Esta semana ha habido revuelo en el seno de la Iglesia en Catalunya y en España a raíz de la regularización de migrantes. Cuando digo “ha habido revuelo”, quiero decir que algunos se han llevado las manos a la cabeza después de que obispos catalanes y españoles manifestaran que ven con buenos ojos la regularización en cuestión. En general, y aunque para los asuntos espirituales no hay nada más fructífero que el silencio, los movimientos de la Iglesia siempre causan revuelo. Aunque la institución la hacemos hombres y mujeres de carne y hueso, somos conscientes de la trascendencia y la santidad de lo que como institución estamos llamados a preservar. Y del papel que jugamos todos nosotros para que, al igual que nosotros recibimos un legado poderosísimo en nuestras manos, también puedan recibirlo nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos. A veces se explica que en la lentitud con la que la Iglesia orbita el cambio está el secreto de su permanencia. Esto puede ser verdad para las cuestiones estructurales, pero para las cuestiones espirituales, para todo lo que tiene que ver con mantener el fondo al que la forma puede adaptarse, no funciona del todo así. La Iglesia está llamada a conservar las llaves a la eternidad y, al estar en ella y sentirse parte de ella, uno acaba descubriendo que el corazón verdadero de la Iglesia, el que ha latido atravesando los siglos, nunca ha cambiado.
Al leer el Evangelio, uno también descubre que el mensaje de Cristo puede tener una lectura política o puede inspirar una ideología. De hecho, en Europa las ha inspirado casi todas y todo el mundo acaba sintiéndose tentado, de algún modo, a decir que "si Cristo viviera hoy, sería..." póngase el adjetivo que más le guste. Que pueda tener esta lectura, sin embargo, no significa que deba tenerla: Cristo está por encima de las ideologías porque Dios está por encima del tiempo. Así las cosas, algunos de los pilares que sustentan el mensaje de Cristo son más atractivos para fundamentar unas ideologías y algunos de los pilares que sostienen el mensaje de Cristo son más atractivos para fundamentar otras. Cuando la Iglesia, que lleva dos mil años —con errores y aciertos— arropando la figura de Jesús de Nazaret, recuerda que el Hijo de Dios es un hombre total y que no se puede utilizar interesadamente por partes y a conveniencia, está haciendo lo que debe hacer.
Algunos de los pilares que sustentan el mensaje de Cristo son más atractivos para fundamentar unas ideologías y algunos de los pilares que sostienen el mensaje de Cristo son más atractivos para fundamentar otras
Ante esto, la reacción —a un lado y otro— de quienes que se sienten tentados a hacerse las cosas a medida es la de denunciar que no se sienten representados por la Iglesia. Este es, posiblemente, el momento más revelador para los católicos y para los católicos potenciales: sirve para hacerles entender que la Iglesia de la que forman parte no es un expositor de opiniones, es el vaso custodio de una fe recibida. No es un partido político, ni siquiera funciona como un parlamento elegido democráticamente. Es otra cosa. En este marco, decir que determinados comunicados son "sanchismo" queda muy cerca de respetar la figura del clérigo solo cuando el clérigo en cuestión es de izquierdas, una debilidad lamentablemente extendida en Catalunya. Esta vez, sin embargo, el posicionamiento de los obispos ha destapado hasta qué punto una parte del mal llamado despertar católico solo lo es en la medida en que emplea la tradición católica para construir una alteridad con el inmigrante. Y por eso se crispan cuando no pueden jugarse la Iglesia a su favor, esto es, cuando, más que acomodarlos, les llama a convertirse. Ahora pienso que quizás debería haber escrito esta última frase en primera persona del plural, mira: todos tropezamos con lo mismo.
Una verdad que he ido desgranando a medida que he avanzado en mi camino de fe desde dentro de la Iglesia, es que muchas de las críticas que recibe la institución desde fuera, muchos de los defectos que se leen desde el exterior, vistos desde dentro son una virtud. O, como mínimo, tienen una vertiente virtuosa, una razón de ser. Me pasa con la noción de jerarquía, por ejemplo, cuando me doy cuenta de que me salvaguarda del abuso de poder de algunos pastores de confesiones desmembradas y sin superiores, esto es, cuando soy consciente de que me protege de los riesgos de la discrecionalidad. Me pasa también con la rigidez, cuando me doy cuenta de que es lo que garantiza que la institución priorice los intereses del cielo, y no los de la tierra. Y me pasa con eso que llamamos clericalismo porque, lejos de su acepción inicial, hoy habla de una institución que pertenece al mundo y quiere hacerse presente en él, pero es consciente de que su mensaje no es de este mundo. Algunos de los que hoy se sienten desengañados también son los primeros en pronunciar aquella sentencia de san Juan Pablo II: “hay que defender la verdad cueste lo que cueste, aunque volvamos a ser solo doce”. También cuando el coste de la verdad es replantearse aquellas verdades a las que uno se aferraba cómodamente antes de convertirse. Y volver a convertirse.
