "integrados" como diría Umberto Eco, y los más apocalípticos y alocados pronósticos. Hemos leído Aldous Huxley pero también Byong Chul Han o Nicholas Carr. Nos movemos entre la sociedad del control y la desconfianza y la demanda de transparencia social. Todo lo que nos pasa afecta a cómo pensamos, reaccionamos, sentimos. Y la pandemia ha sido nutrimento para el pensamiento. Los jóvenes están preocupados sobre las condiciones cognitivas, emocionales y de bienestar, sobre las suyas y las de la gente que tienen en el radar y son conscientes de que la pandemia les deja secuelas. Se fijan en qué los altera. Si les das pie al debate ponen sobre la mesa el estigma de quien sufre una depresión o angustia y de cómo se esconde la vulnerabilidad. Pero también valoran cómo cada vez más la gente tiene menos miedo a decir: "Perdona, no puedo quedar a esta hora, tengo hora con el psiquiatra".

Los jóvenes están preocupados sobre las condiciones cognitivas, emocionales y de bienestar

La salud mental es importante en cualquier estadio de la vida y determina cómo gestionamos el estrés, cómo nos relacionamos con los otros, cómo tomamos decisiones. Algunos medios suelen presentarla como un problema y no tanto como una realidad. Por eso es básico subrayar aquellas buenas prácticas de los periodistas que dan voz a las personas implicadas y sobre todo presentan la salud mental como recuperable y tratable, y no como una maldición irreparable.

Los factores que afectan a la salud mental de las personas son múltiples, y van desde los biológicos a experiencias personales, traumas, abusos, historias familiares, herencias. Las autoridades advierten que una de cada cuatro personas sufrirá algún tipo de desorden mental a lo largo de su vida. Si no eres tú, es alguien que tienes muy cerca. Las películas en que las personas con desórdenes mentales son asesinas, suicidas, poco trabajadoras, víctimas o taciturnas es infinito. La conciencia social sobre este sesgo lo está corrigiendo poco a poco. La desinformación en este ámbito se está enmendando y vigilando. Los buenos periodistas presentan historias reales, de personas y de sus médicos y familiares que con un diagnóstico precoz se tratan.

Uno de los mayores riesgos de la desinformación es que los clichés van cuajando y se van reproduciendo. Ser consciente de ello es ya un gran paso. La salud mental, la física, la espiritual, son piezas del puzzle existencial. Probablemente siempre nos faltará alguna, porque el encaje perfecto es utópico. Pero ya es un avance que no se pierdan las piezas porque los medios, las series, las películas o los comentarios en las redes aplastan y enajenan a quien lo está buscando.

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