Todas las encuestas anuncian la entrada de una buena representación de Vox —o Mocs— en el Parlament catalán. Calculan que entre un quince y un veinte por ciento de los antiguos electores de Inés Arrimadas, la hija del policía, votarán ahora al gran partido del españolismo y de la ultraderecha, y perdonen tanta redundancia conceptual. Si hace cuatro años, con la irrupción victoriosa de Ciudadanos, se acabaron las buenas maneras entre los diputados del legislativo, si entonces los representantes políticos ya no se iban todos de la mano a zamparse una buena paella en el Born, si con Ciudadanos dejaron ser todos amigos y de hablarse porque viven del mismo oficio, a partir del domingo, con la escandalosa llegada de Vox, la tensión aumentará. Será muy bonito verlo. Se congelarán todas las sonrisas. Ya no será posible ignorar que ha llegado el dentista de San Cugat del Vallés, Ignacio Garriga Vaz de Concicao, y que ha sido elegido por sufragio universal. Con el voto legítimo de nuestros convecinos. Ni, como será de esperar, que es el mejor amigo de los niños, el protector de la humanidad, la mejor herencia de aquel extraordinario diálogo entre culturas que supuso la más que gloriosa colonización española sobre los antepasados de los Fang a la actual Guinea Ecuatorial. Será muy bonito verlo. Del mismo modo que también son bonitos de ver esos imponentes blacks que militan y decoran, con su exotismo, el Rassemblement National de Marine Le Pen. Se ve que en francés es más chic decirlo en inglés, y también se ve que los antiguos imperios coloniales tienen todo tipo de gente, de todos los tamaños y colores. Será bonito ver que, mientras tenemos a la auténtica ultraderecha, cómodamente instalada en el palacio de la Ciutadella, los nazis y los racistas y los intolerantes, las malas personas, continuarán siendo siempre los políticos independentistas y sus votantes. Porque así lo mandan los medios de comunicación del españolismo. Porque siempre nos da miedo tirar un papel al suelo, porque somos un pueblo golpeado y acomplejado. Y porque nos merecemos la cruel represión política que sufrimos. Un facha español es un patriota muy intenso, muy emotivo y es mejor ignorarlo, nos dicen. Pero un independentista catalán es un grave error de la historia, una identidad política que debe ser exterminada como exterminaron a los cuatro indios del señor Josep Borrell. Nosotros no tenemos ningún derecho a ser ni a existir, exactamente como en los tiempos del general Franco.

Ahora que Vox tendrá representación parlamentaria la sociedad catalana vivirá un momentazo, una importante experiencia de sinceridad. Del mismo modo que los independentistas han acabado saliendo todos del armario, y hemos reconocido que aquello del regionalismo, del nacionalismo, del particularismo, era todo un cuento, y que, en realidad, siempre habíamos querido una nación catalana libre, los otros ahora nos pagan con la misma moneda. Con la misma sinceridad. Y nos dicen que aman el totalitarismo, que quieren una España uniforme y única y que, como mucho, están dispuestos a tolerarnos, si no hacemos ruido, y si hablamos solo en casa ese catalán de mierda que hablamos. Que el franquismo nunca había desaparecido, que solo se hacía el desaparecido; hacía ver que se había ido porque el Estado español pudiera entrar dentro en la Comunidad Europea. Y entonces la sociedad catalana deberá decidir si se decide por la independencia de verdad o qué. Vox nos estimulará. Al menos con la llegada de Vox se acabará para siempre la tabarra de la hipocresía federalista. Se terminará la ambigüedad de los partidarios de Ada Colau y esos supuestos ciudadanos del mundo. Por fin podrán abrazarse con Manuel Valls al igual que Viacheslav Mólotov se abrazó con Joachim von Ribbentrop. Tiernamente.

 

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