Sorpresa para los que creían que iban a asistir al funeral político de Artur Mas en el Parlament: el president de la Generalitat en funciones quizás no sacará adelante la investidura en la sesión del martes, ni tampoco en la segunda votación del próximo jueves en la que sólo se requiere mayoría simple, pero no está políticamente muerto. Su intervención, de más de 90 minutos, tuvo tres momentos reseñables. El primero, cuando dijo que se siente legitimado tras los resultados del 27S a construir la república catalana. El segundo cuando preguntó a los diputados si creían que valía la pena seguir en un Estado como el español, del que dijo que niega el diálogo y trata a los demócratas como si fueran delincuentes. El tercer momento fue cuando invitó a los diputados a escoger entre subordinación y libertad, después de recordar que durante más de cien años las terceras vías habían fracasado siempre. Y el cuarto, y último, cuando dirigiéndose expresamente a los 10 diputados de la CUP y utilizando sus recurrentes símiles marineros, les llamó a orientar bien las velas para hacer una travesía que no será plácida pero en que es factible llegar a buen puerto.
Mas hizo un discurso rocoso y voluntariamente dividido en una primera parte y una última de tono más político, en la que emergió en el cariz de sus palabras el abismo que separa hoy al Gobierno catalán del Gobierno del Estado. Por en medio las políticas sociales –más que nunca–, medioambientales, de creación de empleo, de vivienda, de salud, educación, inmigración, cultura, etc. Nada que ver, obviamente con la primera investidura del 2010. Pero tampoco con la del 2012, que ya sacó adelante con los votos de Esquerra Republicana. Mas siente la presión de todo un Estado, el español, que le acosa con querellas por el proceso participativo del 9N, que puede acabar con una inhabilitación. Nunca un president de la Generalitat usó palabras tan duras y directas para referirse a la actuación de los diferentes poderes del Estado español. Pero también siente la presión de la CUP, que desde el primer momento se ha mostrado muy reacio a su investidura, algo que, por otro lado, no consigue entender tras la aprobación de la resolución de la mañana.
Un último apunte: si el debate tenía como objetivo comprobar si podía haber un paso atrás por su parte tras las advertencias de la CUP, este no es un escenario realista. Se siente legitimado para presidir la Generalitat en una legislatura de 18 meses y también capaz de alcanzar acuerdos para la gobernación de Catalunya con la CUP.