Mañana, domingo 26 de abril, el president Jordi Pujol realizará un largo viaje en coche desde Barcelona hasta Madrid. Dormirá en la capital del Estado, ya que el día siguiente, lunes 27 de abril, deberá comparecer en la Audiencia Nacional para que pueda prestar declaración. Pero antes será examinado por un médico forense que determinará si, efectivamente, puede hacerlo. No es el primer informe médico forense que se emite sobre la salud de quien fuera president de la Generalitat de Catalunya durante 23 años seguidos. Ya se han hecho unos cuantos y todos han determinado que su salud es tan precaria que no puede prestar declaración. Algunos de estos informes incluso han sido realizados por médicos forenses designados por la propia Audiencia Nacional: dos escritos por dos médicos forenses de Barcelona y otro, oral, realizado por un médico forense de Madrid en el primer día del juicio. Todos coinciden, a grandes rasgos, en afirmar que Pujol sufre un deterioro cognitivo moderado y carece de capacidad procesal para defenderse. Ninguna sorpresa, si tenemos en cuenta que el próximo 9 de junio cumplirá los 96 años. La elección de la fecha concreta de su comparecencia, el 27 de abril, ha pasado inadvertida a mucha gente, pero tiene un gran simbolismo, puesto que es el día de la Virgen de Montserrat, tal y como me hizo notar la periodista Mercè Raga. No es esta, por lo tanto, una fecha menor.
La relación del president con Montserrat es tan intensa, tan íntima, que no puede adjetivarse fácilmente. Sus padres lo llevaron ahí cuando sólo tenía 6 años, justo en 1936. Desde entonces, quedó establecido para siempre un vínculo de hierro entre el monasterio y Jordi Pujol, hasta el punto de que su vida no puede entenderse en toda su dimensión sin la presencia constante de la abadía y de la montaña que la acoge. El hilo de esta relación ha punteado su vida personal y política, sin distinciones, a veces entremezclándose. Por ejemplo, fue allí donde se casó con Marta Ferrusola en junio de 1956, cuando los elementos públicos de catalanidad se podían contar con los dedos de una mano. Más tarde, fue allí mismo donde en 1974 se fundó Convergència Democràtica de Catalunya (CDC). Cuando estaba en la oposición democrática, y también cuando ya era president, fueron incontables las veces que Jordi Pujol subió a Montserrat. Muchas de estas veces se desplazaba allí las noches del 26 de abril, cuando se lleva a cabo la vigilia de la festividad de la patrona de Catalunya. Este año, pues, no podrá estar, porque estará en Madrid haciendo otra vigilia: la de su comparecencia en la Audiencia Nacional. No tengo ninguna duda de que, en esas horas oscuras que vendrán, en el corazón de la metrópoli lumínica y ruidosa que todo lo absorbe, lejos de la montaña solitaria y silenciosa de Montserrat, el president dedicará unos minutos a la Moreneta.
El objetivo de la comparecencia de Jordi Pujol en Madrid no es otro que el escarnio y la humillación
Se puede pensar que la elección de la fecha es casual. Dudo mucho que así sea. Usar el calendario, real y simbólico, como arma política es lo más normal del mundo. Es el mejor modo de erosionar la moral del adversario, de dar un nuevo sentido a una fecha concreta, de humillar a alguien en lo que más le puede herir, porque no hay nada más poderoso que el simbolismo. Cabe recordar, en este sentido, que las tropas franquistas ocuparon la ciudad de Barcelona el 26 de enero de 1939, una fecha grabada en la memoria de los catalanes con letras de fuego, porque el 26 de enero de 1641 las fuerzas catalanas y francesas derrotaron al ejército castellano en las faldas de Montjuïc. Por eso, el 26 de enero es, hoy y siempre, el Dia del Soldat Català. Los franquistas eran conscientes de ello, tal y como dejaron escrito, y por eso decidieron ocupar la capital de Catalunya precisamente ese día, cuando podían haberlo hecho, por razones estrictamente militares, unos días antes o después. Decidieron revancharse de esa derrota con su entrada triunfal en Barcelona.
El objetivo de la comparecencia de Jordi Pujol en Madrid, pues, no es otro que el escarnio y la humillación. Si el médico forense es imparcial y profesional, realizará el mismo informe que el resto de especialistas que ya se han pronunciado sobre la cuestión: el president no puede declarar. Es posible que este sea el criterio y el viejo líder nacionalista tome el camino de vuelta a Barcelona. Será un alivio personal, sin duda alguna, pero no será una victoria. Porque ya tendrán lo que quieren: la fotografía del president en la Audiencia Nacional en calidad de acusado, aunque dicha acusación no vaya a ningún lado. Porque durante el juicio hemos visto cómo su participación en los posibles delitos es más bien escasa, por no decir nula. La acusación en su contra hace aguas cada semana que pasa y eso lo ve todo el mundo. Ven con impotencia cómo el pez gordo se les escapa de las manos, justo cuando ya lo veían condenado en su imaginación. En sus sueños, Pujol es arrastrado por las calles y avenidas de Madrid hasta la cárcel, como César victorioso paseó a Vercingétorix, jefe de los galos, por las vías de Roma antes de recluirlo en la cárcel Mamertina. Este sueño se les deshace como el amanecer rasga la noche, pero todavía se aferran a él. Por eso le hacen ir a Madrid; para tener, como consuelo, su humillación pública, aunque sea efímera.
