La Nit de les Lletres Catalanes me hizo pensar bastantes cosas. En el sistema de premios literarios, para variar; en el papel de Òmnium Cultural durante el procés y el postprocés; en el discurso de Carles Rebassa recogiendo un premio donde lo recogió. Pero, sobre todo, me hizo pensar en el estado de la lengua, y en cómo las organizaciones y los partidos que deberían velar por su salud, en realidad despliegan un espejismo de protesta que impide abordar frontalmente —y, sobre todo, políticamente— la cuestión. Hubo árboles, y lucecitas, y palabras enardecidas, y vestidos con transparencias. Hubo mucha gente, y la noche se convirtió en algo romántico, con ese punto de cursilería tan nuestro. El problema es que esta escenificación triunfante y la lucha en abstracto que hay detrás son profundamente contraproducentes, porque no permiten ir al meollo de la cuestión.
El catalán no retrocede por causas autosugestionadas, ni inventadas, ni imaginarias. El catalán no retrocede por factores desconocidos o que cueste nombrar. El catalán retrocede porque es una lengua minorizada por el castellano, porque el Estado español promueve un proceso de asimilación lingüística y cultural que funciona como una apisonadora, porque la catalanofobia siempre sale gratuita, porque el brazo estrictamente político del españolismo difunde a diario un discurso que nos desarma individual y colectivamente y porque durante décadas, aquellos a quienes políticamente identificábamos como garantes de la lengua en nuestro país, por cobardía o por dejadez, se desentendieron de ella. Una lucha por la lengua despolitizada —también en el mundo de la literatura y de la cultura— es una lucha política que nace muerta, porque se encarga ella sola de negarse la posibilidad de buscar y encontrar responsabilidades. Es una lucha que exime al Estado español y que cancela las lecciones de los años de procés. Es una lucha que se cree que lucha mientras pone una alfombra roja al president Illa dos días después de que el PSC votara en contra de exigir el B2 al personal de los hospitales, para que nos entendamos.
Todo parece pensado para que, cuando la situación de la lengua alcance un punto de no retorno —si es que no estamos ya en él—, todos los actores implicados puedan decir que hicieron todo lo que podían hacer
Procurando no nombrar contra quién lucha el catalán, redimimos al antagonista. La inconcreción y la despolitización es el método que organizaciones y partidos en Catalunya han encontrado para posicionarse al lado de quienes dicen estar a favor del catalán sin tener que señalar quiénes son los que están en contra. Es la fórmula que articula el último Pacte Nacional per la Llengua, de hecho: invertir dinero, pero evitar hablar de sanciones o medidas legales. Es la fórmula del PSC, en definitiva: sacarse de la manga un comisionado para la lengua catalana en Barcelona mientras Jaume Collboni anuncia maravillosas becas para la literatura en castellano. Una lucha en positivo sin negativo, un producto de autoconsumo que, además de eximir a la lengua a favor de la cual el catalán pierde espacios, también exime a la clase política que se abona a ello. La realidad es que todo parece pensado para que, cuando la situación de la lengua alcance un punto de no retorno —si es que no estamos ya en él—, todos los actores implicados puedan decir que hicieron todo lo que podían hacer, para que la extinción de la lengua sea aceptada como un proceso natural, como un fenómeno inevitable.
El nacionalismo español utiliza el argumento de que el independentismo y la politización de la lengua son los causantes del retroceso del catalán porque son conscientes de que, en realidad, son el antídoto. De hecho, una de las carencias del movimiento independentista cuyo precio ahora estamos pagando fue la ausencia de nacionalismo tras muchas de sus consignas y, por lo tanto, la ausencia de discurso político sobre la lengua que actúa de pilar de la nación. No se hizo entonces y no se hace ahora porque la lengua es donde se expresa de forma más descarnada el conflicto con el Estado español, y porque la cotidianidad del catalanohablante en su país, con mirada política, es la vía más rápida de radicalización. Politizar la lucha por la lengua tendría, efectivamente, unas consecuencias políticas cuyo precio muchos de los que estaban sentados en la Gran Nit de les Lletres Catalanes no quieren pagar. Tampoco quieren pagar el precio de no jugar al espejismo de la lucha y del autoengaño que han construido; por eso invierten en fuegos artificiales y galas pomposas mientras el barco se nos hunde. Han tenido que inventarse la Gran Nit de les Lletres Catalanes para que no se les pueda fiscalizar mientras la lengua se nos va empequeñeciendo.