Estos últimos días han pasado dos cosas íntimamente entrelazadas: nos dejó el filósofo Jürgen Habermas y ha nacido, muerto, renacido y vuelto a morir, en pocas horas (ignoro si, cuando el lector lea estas líneas, habrá vuelto a renacer), el Menjòmetre, una base de datos digital creada, según dicen, con IA que permitía (o permite) consultar las ayudas o subvenciones públicas que cualquier ciudadano o entidad ha recibido de las instituciones catalanas. Si lo comparo con Habermas es porque lo que proponía su pensamiento y lo que pretende hacer el Menjòmetre se mueven en el mismo espacio: el de la comunicación y debates públicos en una sociedad democrática. A Habermas le interesaban especialmente las distorsiones externas (incluidas las ideológicas, pero no solo) que, sistemáticamente, pueden desfigurar y debilitar, en los debates, su potencialidad crítica y emancipadora. El propio Jürgen admitía, claro está, que esta racionalidad es siempre un ideal a buscar y nunca logrado del todo. La pregunta es, así pues, clara: ¿está contribuyendo, el Menjòmetre, a mejorar la calidad democrática de nuestros debates públicos o, por el contrario, se erige, él mismo, en un factor de distorsión?
¿Está contribuyendo, el Menjòmetre, a mejorar la calidad democrática de nuestros debates públicos o, por el contrario, se erige, él mismo, en un factor de distorsión?
Según Habermas, el escenario ideal del debate democrático sería aquel libre de dominación, en el que todos los participantes tengan posibilidades simétricas para expresarse. Por lo tanto, produciéndose, el debate, en X (donde reina la tiranía de los algoritmos) y habiendo sido cancelada ya dos veces la cuenta del Menjòmetre, podríamos decir que, más que un factor de distorsión, es una víctima. La paradoja es, sin embargo, clara: cuanto más lo cancelan —y dada la relativa facilidad con que uno renace digitalmente, hoy en día, en otro lugar—, más aumenta el interés de la gente hacia la herramienta. Además, uno puede ser a la vez víctima y verdugo. Así pues, debemos continuar el análisis.
Poco después de salir al mundo, el Menjòmetre fue tildado, claro está, de extrema derecha (hoy en día, si no te tildan ipso facto de extrema derecha, no eres nadie, ciertamente; es el indicio más nítido de que has hecho algo mal). ¿Lo es, de extrema derecha? He leído un artículo de una investigadora de la UPF (Cristina Garde-Cano) que así lo sostiene. Nos dice que "la transparencia no necesita mesías digitales, sino organizaciones y herramientas que asuman que ningún narrador es neutral". Ni el propio Habermas lo habría expuesto mejor. La duda que permanece es si la autora del artículo (escrito en un tono académico aparentemente aséptico y neutral) se lo aplica a ella misma, eso. Se ha sabido después (no sé si es una fake new) que ella misma o alguna entidad para la cual ha trabajado ha sido destinataria de ayudas o subvenciones: ¡quien esté libre de subvenciones que tire la primera piedra! ¿Lo está, de libre, el autor de este artículo?
Da mucha pereza tener que recordar que el hecho de que una herramienta informe sobre datos ya públicos no es redundante: la gente no entra en los diarios oficiales cada mañana a mirar a quién se conceden las ayudas y subvenciones. Lo que hace es desbloquear el móvil y fijar la mirada en la pantalla. Un hábito patológico, muy probablemente, pero el más extendido en nuestros días. Es en el scroll de las apps donde, más lejos o más cerca de la comunicación ideal que tanto anhelaba Habermas, se produce, hoy, el debate público. También da mucha pereza tener que recordar que el hecho de que una herramienta como el Menjòmetre se rodee de un aroma de crítica política no implica que se crucifiquen todas y cada una de las ayudas y subvenciones dadas. Por ejemplo, las destinadas a residencias o a potenciar la cultura catalana (debe ser de extrema derecha, también, pero pedir que las instituciones catalanas promuevan la cultura catalana más que la española parece, a priori, relativamente razonable o racional).
Con todas sus carencias, hago una valoración positiva, del Menjòmetre. Es cierto que alimenta la cultura del señalamiento y de la polarización (¿quién o qué puede dejar de hacerlo, hoy, esto?) y que puede generar situaciones incómodas. Pero, al fin y al cabo, ¿no es razonable que todo aquel que haya recibido dinero público se vea molestado en dar alguna explicación? Terminaré con dos reflexiones: en el Renacimiento, el hombre pasó a ser la medida de todas las cosas; en el siglo XXI, en Catalunya, lo es Rodalies: lo que han hecho los políticos —por acción u omisión— desde la muerte del dictador con la red viaria catalana, no tiene perdón de Dios (tengo todo el respeto y admiración por el estoicismo y pacifismo con que los usuarios afrontan cada día la violencia logística y moral que se les inflige). Como Rodalies es la medida de todas las cosas, también lo es de la valoración que tengamos que hacer sobre cada céntimo de euro público que se destine a ayudas y subvenciones. Stravinsky, en una visita a Catalunya, en el año 1924, maravillado con la música de Juli Garreta, lanzó el ya famoso "¡Más Garreta!". Yo lanzo, hoy, "¡Más Menjòmetre!".
