Cuando escribo estas líneas, a día 21 de noviembre, todavía no hace exactamente 20 años del asesinato de Ernest Lluch (Érnest, para los cosmopolitas monolingües), asesinado. Ernest Lluch fue asesinado por la noche, en el parking de su casa, por la espalda y a la forma traidora del cobardes asesinos totalitarios. Porque ETA era, por encima de todo, una banda totalitaria, asesina y cobarde. Por fortuna, su época ya acabó y uno de los que contribuyó a ello, sin duda, fue el Dr. Lluch.

Haga el lector, por favor, un pequeño ejercicio de memoria: ¿a cuántos ministros del primer gobierno de Felipe González, en 1982, recuerda? Se lo avanzo: ni la mitad. Los que recuerda, entre ellos Lluch, son los que pasan a la historia.

Este es una primer dato que querría recordar de Ernest Lluch, no frecuente en las hagiografías —algunas puro lavado de mala conciencia de sus autores— de estos días. "¡Cuántas virtudes y amistades tuvo Lluch!", ahora dicen. En vida tuvo muchas menos, más bien tuvo notorias ausencias.

Sin embargo, abrumando a sus enemigos internos y externos, ha pasado la historia. Los miserables detractores o amontonadores de arena encima de él, no.

Otra característica que quería resaltar es la muestra de un poco frecuente rasgo diferencial. En efecto, a despecho de los usos de la Villa y Corte, no pidió nada cuando salió del gobierno de Madrid. Cuando hay crisis de gobierno, los cesados, por regla general —hay notabilísimas excepciones que coinciden con personalidades fuera de lo común—, creen que es un derecho natural asegurarse los riñones bien cubiertos con una canonjía, privada u oficial, pero de origen monclovita —antes del Pardo. Parece que las, digamos, buenas costumbres, algunos no las pierden nunca. El rectorado de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo la obtuvo casi tres años después de dejar el gobierno de González.

Como dice el refrán —Lluch era plenamente consciente de ello—, no hay buena obra sin castigo. Así, después de asentar las bases de una sanidad pública, universal y gratuita, no podía llevar a cabo su implementación. Demasiados callos había pisado por el camino. El sector de la medicina privada (desde médicos y la patronal médica a las farmacéuticas) tuvo suficiente.

Si el esfuerzo político, económico, organizativo —integrando el incipiente estado autonómico— que se dedicó a la Sanidad, como antes Fuentes Quintana y Fernández Ordóñez dedicaron a la Hacienda pública, se hubiera dedicado a la enseñanza pública, gratuita y mixta, tal como rige en la Europa digna de tal nombre, no se hubieran producido ocho leyes de educación en cuarenta años, la penúltima con la intención de españolizar a los niños catalanes, potenciar la enseñanza concertada por encima de la pública y conferir a la religión el estatus de asignatura puntuable y obligatoria. La última aprobación de una ley de educación destinada a revertir la nefasta ley Wert tuvo lugar, esta semana, con el griterío derecho extremo y la extrema derecha en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo: "¡Libertad!, ¡libertad!, libertad!". Gritos que, traducidos al lenguaje de verdad, quiere decir sólo mantener privilegios y hacer crónica para siempre la desigualdad social por la vía de la enseñanza.

Finalmente, el profesor Lluch, también sufridor de las intrigas universitarias, fue dialogante de verdad, todo uno culo di ferro. Hizo bandera del diálogo. De entrada, por una parte, sabía y practicaba que se dialoga con los contrarios y, por la otra, sabía y practicaba que dialogar es querer llegar a soluciones.

Hoy se habla mucho de diálogo, pero falto de osadía política, de talla política y de voluntad política, el diálogo no es más que una palabra vacía. No pasa de ser un eslogan para embelesar transitoriamente a la propia parroquia y tratar de embaucar a los contrarios. Algo similar a lo que hacían los conquistadores con los indios con sus espejitos y falsas joyas. Como hacen los tahures, vaya.

Lluch, con el que se puede discrepar todavía hoy, ni era un santo ni quiso ser un héroe. Fue un hombre erudito como pocos y honradamente contradictorio. Fue por encima de todo un político capital, generoso, inteligente y arriesgado. Especie hoy prácticamente en extinción. Era un político; no un administrativo ni un generador de lemas vacíos. Seguramente se debía a su base intelectual y universitaria.

PS. Una recomendación: Ernest Lluch. Biografía de un intelectual agitador, de Joan Esculies. Es necesario.

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