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Me cuento, y no me avergüenza admitirlo, entre las personas a las que las acusaciones contra José Luis Rodríguez Zapatero le han sorprendido, y mucho. Se puede decir que me han hecho caer de culo. Estoy convencido de que a mucha gente le ha ocurrido lo mismo. Mi estupefacción se puede considerar, me parece, representativa, puesto que no me cuento entre sus fans, ni entre los fans de su partido, el PSOE. Quiero decir que he contemplado y contemplo su figura y su trayectoria desde la distancia sentimental. Sin embargo, ni se me había pasado por la cabeza que Zapatero pudiera ser acusado de cosas como estas de las que se le acusa. Como político, le reconozco determinados éxitos y aciertos, pero también le reprocho determinadas equivocaciones, promesas incumplidas y algunas tomas de posición extemporáneas. Pero lo tenía por una persona honorable.

Honorable es aquel que es digno de honor. Y honor, ¿qué significa exactamente? Honor es un término que ha caído en desuso, supongo que porque se considerará demasiado conservador o incluso casposo. Honor es la cualidad moral que nos hace comportar de manera que nuestros actos no desmerezcan la estima de los demás. Si queremos ser más modernos, al honor podemos llamarlo también reputación, buena reputación. Un servidor, pues, atribuía a Zapatero una determinada consistencia moral. Así me lo parecía. Tanto el honor como la reputación están directamente conectados con la confianza. En alguien honorable confiamos. La reputación no es flor, ni mucho menos, de un día. Se van construyendo, se van amasando con el tiempo, encargado de confirmar esta cualidad moral que atribuimos a alguien. La buena reputación, pues, no se agota con su uso: todo lo contrario. Con su uso se refuerza y se vuelve más y más vigorosa. Como contrapartida, la reputación puede erosionarse o incluso volatilizarse para siempre más con su mal uso. Cuando alguien desmiente la confianza depositada en él. En Zapatero confiaba mucha gente. Para muchos —de su color político, pero también de fuera— era un referente moral. Obsérvese aquí que, cuanto mayor es la confianza, mayor es el despecho y la frustración. Es sencillo: solo nos podemos sentir traicionados por aquellos en quienes confiamos. A más confianza en alguien, más hiriente resulta la traición.

En unos tiempos tan envenenados, en los que el consenso dicta que todos son unos ladrones y unos corruptos, que la estatua de Zapatero sea también derribada y destrozada es una tragedia

Los escándalos, huelga decirlo, pueden erosionar o enterrar de golpe la reputación de alguien. El sociólogo John B. Thompson los llama "reductores de reputación" o "reductores de confianza". Como en la sociedad española eran muchos los que, como yo mismo, tenían a Zapatero por una persona honorable, el daño que está causando el caso del expresidente es devastador. Por extensión, el descrédito afecta a una figura muy próxima a él, Pedro Sánchez, y también al PSOE. El escándalo lo produce la transgresión o supuesta transgresión de ciertos valores, normas o códigos morales. Cuando actuamos de un modo que viola estas reglas, perdemos la estima, y también la admiración, de los demás. La reputación. Los escándalos, en definitiva, hacen perder —a veces completamente— capital simbólico o, para decirlo con más claridad, capital moral.

Alguien puede objetar: ¡Oiga!, ¿qué pasa si al final se demuestra que Zapatero no ha cometido ningún delito? Desafortunadamente, cuando haya una sentencia definitiva, dentro de varios años, quizás muchos, la reputación de Zapatero ya habrá sido arrasada. Como diría aquel, el mal ya está hecho. Pase lo que pase, la reputación del expresidente quedará muy dañada. Porque hay cosas que, aunque no sean delitos, son feas y dañan también la honorabilidad. Y porque en el mundo actual la presunción de inocencia es un abrigo de papel de fumar. A su absolución, de producirse, no le dedicaremos ni una milésima parte de la atención y el tiempo que invertimos en chapotear estos días en el estercolero que le rodea. Las acusaciones, desafortunadamente, son mucho más golosas que una absolución. Como confesó Rufián, el gran centinela del Gobierno de Sánchez: "Si esto es verdad, es una mierda; si esto es mentira, es una mierda aún mayor, que hemos visto muchas veces [...]. Tienen que entender que hay mucha gente de izquierdas a la que esto les rompe el corazón".

La honorabilidad, la buena reputación, se ha convertido en un bien escaso. Sobre todo en la política. Por este motivo, el asunto Zapatero resulta muy grave, destructivo y doloroso. En unos tiempos tan envenenados, en los que el consenso dicta que todos son unos ladrones y unos corruptos, que la estatua de Zapatero sea también derribada y destrozada es una tragedia. Un desastre sin matices, que nos perjudica a todos y daña un poco más la democracia. Cuando la suciedad se impone, cuando el cinismo y el nihilismo se extienden, y nada ya vale la pena, los populistas y los demagogos arrasan. Nos arrasan.