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El lento y tenaz asentamiento del evangelismo en el Estado español me trae a la memoria una película que ha tenido varias versiones a lo largo de los años con más o menos fortuna. La invasión de los ladrones de cuerpos data de 1956, fue dirigida con maestría por Don Siegel y, como a menudo ocurre, la historia fue rescatada exitosamente en 1979 por Philip Kaufman con el título La invasión de los ultracuerpos y con un Donald Sutherland excepcional al frente de un plantel de actores en estado de gracia. De las otras versiones es mejor no hablar.

La historia es sencilla. Cuando el doctor Miles Bennell regresa a su pequeño pueblo de California, varios ciudadanos le aseguran que sus familiares han sido reemplazados por réplicas idénticas pero sin emociones. Al principio, Bennell es escéptico ante el problema, pero poco a poco entra en una espiral de locura, incapaz de controlar una invasión alienígena que utiliza grandes vainas vegetales de las que emergen réplicas humanas perfectas que suplantan a las personas reales mientras estas duermen. Parece una marcianada, pero debemos entender el contexto en que fue rodada la película, con una sociedad sometida a las leyes del macartismo y la fiebre anticomunista.

Bien mirado, los evangélicos son como esas esporas alienígenas de donde surgen las vainas uterinas. Y no han llegado del espacio sideral, sino de las Américas hispanohablantes. Un regalo envenenado provocado por una migración descontrolada que está extendiendo un cristianismo protestante que se caracteriza por su reaccionarismo, y que tantos seguidores tiene en EE. UU. y en Brasil, país donde el evangelismo es ya mayoritario entre los que legan su fe a Dios y, sobre todo, a Bolsonaro. Gran parte de sus miembros son devotos del antiguo líder del Partido Social Liberal. Esta gota malaya que va calando lentamente en las estructuras sociales de España no preocupa en absoluto, por ideología, a políticas como Sílvia Orriols, pero como catalana debería preocuparla. Y no es que la expansión del islamismo en Europa no sea alarmante, que lo es, con especial atención a Francia, donde el 15 % de la población es musulmana y un alto porcentaje de esta cree que la Sharía está por encima de la Constitución francesa, pero a diferencia de los fundamentalistas islámicos, los evangélicos funcionan como las esporas alienígenas, silentes y seguras de arraigar en un campo labrado por una derecha extrema y una extrema derecha que necesitan aliados aunque parezcan llegados, por arcaicos, en un ómnibus. Nunca en un DeLorean.

El evangelismo funciona como una secta que capta almas errantes con una liturgia envuelta en emotividad, música en directo y un lenguaje adaptado a los nuevos tiempos

La ideología de los evangélicos es una mezcla entre las estrictas leyes del protestantismo bíblico y una visión ultraconservadora de la sociedad y de la política. Buscando información leo que, como no están regidos por una autoridad central como el papa, los evangélicos son un totum revolutum que engloba pentecostales, neopentecostales, asambleístas, menonitas, cuáqueros y metodistas. Esta fragmentación no significa, sin embargo, que no estén unidos en lo fundamental, en la defensa de unos valores que parecen extraídos de la caverna. Los evangélicos son unos acérrimos defensores de la familia tradicional, con el consiguiente rechazo al matrimonio igualitario; como movimiento provida rechazan el aborto y la eutanasia; y se oponen a la ideología de género y a las demandas de los grupos englobados en el movimiento LGTBIQ+. Como se puede suponer, la mayoría de los evangélicos no son promarxistas, sino todo lo contrario. Para gran parte de los evangélicos, la fe y la obediencia a Dios son portadoras de riqueza material, fe y obediencia que se alinean con las teorías políticas del neoliberalismo y el libre mercado. Son anticomunistas y, curiosamente, prosionistas por una cuestión de fe geopolítica: el retorno del pueblo judío a la tierra prometida es fundamental para la segunda llegada de Cristo a la Tierra con el objetivo de juzgar a las naciones, derrotar el mal y establecer un reino de paz y de justicia.

Esta fe ultraconservadora ha encontrado un magnífico caldo de cultivo en España, con casi dos millones de fieles y más de 4700 lugares de culto establecidos a lo largo de todas las grandes capitales españolas, con especial atención a la Comunidad de Madrid, la cual abre un centro cada cuatro días al servicio de una población, mayoritariamente inmigrante, necesitada de solidaridad. El evangelismo funciona como una secta que capta almas errantes con una liturgia envuelta en emotividad, música en directo y un lenguaje adaptado a los nuevos tiempos, un packaging perfectamente diseñado por especialistas en marketing. El continente y el contenido nunca habían estado tan alejados, ni tan bien avenidos, como los matrimonios que duran. La fe no tiene fronteras y los evangélicos han convertido los grandes estadios en los marcos idóneos para organizar espectáculos que buscan fidelizar a todos aquellos que tienen la autoestima bajo mínimos. Y quien dice fidelizar, dice hipnotizar.

Evidentemente, ante un banco de peces cada vez más grande, el PP y Vox han lanzado el anzuelo para pescar votantes y los han encontrado a montones. Les unen muchas cosas y mucho fundamentalismo, aunque en el PP y Vox haya excomunistas, exanarquistas, divorciados, ateos y homosexuales. Como, por ejemplo, un concepto territorial de España que a la líder de Aliança Catalana no le gustará. Cuidado, por lo tanto, señora Orriols, no sea que de tanto señalar a los islamistas se le cuelen en casa los evangélicos y acabe convertida en una réplica sin emociones idéntica a usted y de habla castellana.