El día más mágico del año, los niños abren con ilusión los paquetes que los Reyes Magos les han dejado durante la noche. La ilusión se contagia: ¿cuántos de nosotros no nos agachamos para jugar también? De hecho, a los humanos nos gusta mucho jugar en todas las etapas de la vida y, por eso, hemos creado juguetes para sustanciar nuestra imaginación, juegos solitarios y juegos de mesa con todo tipo de normas; hemos imaginado nuevos mundos y capacidades con juegos de rol; sublimado expectativas vitales con deportes competitivos, y creado juegos de azar, como las loterías y máquinas tragaperras. El juego nos sorprende, nos divierte, nos seduce, nos atrapa e, incluso, genera adicción. Los constreñimientos y las limitaciones de los diferentes juegos, y las probabilidades de ganar según las condiciones iniciales y cambiantes, han sido y son objeto de estudio formal en diversas disciplinas matemáticas, como la Estadística o la Teoría de Juegos.

Más allá de los humanos, si ampliamos la mirada, podríamos decir que el juego es una característica propia de los mamíferos. Los cachorros aprenden jugando, y todos hemos visto gatos entreteniéndose con ovillos de lana, perros recogiendo pelotas, hámsteres dando vueltas en sus ruedas y vídeos de leones acariciándose. El juego es señal de inteligencia. Cuando tenemos animales en jaulas se recomienda implementar ambientes enriquecidos con juguetes para contribuir al bienestar animal. Los primates o los cetáceos en cautividad, por ejemplo, necesitan diversidad de estímulos para jugar y mantenerse activos, o entran en estados de inactividad y desinterés, con un conjunto de síntomas que podríamos equiparar a la depresión que sufrimos los humanos por falta de interacción social.

El juego es señal de inteligencia

Por el contrario, asumimos que otros animales no son inteligentes o no lo son lo suficiente como para querer jugar, como forma de conocer su ambiente. ¿Os habéis preguntado alguna vez si juegan los peces? Hasta ahora hemos pensado que no son lo suficientemente inteligentes y, por ello, no enriquecemos sus ambientes en cautividad, ya que no nos parece necesario generar entornos lúdicos para los animales, sino que lo que hacemos es adornar las jaulas o las peceras de forma que los que jugamos somos nosotros. Decoramos sus espacios, pero, ¿qué pasaría si añadiéramos juguetes dentro de un tanque con tiburones? Esta es la pregunta que se hizo una científica que investiga este tipo de peces. Muchos tiburones son depredadores y siempre se ha asumido que los depredadores deben tener cierta inteligencia para poder rodear y cazar a sus presas. Así que, después de obtener permiso, incorporó juguetes de formas sencillas, como círculos de colores vivos, dentro del tanque de un acuario del sur de California donde había un grupo de diversos tipos de tiburones y rayas.

Durante las dos primeras semanas de observación, no se percibieron diferencias significativas en el comportamiento de los animales: interactuaban poco con los juguetes y parecía que lo hacían de forma esporádica y no intencionada, pero estos contactos iniciales sirvieron para demostrar que estos nuevos elementos dentro del medio acuático no eran comida, pero tampoco eran peligrosos. Entonces, poco a poco, los tiburones comenzaron a interactuar con estos elementos, jugando con ellos, y podemos observar que lo hacen de forma intencionada, particularmente, una vez habían comido y su necesidad de alimentarse ya no era prioritaria. Si queréis ver cómo un tiburón escoge atravesar un anillo amarillo como si bailara con el hula hoop, o una raya enfila con el hocico un círculo de color, podéis visualizar este sorprendente vídeo.

 

Grabación: Autumn Smith; Música: Chris Burns; Producción del vídeo: K. McLean (revista Science)

Los objetos escogidos para interaccionar con ellos eran de colores muy vivos, que sobresalen visualmente dentro del medio acuático, preferentemente amarillo y naranja neón, muy por encima de otros colores como el azul o el rojo. Esto seguramente se debe a la diferencia en la capacidad de distinguir los colores: hay tiburones que solo tienen un tipo de conos (células fotorreceptoras sensibles a la longitud de onda de la luz) y tienen visión monocromática, mientras que otros tiburones y rayas pueden distinguir más colores.

Los resultados de este estudio demuestran que los tiburones no solo son capaces de jugar, sino que lo hacen de forma intencionada. Así que, aunque no fuéramos conscientes de ello, a los tiburones les gusta jugar y, probablemente, lo hacen de forma natural para explorar su hábitat. Por lo tanto, si los tenemos en cautividad, como en los acuarios, hay que enriquecer su ambiente para incrementar su bienestar. Así pues, no solo los mamíferos sabemos jugar, quizás muchos otros animales juegan y aprenden a interaccionar con los elementos que encuentran a su alrededor, mucho más allá de la interacción depredador-presa. El juego es señal de inteligencia.