Montañas de Canigó, frescas sois y regaladas, sobre todo ahora mismo, ahora que ya no querrás hablar de Perpiñán, desde el pasado domingo, la facha, de Perpiñán, capital de la vergüenza catalana. Los medios de comunicación españoles —todos ellos especialistas en ideología de ultraderecha y en la Alemania nazi— no dirán la verdad. Como águila que al águila acompaña. No dirán que en la Catalunya española, que aquí donde vivimos, el voto independentista vale menos que el voto españolista. O que el voto urbano de Ciudadanos también recoge mucho voto facha, anticatalán, como buena parte del voto del PP, como el voto al PSOE con una E tan grande como las pelotas de un toro de Osborne. Aquí hay fachas por todas partes y de todos los colores, porque nos hemos vuelto muy europeos, muy tolerantes y civilizados, con los recién llegados quizás no mucho, o con los derechos de cualquier clase de minoría tampoco, pero con el facha ya es diferente, porque siempre estamos dispuestos a entendernos con él. Después de todo, el facha, o la facha es, ni más ni menos, la madre que nos parió, o incluso la abuela, o el padre o cualquier otro miembro de nuestra familia que conocemos de memoria.

Sabemos perfectamente que, de alguna manera, todos venimos del facha del mismo modo que también venimos del mono, procedemos directamente del viejo cerebro reptiliano, de la brutalidad, de la violencia y de la ignorancia del humanoide atrapado por las pulsiones. Somos tan animalistas y tan bien pensantes, tan progresistas, que no queremos admitir que el gorila que llevamos dentro no es un gorila cualquiera. Es un gorila más facha que Jean-Marie Le Pen, y no lo queremos aceptar del mismo modo que el facha, a su vez, no admite que la hija le haya salido lesbiana y tenga una novia negra. Hacemos ver que no tenemos prácticamente fachas en Europa, que nos extraña mucho. Y nos sorprende que aparezcan, como nos sorprenden las manchas de humedad en las paredes de casa, o que la maldita tapa del váter haya aparecido inexplicablemente abierta. Entre todos hacemos ver, nos imaginamos, soñamos, que la rivalidad política europea sigue debatiéndose entre la derecha y la izquierda, cuando es una mentira de las gordas. La principal controversia de nuestro tiempo de hoy es entre los conservadores, los inmovilistas, conformistas, y los salvajes revolucionarios de la ultraderecha.

En Perpiñán son tan inmovilistas y conformistas y, en definitiva, conservadores, los votantes de izquierdas, que el domingo prefirieron abstenerse antes que apoyar a la vieja derecha del alcalde Jean-Marc Pujol. Prefirieron una Perpiñán facha antes de mancharse los dedos con el voto de derechas. A veces, es verdad, la gente se cansa, se aburre, y vota opciones tales como Donald Trump, no por convicción, solo para ver hasta qué punto puede llegar un iluminado, para ver si se acaba este mundo tal y como lo conocemos. La izquierda política hace mucho tiempo que no tiene nada que decir en Francia, que no tiene ningún proyecto convincente para la mayoría, después de la experiencia de François Mitterrand, tras renunciar a cualquier tipo de cambio, de renovación o de mejora. Quizá por eso tan pronto te hacen primer ministro a un reaccionario como Manuel Valls como te votan a un alcalde ecologista o podemita, cualquier cosa chic y bien perfumada, a la francesa, cualquier cosa para quedar bien. Lo terrible, espantoso, es que el único voto que hoy plantea un cambio real, el único voto que quiere hacer las cosas de otra manera, los únicos que pretenden acabar con la lenta decadencia de Francia, son esta panda de energúmenos del Reagrupamiento Nacional, antes Frente Nacional, antes Acción Francesa, antes hombres de cromañón. Ciertamente, el independentismo catalán tiene muchas cosas por mejorar y rectificar, pero comparativamente es un movimiento popular bastante más digno, cuerdo y progresista que no toda esta podredumbre del sistema político de la Quinta República Francesa. Pasar de la revuelta de mayo de 1968 a la agotada política francesa de hoy no es bonito de ver. Ni nos favorece en nada.

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