Este artículo habla de la querella presentada por una extraña asociación —parece que próxima a un conocido partido que pasa por un momento peor que malo— contra la alcaldesa de BCN, Ada Colau, por fraude, malversación y tráfico de influencias. Una demanda que ha provocado que el mes de marzo tenga que declarar como investigada por haber dado subvenciones a una serie de entidades de manera irregular. Pero este artículo no va de eso.

No, ni tampoco va de que según el código ético aprobado por el partido de Colau, esta imputación debería significar su dimisión inmediata. Ni de unas manifestaciones de Colau hechas hace seis años a Jordi Évole, y que ahora le recuerdan mucho en la red, donde dijo que si ella fuera imputada haría una consulta a la ciudadanía para que opinara, una cosa que es evidente que ahora no hará.

No, ni tampoco va de como se ha defendido la alcaldesa afirmando que no dimite porque ni ella ni el partido se han enriquecido, que la demanda la han presentado unos "poderosos" que no quieren perder sus "privilegios", que quizás se ha cometido algún error en algún trámite administrativo pero que eso no se puede considerar corrupción y que, en todo caso, ella nunca interviene en los procesos de adjudicación de las subvenciones.

Este artículo no va de todo eso sino de lo que algunos dicen "antes de" y de lo que hacen cuando están. Porque existe la posibilidad que los que había antes que tú en el lugar que ahora ocupas también hayan recibido denuncias de gente con intereses particulares y que no querían perder sus privilegios. O quizás tus antecesores han sido acusados de cosas con mentiras. O, incluso, usando documentos falsificados. O quizás también han cometido algún error administrativo. Y pienso —por ejemplo— en el caso de Xavier Trias o en el de las obras de la plaza de las Glorias de BCN que fueron paradas porque —nos aseguraron— se había encontrado un gravísimo caso de corrupción y iban a investigarlo a fondo. A raíz de este caso ha habido personas que han estado tres años acusadas y señaladas públicamente. Y al final no hubo nada. Bien, y al principio tampoco. Nada de nada. Muchas ganas de tirar mierda y una investigación tan perversa, como mal hecha, como sustentada en suposiciones con una solidez comparable al futuro de Démbélé en el Barça. Pero nada más. Y nadie pidió perdón. ¡Ah, claro, que eso no lo dice el código ético! ¡Perdón, perdón! Y la sombra de sospecha quedó allí. Tan allí que cuando inauguraron el túnel de Glòries dirección Barcelonès Nord y Maresme todavía apareció alguna listilla hablando de corrupción.

Este artículo va, sobre todo, de la respuesta a dos preguntas: 1/ ¿Debe dimitir un político por una acusación no probada? y 2/ ¿Alguien que aspira a un cargo político tiene derecho a entrar en el sistema insinuando que todos los que ya están, son unos corruptos? Porque es que cuando entras en política mostrando un código ético donde dices que serás absolutamente radical en la lucha contra la corrupción, implícitamente estás diciendo que todos los otros no lo son. Y, por lo tanto, estás afirmando que toda la institución está podrida. Pero entonces resulta que cuando entras tú, con tu maravilloso código ético de color blanco impoluto y te acusan de una cosa —insisto "la cosa" por sí misma me resbala—, ¿no te aplicas la presunción de culpabilidad aplicada a los otros?

En el caso de corrupción del Parlament, con sueldos a funcionarios "incómodos" políticamente para que no fueran a trabajar, lo peor de todo es lo terrible e irreversible daño que le han hecho a la institución. Será una mancha que irá siempre con el Parlament. Y algunos todavía no lo han entendido. En el caso de Ada Colau es exactamente lo mismo. Las promesas de afrontar ejemplarmente posibles casos de corrupción —porque yo no soy como ellos— desacreditan al conjunto de la política. Y la política, como la vida, no es lo que parece. La propia alcaldesa así se lo reconoció a Jordi Basté poco después de ocupar el cargo: "Oh, es que desde dentro las cosas se ven muy diferentes". Pues mire, sí, pero el mal ya está hecho. A unas instituciones que no son de quiénes las ocupan circunstancialmente sino de los ciudadanos, no lo olvidáramos nunca, eh.