Había una época en que los partidos políticos —y particularmente los de izquierdas— tenían entre sus dirigentes hombres y mujeres que además de ser políticos, eran intelectuales. Hombres y mujeres que combinaban el pensamiento y la acción, que cuando los oías hablar no sabías muy bien dónde acababa el político y dónde empezaba el intelectual, y viceversa. Jordi Borja era uno de estos. Había una época en que los políticos de izquierdas no se limitaban a intentar corregir en la medida de lo posible las injusticias del capitalismo, sino que se esforzaban por trascenderlo y construir un socialismo democrático, que permitiera una sociedad realmente basada en los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Jordi venía de esta época. Había una época en que comprometerse políticamente y militar en los partidos clandestinos, en pleno franquismo, suponía un riesgo personal considerable: muy probablemente prisión, a veces torturas o exilio. Muchos militantes procedentes de la clase trabajadora, pero también muchos hijos de la clase media, lo asumieron y pagaron el precio de luchar por sus ideas en plena dictadura. Jordi fue uno de ellos.
Seguramente, hay muchas otras personas más autorizadas que yo para escribir este artículo de homenaje. Pero no podía no aceptar la invitación de El Nacional a hacer estas líneas. Porque Jordi Borja es una persona que, aquellos que lo conocimos de cerca, admiramos y quisimos. Y, sobre todo, porque no lo escribo en tanto como Toni Comín sino como hijo de Alfonso Comín, con el que le unió una profunda y larga amistad.
Mi padre y Jordi coincidieron en la prisión Model, en el año 1969. Al salir de ella, ellos dos y Jordi Solé Tura, el tercero de aquel grupo de tres amigos íntimos, fundaron Bandera Roja y lideraron la organización durante casi cinco años. Jordi venía muy marcado por su época de estudios en París, donde vivió en primera persona el Mayo francés, y Bandera Roja tuvo, gracias a él, una fuerte impronta. Los tres dirigentes creían que, más allá del PSUC —el partido por antonomasia de la lucha antifranquista—, era necesaria una fuerza política a su izquierda que estuviera libre de los lazos de aquel con el bloque oriental y que se hiciera eco de la revolución ideológica del 68, asumiendo la ruptura que esto suponía respecto de la cultura de los partidos comunistas tradicionales. Bandera Roja fue una experiencia valiosa y exitosa en la que se encontrarían universitarios —algunos de los cuales harían después brillantes carreras académicas— con obreros de una industria catalana en expansión, con la voluntad de hacer de punta de lanza de las movilizaciones contra el régimen. Era una versión nueva de la alianza clásica entre "las fuerzas del trabajo y de la cultura".
A las puertas de la transición, entraron en el PSUC. O mejor dicho, los vino a buscar Santiago Carrillo. En Italia tomaba toda su potencia el giro del PCI de Enrico Berlinguer hacia el eurocomunismo. El eurocomunismo quería ser una puesta al día de la vieja propuesta del socialismo democrático de plantear una superación del capitalismo, pero sin renunciar a la democracia pluripartidista y a las "libertades formales". Si para los eurocomunistas la plena garantía de los derechos económicos y sociales era incompatible con el sistema capitalista, al mismo tiempo los derechos civiles y políticos eran irrenunciables en una sociedad que se quisiera realmente libre. Era una nueva versión del "ni/ni", ni reformismo socialdemócrata ni autoritarismo estalinista, que mi padre y toda la pandilla del FOC —como por ejemplo José Antonio González Casanova, Joan Gomis o Pasqual Maragall— predicaban ya en la década de los cincuenta.
El PSC catalán y el PCE español querían hacer una operación similar a la italiana y fichar a los dos Jordis y a Alfonso Comín como altos dirigentes del partido: era la manera más elocuente de darle credibilidad. "Si se lo digo a los Jordis se cabrean, pero a Carrillo lo que le interesaba de verdad era tu padre —me había confesado en una ocasión el añorado Manolo Vázquez Montalbán—. Porque él no podía llegar a la democracia con la etiqueta de partido comecuras y anticlerical. Y poner a un intelectual cristiano tan reconocido como padre en la dirección del PSUC fue un golpe de efecto brillante, en este sentido".
De todas las piezas que configuran el puzle de la transición en Catalunya, la del PSUC fue sin duda una de las más loables y decisivas. Y en aquel PSUC Jordi Borja tuvo un papel determinante.
Ciertamente, en el caso de Catalunya y de España, el giro al eurocomunismo tuvo un capítulo específico: que el PSUC y el PCE dejaran de ser partidos oficialmente ateos para pasar a ser partidos laicos. Fue una de las condiciones que pusieron ellos tres para entrar. A partir de ahí, Jordi Borja, Jordi Solé y mi padre fueron las caras más visibles de la corriente eurocomunista durante los primeros años de la transición, aquellos en los que el PSUC obtuvo sus mejores resultados. La transición a la democracia está hecha de muchas contribuciones, algunas muy nobles —como por ejemplo la movilización social y popular— y otras no tanto o no mucho —no entraremos ahora en detalles—. Pero de todas las piezas que configuran el puzle de la transición en Catalunya, la del PSUC fue sin duda una de las más loables y decisivas. Y en aquel PSUC Jordi Borja tuvo un papel determinante.
