El primer libro que publiqué se lo dediqué a quien, seguramente, haya sido el profesor más importante de mi vida como estudiante. Se llama Enric Vilaplana, y la última vez que lo vi fue hace un mes, en una comida, disfrutada en la casa que tienen él y Piti, su mujer, también profesora. Ambos están jubilados, pero mantienen el espíritu combativo con el que crearon la escuela Nabí, liderados por Elisa Moragas, a principios de los años setenta. Elisa tiene en Vallvidrera una calle dedicada —merecidamente— a su memoria.

Enric fue mi profesor de 6.º de EGB, y me ayudó a rehacerme tras salir destrozado psicológicamente de la escuela Aula, gobernada con mano de juez inquisidor por Pere Ribera, un histórico de la docencia barcelonesa. Yo no encajé en Aula, y Enric me ayudó a salir del agujero, con el objetivo de volver a ser un estudiante normal. Dentro de la escuela Nabí, Enric era considerado por los alumnos un profesor exigente, pero en aquellos tiempos, la exigencia en la escuela no era juzgada como una rareza, sino que formaba parte del sistema. Si estudiabas, aprobabas, y dentro de los aprobados, había una escala que iba de la excelencia a la suficiencia, sin eufemismos. Y recuerdo a Enric cabreado por una fechoría, o por la nula implicación de un alumno, y puedo asegurar que aquellos enfados no dejaban a nadie indiferente, y que servían —como diríamos en un lenguaje coloquial— para que el alumno se pusiera las pilas. Pasados los años, la única forma como supe mostrarle mi agradecimiento fue dedicándole mi primer libro.

Profesores he tenido de todo tipo, pero docentes que me hayan dejado huella he tenido contados. Recuerdo a Nadala, mi profesora de 2.º de EGB, una discípula de Rosa Sensat, una maestra de la República, que había malvivido la docencia durante el franquismo junto a su marido, también profesor de Aula. Ambos eran supervivientes y republicanos, y Aula fue la última parada —esta laica— antes de la jubilación. Dicho sea de paso, Nadala y Ribera ligaban como el aceite y el agua. También recuerdo a Comelles, mi profesor de filosofía de la escuela Costa i Llobera, y rememoro nítidamente su voz grave, siguiendo los pasos de Aristóteles. Pero, sobre todo, echo de menos a María Luisa del Álamo, mi profesora de literatura española en el instituto Montserrat, tan brillante y coñona como exigente. De treinta y cinco alumnos, Del Álamo aprobaba a cinco. A mí, siempre con un cinco pelado, porque decía que no era que yo contara muchas más cosas que los demás, pero le gustaba cómo las contaba.

Hay que volver a dar al maestro la consideración que le corresponde

Cada alumno vive la conexión con el maestro de un modo particular, y huelga decir que ni Enric ni Del Álamo eran del gusto de todos. Pero de todos estos profesores que me han marcado la vida, recuerdo su humanidad y su exigencia a partes iguales. Ahora, la humanidad —azucarada— se ha comido a la exigencia, y no entiendo cómo el rigor ha caído en el saco vacío del buenismo escolar, fruto de una sociedad herida de estupidez, en la que el alumno es incapaz de aceptar el fracaso, junto a unos padres que han sobreprotegido a sus hijos hasta lograr poner contra las cuerdas la autoridad del maestro. Esta pérdida de valores ha hecho que el alumno no respete a un maestro que se ve obligado a aceptar lo inaceptable, subvirtiendo, por ejemplo, el fracaso con eufemismos como el alumno evoluciona favorablemente o no ha alcanzado el nivel necesario. Sustituir las evaluaciones numéricas por las cualitativas ha sido un error parecido a confundir autoridad con autoritarismo.

Fue sacar las cámaras en los alrededores del Saló de l’Ensenyament y entrevistar a unos cuantos alumnos para darme cuenta de que estoy tirando el dinero de mis impuestos en escolares destinados a hacer involucionar el mundo. Y ante preguntas del estilo, "¿Me sabrías decir cómo se llama el president de la Generalitat?", y respuestas del tipo "Salvador Dalí", yo me pregunto, inocentemente, cómo es posible que estos alumnos aprueben, curso tras curso, hasta la selectividad —hasta la victoria siempre no es un eslogan de Bad Bunny—, si no es por una ceguera voluntaria del sistema —profesorado incluido— o por una mediocridad sistémica —profesorado incluido— o a consecuencia de aquella gran frase de Sandro Giaccobe, que dice: Scusa tanto se la vita č cosė. Non l’ho inventato io. Los jardines empiezan a estar prohibidos por el hedor a putrefacción.

En este país, de los sindicatos se puede esperar muy poco —sobre todo de CCOO y de UGT—, acostumbrados sus dirigentes a caminar hasta las puertas giratorias en cuanto dejan el cargo. Y también se pueden esperar escasos resultados de sindicatos como la CGT o Elite Taxi, acostumbrados a praxis de dudosa legitimidad. Sobre la USTEC —el sindicato mayoritario de trabajadores de la enseñanza—, creo que hace el trabajo que tiene que hacer, pero que, en cuanto a resultados docentes con el alumnado, la organización sindical ni evoluciona favorablemente, ni alcanza el nivel necesario. Si los alumnos, en general, supieran situar los Pirineos en el mapa, o supieran —esta es una pregunta que vale un quesito del Trivial— la fecha en la que empezó la guerra civil española, sus justificadas reivindicaciones salariales serían, también, comprendidas y reivindicadas por un sector de la sociedad preocupada por la decadencia escolar. El sueldo es importante para amar el trabajo, y que los profesores están sobrepasados por una sociedad en descomposición —sobrada del yo y carente del nosotros— es una evidencia. Hay que incentivar a los alumnos a disfrutar de ser alumnos para que vean el futuro con menos incerteza, y para lograr esta quimera hay que volver a dar al maestro la consideración que le corresponde. La consideración a los maestros que yo convertí en pilares fundamentales de mi formación como ciudadano. Maestros, como es el caso de Enric, a quien dediqué mi primer libro, con el mensaje encubierto de que, sin él, aquello no habría sido posible.