En todo el mundo, antes del fuego de la política está la chispa intelectual. Siempre, antes de los cambios políticos, uno o más intelectuales son capaces de leer bien la realidad y dibujar un horizonte posible y distinto. Son personas que viven un poco al margen del ajetreo cotidiano, bien conectadas con la sociedad y con el oído puesto en las conversaciones a pie de calle. Son personas con ideas claras y con una buena capacidad de análisis, que no temen admitir errores y corregirlos, si conviene. Son personas que leen bien el pasado, interpretan bien el presente, anticipan lo que vendrá y visualizan un futuro deseable. Algunos incluso trazan un camino para llegar a él. Algunos tienen buenas ideas y otros no tan buenas, pero todas tienen una solidez de pensamiento. Por eso existen intelectuales que van desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. Cabe remarcar que los mejores también suelen tener una fina ironía y un buen sentido del humor, y rehuyen el sectarismo y la consigna como un gato rehuye el agua. La robustez democrática de un país puede medirse por la fuerza y el potencial de sus intelectuales. Hay países que sobresalen en este aspecto. Inglaterra es uno e Italia también. No hace falta ser un gran país para tener buenos intelectuales.
Hubo un tiempo, en Catalunya, en el que un buen puñado de intelectuales marcaban el camino y lo despejaban para que lo recorrieran, después, los políticos y los partidos, y convirtieran en hechos lo que ellos habían pensado. Los hubo durante el franquismo y los hubo después. Muchos de ellos tuvieron un impacto en mi forma de pensar y entender el país. Podría citar unos cuantos, pero diré solo tres que, para mí, se convirtieron en referentes: Joan B. Culla, Salvador Cardús y Vicenç Villatoro. El primero nos dejó en 2023 y los otros dos siguen siendo faros en momentos de desconcierto y de incertidumbre. En torno a todos estos intelectuales nacían plataformas de pensamiento, puntos de encuentro, mesas de debate y revistas más o menos exitosas. Publicaban libros de pensamiento y los presentaban con gran éxito de público. Los medios de comunicación les ofrecían páginas de papel y minutos de radio y televisión. Se les entrevistaba a menudo también. Todos los partidos catalanes tenían a su alrededor referentes intelectuales de los que se nutrían. Se les consultaba y se les preguntaba cuál era su punto de vista sobre un tema concreto. Algunos intelectuales alimentaban a más de un partido, porque eran referentes del soberanismo, del federalismo, del centralismo o del socialismo, en sentido amplio. Otros eran más orgánicos. Había de todo en la galaxia intelectual catalana. De hecho, como en la galaxia, había intelectuales difícilmente encasillables que surcaban el espacio como un cometa. Algunos eran fugaces; otros, más estables.
El país es capaz, como siempre ha hecho, de generar nuevos intelectuales. Esto no me preocupa en absoluto. Me preocupa, eso sí, su desconexión de la política
Buena parte de ese mundo ha desaparecido. O se ha modificado tan sustancialmente que creo que se han roto la mayoría de los puentes entre la intelectualidad y la política. La desconexión de la política con la sociedad también ha afectado a los intelectuales. Por eso la política se ha empobrecido, ha adelgazado intelectualmente y se ha degradado. Alguien dirá que, hoy, no hay intelectuales nuevos y que el país todavía vive de los que ya existían hace una o dos décadas. No creo que sea así. Hay jóvenes profesores, historiadores, economistas, filósofos, periodistas o escritores que piensan, tienen buenas ideas y que las exponen muy bien. El país es capaz, como siempre ha hecho, de generar nuevos intelectuales. Esto no me preocupa en absoluto. Me preocupa, eso sí, su desconexión de la política; o quizá sea la desconexión de la política hacia los intelectuales. El orden de los factores no altera el producto, en este caso, pero la situación no es nada positiva, porque condena a la política catalana a vivir al día, sin proyectos de largo alcance, sin horizontes nacionales, sin pensar en grande. La hace más permeable al desánimo y a la crispación. También la desconecta de las grandes corrientes de fondo del pensamiento europeo.
Sería bueno que estos vínculos se volvieran a crear y a fortalecer. Sería bueno que los dirigentes políticos volvieran a llamar a los intelectuales, a leerlos y a escucharlos, aunque discreparan de ellos. De todo se puede sacar alguna lección y alguna buena idea. Un buen intelectual señala un problema y dibuja una solución y, por lo tanto, tras cada artículo, manifiesto o conferencia hay un llamamiento a la acción que espera ser recogido por alguien y convertido en un programa político. ¿Alguien cree que Donald Trump sería presidente sin el trabajo intelectual previo de la derecha radical? ¿Alguien piensa que el proceso soberanista catalán se habría llevado a cabo sin el corpus ideológico de los intelectuales independentistas? ¿Alguien cree que el espacio situado a la izquierda del PSOE (Podemos, Sumar, etc.) existiría sin el trabajo incansable de los profesores poscomunistas de la Complutense? ¿Alguien duda de que la falta de proyecto para Barcelona (político, cultural, social, nacional…) no tiene ninguna relación con que no haya nadie, hoy, pensando en la Barcelona del futuro? Por cierto, un aviso final: es importante que cada uno haga su papel. Nada hay más ineficaz que un político haciendo de intelectual y un intelectual haciendo de político. Cuando alguien quiere tener ambos sombreros, ni es un buen político ni es un buen intelectual, y normalmente termina accidentado en alguna curva de la vida pública.