He leído la entrevista que La Vanguardia ha hecho a Pedro Sánchez y da un poco de vértigo ver la contundencia con la que el presidente de España habla de la integración europea y critica a los Estados Unidos. Aunque no haya interés en recordarlo, Sánchez no habría llegado nunca a la Moncloa sin el 1 de octubre. Sin los ideales democráticos del independentismo, de hecho, ni siquiera habría sido secretario general del PSOE. Solo hay que recordar qué movimiento popular le permitió hacer su gira por España con el Peugeot sin parecer un lunático.
Cada vez que habla, Sánchez recuerda hasta qué punto Europa polariza España. La geopolítica de los Estados Unidos servirá cada vez más para recordar que, parafraseando la mítica frase de Gaziel, la Unión Europea es el engaño más grande que los catalanes han hecho a los castellanos desde la proclamación de la Segunda República. El europeísmo de Sánchez da vértigo porque es una interpretación de los ideales catalanes desligada de la base popular y la tradición política que los justifica. Recuerda demasiado la presión que el nacionalismo catalán tuvo que hacer en Madrid, en los años 90, para garantizar la entrada en el euro.
La libertad retórica que Sánchez tiene para desafiar a los Estados Unidos y para presentarse como un epígono de la integración europea, en definitiva, no viene de la fuerza interna de España. Ni siquiera viene de tener un ejército que se cree más fuerte de lo que es. Viene de la debilidad política de Catalunya, y de los beneficios que la izquierda española ha sabido extraer de ella para poder disputar el dominio del Estado. Como ya pasó con la caída de los Borbones del Antiguo Régimen, Catalunya tiene el patrimonio democrático y simbólico de la política española. Pero no tiene la fuerza ni el contexto de libertad que necesita para poder hablar con voz propia.
No puedo dejar de ver el mal de piernas de Salvador Illa como una metáfora del peso estructural que Catalunya aguanta en este mundo de locos
Los discursos europeístas de Sánchez no son falsos, y por eso generan adhesiones y despiertan las pulsiones oscurantistas de la España atlántica, más conectada con la cultura sudamericana y la nostalgia del imperio. El problema es que nacen de una lógica perversa —que él y Bruselas explotan sin demasiados escrúpulos. Sánchez puede permitirse pronunciarlos porque ni sus votantes ni su partido pagarán el precio. En este sentido, no puedo dejar de ver el mal de piernas de Salvador Illa como una metáfora del peso estructural que Catalunya aguanta en este mundo de locos, donde la geopolítica se cocina con sal tan gorda.
A medida que Sánchez aguante en el poder, la presión sobre los políticos catalanes irá creciendo y los irá acercando los unos a los otros, incluso contra su propia voluntad. El artificio autonómico cada vez protegerá menos a los partidos del país. Se ha visto con el nerviosismo que ha provocado la foto de Sánchez con Oriol Junqueras y se ve con los tuits de política internacional que hace Sílvia Orriols —que siempre había ido con pies de plomo, en este aspecto. Ahora solo falta que Puigdemont constate que no podrá volver, o que vuelva y todo el mundo vea que la situación empeora igualmente.
En un Estado democrático sería un síntoma de solidez que su presidente pudiera ir tan fuerte en la política internacional y aguantar tanto tiempo en el poder. En España, sin embargo, la democracia es un maquillaje que se tiene que retocar constantemente para mantener las apariencias. La democracia española necesita movimiento para no perder el equilibrio, igual que una bicicleta, y más desde que ETA se rindió y el Estado decidió que se podía hablar de todo menos de la independencia. Como no hay un consenso de base, siempre hay una parte que ve a la otra como ilegítima y todo el mundo se crispa cuando se intenta llegar a acuerdos estables.
Para protegerse, Sánchez ha convertido el europeísmo en una pantalla retórica que a Bruselas no le conviene desmontar, aunque tampoco podrá aprovecharla, mientras no tenga cintura para dar aire a Catalunya. El president Illa sería el relevo más natural de Sánchez. Pero Illa es catalán, y los catalanes, por más equilibrios que hagan, y más tolerantes que sean con las desgracias de su nación, no pueden dejar de ser catalanes. Lo vimos con Josep Piqué, cuando el PP se las daba de catalanista y trataba de vampirizar el patrimonio de Pujol. Y lo vi con Macià Alavedra, cuando entre los jueces y el independentismo mediático se intentó reducir a CiU a la caricatura moral.
Deseo toda la suerte, toda la salud y toda la sabiduría al president Illa. La necesitará no solo para pedalear, sino para pedalear sin engañarse —en la dirección correcta.