Durante la canícula el aire muerde como un perro, en eso consiste, claro, pero este clima infernal al menos nos libra de otro estorbo. Y es que, en pleno sofoco, la mayoría de los políticos por fin cortan el rollo, siempre tienen más y más pero ahora se lo guardan, se van con sus balandros mar adentro y nos dicen adiós con sus manitas, adiós. Toman buenas vacaciones en lugares confidenciales y todos reposamos un poco, por fin, desconcertados del bochorno.

Los periódicos van llenos de este silencio, de esta deserción de los principales actores, de las principales actrices políticas. El blablaear se reduce bastante y, a veces, sólo a veces, se puede leer algún artículo bien hecho, que no se centre en la politiquería, en las circunstancias, contingencias, en las gilipolleces habituales. Que nunca se ponen de acuerdo, que se pelean entre ellos como niños, sin parar, que realmente no tienen mucho qué decir y es, precisamente, cuando más se enrollan. Que sólo piensan en el poder, en mandar, o al menos en figurar, en vivir bien sin trabajar demasiado. La mayoría de los políticos profesionales, los apparatchik de partido, son efectivamente uno de los problemas de las democracias modernas, y nos dan a todos mucha vergüenza, comparable a la que nos produce la contaminación de los mares, el hambre del planeta, la crisis de los refugiados o la, digamos, ética de los bancos. Por decirlo de alguna manera. No hay muchos políticos que sean buenos profesionales en la economía de cada día, en el ámbito privado, que es la que paga las facturas de toda la sociedad. Más allá de las grandes proclamas los políticos no piensan en construir el país ni en conseguir la independencia, sólo se esfuerzan en construir el partido. El partido lo es todo. Y lo es todo porque comen de él, porque es una formidable agencia de colocación y de distribución jerárquica de recursos. Como hace cualquier mafia.

De manera que los políticos antipolíticos son una esperanza, un perfil atractivo para los ciudadanos de cualquier país. Los políticos independientes son los políticos del presente y del futuro de la democracia. Por eso Donald Trump pareció, equivocadamente, lo suficientemente atractivo para ganar las elecciones de Estados Unidos y por ello las perdió Hillary Clinton. Por eso Pedro Sánchez pareció, equivocadamente, lo suficientemente atractivo para ganar las elecciones internas a Susana Díaz. Y por eso Carles Puigdemont, Carles el Grande, pareció, acertadamente, lo suficientemente atractivo para superar la dependencia emocional de muchos electores respecto a otras personalidades políticas.

Ni Trump ni Sánchez tienen hoy los niveles de aceptación, que los que tiene Carles el Intrépido, el Irreductible, el líder internacional de la causa de los catalanes. Nunca podemos decir lo que pasará mañana pero, hoy, ni el independentismo pierde adhesiones ni el paso el tiempo erosiona, por ahora, la figura de Carles Puigdemont. Más bien la consolida, a pesar de los graves errores que ha cometido el político de Amer últimamente.

Toda la prensa española y catalana, en general, cargan cada día contra Puigdemont y Torra, pero curiosamente, el pueblo se desentiende de estas feroces campañas porque sabe que lo que no quiere es la tiranía de los partidos políticos, indiferentes a la voluntad popular. Ayer Salvador Sostres, porque ya no le quedan más argumentos para denostar a Puigdemont, le criticó ferozmente por haberse dedicado a ligar un noble alioli en un encuentro con cuatro amigos en Waterloo. Porque el ajo es cosa de pobres, es cocina popular sin sofisticación, porque el ajo repugna a los que juegan a ser grandes señores pero sin tener realmente ningún señorío.

Continuad así, continuad criticando la cocina del ajo, continuad despreciando la formidable sabiduría popular, nutritiva y médica de un alioli. Continuad escupiendo sobre la gente sencilla y ya veremos quién os acabará votando, gentecilla esnob, arrogante y malcarada. Un gran aristócrata y un gran señor, un formidable escritor y articulista como Josep Maria de Sagarra, no tenía ninguna duda sobre el entendimiento eterno entre la nobleza y el pueblo llano. Ni sobre la suprema presencia del alioli en una gran mesa. Y no os preocupéis, pijos, fachas, autistas sociales, rebaño de excelsos, no os pienso recomendar que leáis All i salobre. Tampoco lo entenderíais. Es sólo para gente como es debido.

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