Venimos de unas vacaciones muy extrañas. Con el miedo de si nos acabaríamos teniendo que quedar encerrados en casa y no podríamos ni ir a Sant Miquel del Fai y hacernos al menos tres fotos para poder colgar en las redes. Sí, porque hemos pasado de hacernos selfies en el ferry que pasa por delante la estatua de la libertad a hacérnoslas en Sant Miquel del Fai. Ojo, que Sant Miquel del Fai está muy bien, pero, claro, nos hacía mucha gracia volver de Nueva York para poder explicar a todo el mundo aquello de "sí, sí, fuimos a aquel restaurante italiano de Tribeca que tanto nos gusta. Gino y Salvatore son encantadores y ya esperan que vayamos porque hemos hecho una amistad muy bonita".

No nos hemos dado cuenta y, adiós verano. Fiiiiiu, ya ha pasado. Como que hemos estado todo el día pendientes de las nuevas normas sobre todo lo que no podíamos hacer y que se añadían a todo lo que desde hace seis meses que ya no podíamos hacer, la cosa nos ha pasado volando. Ah, y al final hemos ido a la playa cuatro días. Literalmente.

Hace medio año que no tenemos ni una sola buena noticia. Y una vez se ha acabado la luz de julio y agosto, vemos que ya están aquí las tardes aquellas en que a las 6 ya es noche cerrada, hay niebla y se te empañan las gafas. Pero por el frío, no por la mascarilla. Ah, la mascarilla. A las seis todo oscuro y desierto y con mascarilla. Pero, sobre todo, con incertidumbre. Y aquella sensación de que ahora estamos bien en comparación con como podemos llegar a estar en noviembre. Noviembre, aquel mes que no tiene ningún sentido y que no se acaba nunca.

Hemos vuelto a la vida cotidiana sin haber acabado de irnos de ella nunca del todo y ahora estamos con todo eso de los chiquillos en la escuela. Ay, ay, ay. Se ve que las criaturas ya hacen apuestas a ver cuántos días tardarán en devolverlos para casa. ¿Y cuando vuelvan, qué? ¿Dejamos de trabajar para quedarnos en casa con ellos (y con ellas)? ¿Nuevamente teletrabajo en vena con un ordenador para tres? ¿Y si tengo una tienda de ropa, un horno, un bar, un restaurante, cualquier tipo de negocio de cara al público, soy fontanero, pintor de paredes o electricista, como teletrabajo, con la ouija? Ah, y de los ERTE mejor no hablar porque algún día alguien muy desesperado se acabará enfadando de verdad y todos lo entenderemos. Y lo aplaudiremos.

Noche cerrada a las 6, con mascarilla y con una crisis económica de mil pares de narices. Gestionada por unos personajes que se dedican a la propaganda de helados con el congelador desenchufado. Anuncian, anuncian y anuncian, pero cuando abres la tapa, donde tendría que estar la promesa sólo hay un charco de agua. Se ha deshecho. Como un azucarillo. Estamos en manos de frívolos incapaces de hacer funcionar nada. Improvisan tanto que incluso improvisan las improvisaciones. Coges el diccionario y pasas de "planicie" a "planifoli". Sí, porque la palabra "planificación" se ha ido. Mírela, está allí, en el fondo del horizonte... ¡¡¡Digámosle adiós con las orejas!!! Adióóós planificación, ha sido bonito mientras ha durado.

Nadie explica la verdad, sino que nos venden eslóganes. Vivimos en el marketing del titular del ahora mismo. Mañana está a una distancia como cinco veces Andrómeda, que está a 2,5 millones de años luz de nuestra mascarilla. Y pasado mañana, directamente no existe. Sin quererlo ni saberlo somos punks y estamos en el "no futuro". No podemos planificar nuestra vida y estamos en permanente provisionalidad. Cada día tenemos que saltar una pared, detrás de la cual hay otra pared. Y detrás, otra. Y cada vez que superamos una, no sabemos si hasta llegar a la siguiente, además de todo lo habitual, encontraremos cocodrilos, pirañas o mosquitos tigres mutantes.

El debate público está en manos de incendiarios y de insensatos. Y de sectarios. Maleducados ignorantes empeñados en demostrarnos que, además, son unos imbéciles integrales con balcones en la plaza del ayuntamiento. Gastamos una cantidad inmoral de energías intentando saber por dónde nos engañan y por dónde nos la han colado. Imposible saber qué es verdad y qué manipulación. Aquí y en la China Popular. Y en Bielorrusia. Y en los EE.UU. de Trump. Nunca como ahora nos habíamos sentido tan lejos de todo y tan desconcertados. Y, encima, con mascarilla y sin futuro.

¿Una descripción deprimente? Quizás sí, pero real. Y cada vez hay más gente que se siente así. Coloquialmente le llamamos "estar chof". Si se reconoce, no se preocupe, la mayoría estamos como usted. No es ningún consuelo, pero al contrario de lo que decía el anuncio aquel, mejor no sufrirlo en silencio.

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