Después, una vez ya iniciada la democracia, su aportación política más importante la hizo en la ciudad de Barcelona, como uno de los hombres clave de los gobiernos de Pasqual Maragall. Allí el experto en geografía urbana puso toda su ciencia y su inteligencia al servicio de un objetivo: construir una "ciudad" que permitiera a los barceloneses vivir realmente como "ciudadanos", donde la "ciudadanía" fuera una experiencia y una vivencia concreta, y no un concepto abstracto y vacío. El urbanista Jordi Borja siempre pensó el espacio público desde su doble dimensión: física y política. La ciudad como el espacio de los derechos y de la lucha: como el lugar donde se hace realidad la igualdad —porque es en tanto ciudadanos que somos iguales— y donde se manifiesta el conflicto —porque ser ciudadanos nos legitima para reivindicar nuevos derechos y para enfrentarnos al poder cuando contraviene el bien común—.
Jordi fue el ideólogo del modelo de descentralización de Barcelona, plasmada en los diez distritos y su estructura institucional. Pero, para él, descentralizar no era dividir la ciudad en diez trocitos para administrarla de manera más eficaz. O no solo. Era sobre todo una manera de fomentar y garantizar la democracia: una manera de crear unos "demos" de escala lo suficientemente pequeña para que la ciudadanía se pudiera ejercer de manera activa y directa. Era abrir los caminos a la democracia participativa, porque cuando la democracia es exclusivamente representativa, es una democracia coja. Él, desde Barcelona, fue un pionero de aquello que después se ha hecho en tantos lugares del planeta: reinventar el gobierno municipal para convertirlo en el lugar natural de la participación política.
Fue inequívoco en su defensa del derecho a la autodeterminación y se abrió a la idea de la independencia si esta tenía que servir para construir una Catalunya más justa
Detrás de su contribución como urbanista, por lo tanto, había una reflexión profunda sobre la democracia y sobre la lucha por la justicia social que solo esta permite. En un libro que me tocó coordinar sobre el futuro de la izquierda, ya a las puertas del Procés, él colaboró con un ensayo magnífico titulado precisamente El derecho a la ciudad. Al poco, por cierto, me hizo saber —con la rotundidad que le caracterizaba cuando manifestaba un desacuerdo— su desaprobación de mi salto al independentismo. No porque estuviera en contra de la independencia, que no lo estaba, sino por la manera concreta como lo estaba materializando yo. De hecho, en sus Cartas desde Londres, que durante aquella época enviaba puntualmente a una lista de amigos, fue inequívoco en su defensa del derecho a la autodeterminación y se abrió a la idea de la independencia si esta tenía que servir para construir una Catalunya más justa.
Su militancia, ya una vez fuera de la política institucional, no paró nunca. Tal era su compromiso. Ya fuera como presidente del Observatori DESC, ya fuera como uno de los padrinos de Barcelona en Comú y uno de los que empujó a Ada Colau a dar el salto a la política institucional. Acompañar el asalto al poder municipal de Barcelona en Comú fue, probablemente, su última aventura política.
Para acabar, una anécdota y un abrazo. La anécdota. Con mi padre eran muy amigos, pero con mi madre también se quisieron mucho. Ella le hacía, de alguna manera, de consultora sentimental. Mi memoria infantil me dice que se quedaban largos ratos de pie en el recibidor de nuestra casa familiar hablando de temas personales, cada vez que él salía de las reuniones políticas —todavía mucho más largas— con mi padre. El problema era que en aquel recibidor había una estantería con toda la colección de libros de novela negra que por aquella época publicaba Laia, la editorial que dirigía mi padre. Cada vez que Jordi pasaba por delante de aquella estantería, al momento de marcharse de casa, se llevaba uno de los volúmenes, de manera que la colección se iba acortando irremediablemente. Hasta que un día mi madre le dijo: "Basta Jordi, te quiero mucho, mucho, pero no tanto para que nos dejes sin la colección de novela negra. A partir de ahora solo te dejaré coger un nuevo libro si devuelves uno de los que ya te llevaste".
El abrazo, por su compañera de tantos años, Dolors Comas, que lo ha acompañado amorosamente de manera ejemplar durante estos últimos tiempos de su vida, ciertamente difíciles a causa de la enfermedad. Jordi Borja se hará añorar, porque nunca dejaba indiferente, brillante e indomable como era. Pero perdurará en su obra escrita y en su obra material, que es una ciudad, Barcelona, que si no fuera por él no sería como era. Como la canción anónima de la cual no se conoce el autor, muchas de las cosas que hacemos hoy en Barcelona, en el ámbito político, y muchas de las cosas que vemos, en el ámbito urbanístico, son obra suya aunque no lo sepamos. Sin duda, no se puede entender la Barcelona democrática, de la misma manera que no se puede entender la historia de la lucha antifranquista ni la historia de la izquierda catalana de la segunda mitad del siglo XX —y, por lo tanto, la historia del país que somos— sin el nombre de Jordi Borja.
