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La Iglesia de León XIV es mi Iglesia, y la de todos los creyentes bautizados. Esto si aplicamos los cánones católicos. Pero también es verdad que estos días se ha visto hasta qué punto la impresionante presencia mediática de su visita ha demostrado que también es la Iglesia de todos. La visita de León XIV nos ha hecho a todos un poco cómplices de la Iglesia. Por eso es una buena idea que los papas viajen.

El padre jesuita Enric Puig, buen conocedor de las visitas papales, ya que le ha tocado organizar dos, me contaba que esto de que el papa viaje es muy reciente. Juan XXIII bastante trabajo tuvo en convocar el Concilio Vaticano II. Fue su sucesor, Pablo VI, quien inició tímidamente algunas salidas internacionales, un total de nueve en quince años. Pero fue Juan Pablo II quien, relevando a un brevísimo Juan Pablo I, hizo 250 viajes en 26 años. Es decir, casi diez viajes por año. De estos, 146 fuera de Italia, recorriendo 129 países y sumando más de 1,2 millones de kilómetros. Mi estimado papa Francisco no se quedó corto, con 47 viajes internacionales y 66 países. Pero Francisco no vino a Catalunya, obsesionado como estaba por ir a las fronteras de la fe. En cambio, sí que han venido a Catalunya Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Las visitas se enmarcan en la idea de llevar la figura mediática del papa a recorrer lugares emblemáticos. León XIV ha querido ir un poco más allá y conocer prisiones, casos de maltratos y lugares de llegada de migrantes, entre otros, para simbolizar adónde tienen que ir los hombres de fe a llevar la buena nueva: a los presos, a los desvalidos y a los maltratados. A la vez, también ha servido para evidenciar los carismas que dividen actualmente a la Iglesia en Catalunya: los partidarios del alzacuellos y los confesionarios frente a los partidarios del compromiso poco ostentoso, y los partidarios de la Iglesia española y los de la Iglesia catalana. Pero, de hecho, se ha visto, más que nunca, que la Iglesia oficial domina la puesta en escena, la política de comunicación y los medios sin problemas, y sabe moverse en entornos altamente complicados. Por eso el Vaticano tiene tantos y tantos años de experiencia en las cosas del mundo.

Mientras el papa se mueva, mientras quiera salir del Vaticano en todos los sentidos, la Iglesia seguirá siendo de todos

La verdad es que vivimos a la vez en un momento en el que la Iglesia católica no encuentra la forma de acoger a gente nueva menos ortodoxa, pero donde los menos ortodoxos como yo tampoco nos sentimos excluidos. El papa León XIV gustará más o menos, pero hace su trabajo pensando un poco en todos. ¿Y cuál es su trabajo?, ¿qué trabajo tiene la Iglesia católica de hoy? La respuesta es muy sencilla: el de siempre. La Iglesia debe llevar la buena nueva, recogida especialmente en el evangelio de un Dios hecho hombre y resucitado para hacernos cómplices de la vida eterna. Traducido al siglo XXI, significa lo de siempre: que existe un Dios creador que nos ama, que lo tenemos cerca y que, si nos dejamos interpelar por la maravilla de la creación y nos ponemos a ayudarlo, podemos acercarnos un poco más a la trascendencia. Un Dios que, como padre, nos quiere hermanos a todos. Un Dios que, como nos ha repetido mil veces Enric Puig, pasa y vuelve a pasar.

Esta es la Iglesia de León XIV. Si lo leéis, si veis cómo se mueve, si reconocéis en su mirada este mensaje, habréis conectado un poco con la nueva-vieja Iglesia. A pesar de la polémica por el uso de nuestra lengua, debemos ver el mensaje del obispo de los obispos: amar por encima y a pesar de todo. Este es el toque de gracia de un articulista creyente como yo. Hay fe porque hay esperanza en Dios. Por eso seguiremos esperando que la Iglesia también cambie con los tiempos, por más tímidos que nos parezcan los cambios y por más que veamos el abismo cerca. Y de todo el ruido del viaje, queda la huella de un papa que ha vuelto a salir del Vaticano para conocer un poco más la realidad de un mundo que cambia en permanencia. Mientras el papa se mueva, mientras quiera salir del Vaticano en todos los sentidos, la Iglesia seguirá siendo de todos. Aquí siempre nos quedará Montserrat para acercarnos a Dios, la Sagrada Família para recordarnos la belleza de los templos, los migrantes para acoger, y el pecado de la propia Iglesia, por el que siempre debe pedir perdón. Y a los catalanes, condenados a luchar para seguir existiendo, siempre nos quedará la Moreneta. Como dice su himno, nos iluminará y nos guiará hacia el cielo. Visitas como las del papa León XIV nos recuerdan que el cielo existe. Y no es poco.