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Desde los tristes días del 11M, intuimos que los servicios de inteligencia y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado no siempre son del todo leales y que, en consecuencia, pueden, si se lo proponen, entorpecer la tarea de nuestros gobernantes de asegurar nuestra integridad y la del territorio de nuestro país. Los límites a esa tentación los pone la consistencia moral de cada persona y la general del colectivo en el que se integra, pero sobre todo la de los mandos operativos de los mismos y su sintonía con la dirección política última.

Como quienes nos gobiernan saben lo alargada que fue la sombra del ministro Rubalcaba y lo muy diligentes que fueron algunos medios de comunicación en aprovechar la coyuntura de la enorme torpeza (e ingenuidad) del tándem Acebes-Aznar, ahora pueden fantasear (o incluso acertar) con la eventualidad de que la jueza de la Audiencia Nacional o el comisario al que encomendó con orden de secretismo el informe sobre lo sucedido en Ceuta en la instrucción que sigue a raíz de una denuncia de Iustitia Europa (esos abogados que son fachas o zurdos según sea el destinatario de su furia procesal) hayan actuado alevosamente contra el ministro Marlaska y contra su jefe último, el presidente del Gobierno. Ya saben que solo vemos en otros los defectos que están en nosotros.

80.000 caminando durante cuarenta kilómetros por territorio marroquí son cuantitativamente una avalancha, geopolíticamente una invasión y políticamente un fracaso del Gobierno español

Todos saben que hacen lo que critican y que critican lo que hacen. Pero al ciudadano particular que no es hooligan de uno u otro, además de un uso austero de los recursos públicos (algo que ya vemos que no sucede y donde todos creen que los lujos propios son más justos que los de quien tienen enfrente), lo único que le interesa es la información. Y de la información parece deducirse lo que ya intuíamos: que 80.000 caminando durante cuarenta kilómetros por territorio marroquí son cuantitativamente una avalancha, geopolíticamente una invasión y políticamente un fracaso del Gobierno español, por acción u omisión, el más grande, el peor desde el 23 de febrero de 1981. Ni siquiera los atentados yihadistas, con todo el dolor y muerte que han causado en nuestro país en diversas ocasiones, pueden compararse con esto, que es además una vergüenza humanitaria, un fracaso burocrático y jurisdiccional en temas de asilo y un estado de excepción no declarado, pero material, para los ceutíes, que se han visto confinados por salubridad, seguridad y emocionalidad devastadas.

Si no es verdad lo que el informe dice, mal para las instituciones. Si es verdad, peor para el Estado. El eco del silencio europeo se hace mayor si recordamos que ha salido en tromba su dirección a quejarse por los ataques con drones bélicos que parece —aunque lo niega— haber dirigido Rusia hacia la ciudad de Leipzig. ¿Es que es España menos que Alemania? ¿Es que es Ceuta menos que Leipzig? Quizás quien es menos que todos es Pedro Sánchez, el de las ensoñaciones internacionales, en el último paso antes del despeñadero.