Joan Margarit es el poeta de los que no leen ni a Miguel de Cervantes ni nada que valga la pena, de los que nunca leen poesía, de los que no leen en ninguna lengua articulada. Ya sabemos que hay personas que se han aprendido el Quijote de memoria pero, curiosamente, todavía no lo han leído, porque no tienen tiempo, y los hay también que han pasado del handicapado Miquel Martí i Pol a Joan Margarit i Pol, como quien pasa de Tele 5 a Tele 5, rebozados del gris de la lana hirsuta, satisfechos de su propia vulgaridad, de su vacío ciclópeo y de su arrogancia. Bostezo. O exhibiendo resentimiento social, prejuicios culturales y una cursilería pura de oliva, de la que mancha y no se va, de la que unta a una persona como la marca de Caín, una generación, o dos o más, que consigue invalidar a toda una cultura para la vida inteligente y planetaria. Cuanto más cursis más irrecuperables, más provincianos, más idiotizados por la ausencia de autocrítica. Un cursi es siempre la víctima del sentimentalismo más abyecto y de las mejores intenciones. Un país que ha perdido el respeto por la propia cultura, un país que desconoce la propia cultura y la tradición patrimonial que lo hizo tal y como es, un país que es gato y quiere ser perro, que es perro y quiere ser gato, que es alforfón y quiere ser trigo, que es niña pero quiere ser niño, y viceversa, un país que piensa que es mejor ser otra cosa porque lo han decidido unos señores de fuera, unos colonos, eso es un país perdido e irrecuperable. Perdido porque te han quitado la cultura, el alma, el nombre de cada cosa, ásperos, del mismo modo que te han quitado la cartera, y aún peor, la simple capacidad para la cultura y, por supuesto, la dignidad, la identidad. El ser. Este país es concretamente el país bilingüe, este país es concretamente la Catalunya bilingüe que aplaude la cultura bilingüe y que, en realidad ni es cultura ni es bilingüe, el momento previo a la castellanización irreparable, el episodio inmediatamente anterior a olvidar lo que somos y lo que ha costado llegar a serlo. Este país bilingüe es el que exhibe satisfecho la mala poesía de Joan Margarit como si fuera algo de provecho. Porque la hipocresía nos impide ver la realidad, ya que al final los bilingües sólo somos nosotros y ellos siguen, impertérritos, encumbrados en la altivez de su idioma.

A la Catalunya bilingüe que dice que el español es una riqueza le basta con leer la poesía carente y bastarda de Joan Margarit para constatar de qué riqueza nos están hablando exactamente, porque de hecho son la voz de la asimilación. Está escrita en una lengua de campo de exterminio, de miseria servil, acomplejada, apaleada, asustada, siempre aproximada y subordinada a la matriz española, al modelo castellano, imperial. La lengua catalana de Margarit está desfigurada como una princesa india a la que le han lanzado un ácido en la cara e intenta sonreír, intenta disimular. Está desfigurada porque osó reivindicarse como sujeto digno de libertad y ahora ha quedado así de enriquecida. Es la lengua viva del preso, precipitada, del catalán corrompido por tanta riqueza como nos aporta el castellano en las grandes ciudades. De ahí que la poesía de Joan Margarit esté insistentemente galardonada y que el rey de España haya venido a Barcelona con espejuelos, con baratijas, con un premio Cervantes bajo el brazo, para deslumbrar a cuatro indios sin letras ni dignidad, acostumbrados a inclinarse borbónicamente.

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