“Tu libro es una obra maestra”, le dije a Daniel Vázquez después de leer El príncep i la mort. El tema, sin embargo, es duro: la muerte de su hijo Marc, de diez años. A pesar de la tragedia, es un canto a la vida, pero imagínate cuando lo lees como crítica literaria y encima es tu pareja. Mucha gente me ha dicho que no lo ha leído porque le da cosa. A menudo nos quedamos con el miedo de empatizar, de dejarnos afectar, de salir tocados, en lugar de pensar en el aprendizaje vital que nos ofrece adentrarnos en una historia única de amor.

Estamos acostumbrados a cambiar de canal cuando una imagen nos hace daño. Una de las cosas que más me atrae de cuando he viajado a la India es tener en el mismo plano cosas tanto bonitas como desagradables a la vez. Estamos acostumbrados a tapar las cosas que nos desagradan. A anestesiarnos con pastillas para no sentir el dolor. A beber demasiado para esquivar el malestar vital. Por eso, cuando finalmente llega el verano y tienes un libro en las manos, cuesta elegir uno que te pueda romper el corazón.

Me ha pasado lo mismo con el libro de Gisèle Pelicot Et la joie de vivre, traducido como Himno a la vida. Me daba pereza tener que revivir, aunque fuera entre líneas, la brutalidad que supera toda ficción de lo que le pasó. Por eso no lo he podido leer hasta ahora. Y he descubierto que, aparte de estar muy bien escrito, es profundamente enriquecedor. Sí, es una historia de la que conocemos el principio y el final, pero desconocemos cómo se sienten las personas que la viven, más allá del impacto, la rabia, la impotencia, el terror y la crueldad que todos esperamos encontrar.

También es revelador entender cómo el dolor extremo puede separar incluso a una madre y una hija, según la manera como cada una digiere lo que ha pasado. Cuando entiendes que lo más impactante no es solo todo lo que Dominique hizo a su familia y a su mujer, sino la manera como ella ha decidido afrontarlo. Cómo no puedes mandar también a la mierda toda una vida que, a pesar de que fuera un engaño, la sentías como feliz. Es entonces cuando la frase “la vergüenza debe cambiar de lado” adquiere todo su significado profundo, más allá de un eslogan feminista que, por cierto, difícilmente podría ser más acertado.

Entre las imágenes que conservamos del caso y la magnífica narración emocional de los hechos, es como si se rompiera la cuarta pared y el relato nos interpelara directamente sobre cómo actuamos ante aquellas cosas que ya no podemos cambiar. Es también un grito similar al de Primo Levi en Si esto es un hombre: cada uno vive como puede aquello que le toca vivir.

Mirar de cara y a la cara el sufrimiento de los demás no nos hace más débiles, sino más humanos

Otro clásico del verano es ir al cine, ya que no refresca en ningún sitio si no es con el aire acondicionado. La película The drama, donde sale Zendaya, llena las salas. El título promete más tragedia de la que realmente ofrece: es la historia de una pareja a punto de casarse y de todas aquellas cosas que desconocemos de los demás, detalles que pueden ser mucho más relevantes que una simple anécdota adolescente.

Pero la verdadera joya está en la sala de al lado: Viaje al país de los blancos, la historia de Umar Ousman. Hace cuatro años compartí con él una TED Talk. No era la primera vez que escuchaba su historia, pero verlo allí explicando cómo había llegado a beber su propia orina en el desierto, cómo una desgracia seguía a la otra y cómo él, a pesar de todo, era capaz de ordenarlo y darle sentido, me emocionó profundamente. Por su sonrisa. Por su energía. Por no haberse vuelto loco. Por su optimismo. “No estoy maldito; es el mundo el que lo está”, dice el protagonista de esta película, también interpretada por Emma Vilarasau. Explica al mundo qué tuvo que hacer un chico de Ghana para llegar a una Barcelona tan inhóspita como el Mediterráneo que se llevó a sus compañeros.

En mi calle, en Sants, hay un comedor social donde sirven el desayuno solidario. La mayoría de los usuarios son hombres, y muchos son africanos. Pensar en la historia personal de cada uno mientras bajo la basura que luego aprovecharán me hace mirarlos de otra manera. Porque lo más fácil es pensar que molestan en el barrio, que hay una avalancha de personas sin techo en los andenes. Lo más difícil es interpelarnos sobre el significado de todo ello. Hoy uno de ellos me ha preguntado si tenía dinero para comer al lado del supermercado. Si normalmente doy unos tres euros, hoy le he dado diez. Le he preguntado de dónde venía y me ha contestado de Nigeria. Le he dado la mano y le he preguntado si necesitaba algo más. Mis hijos me han preguntado qué me pasaba hoy.

Y es verdad que ver la película catalanofrancesa de Dani Sancho me ha hecho recordar cuando ayudaba a servir comida a las Hermanas de la la Caridad. Ellas me enseñaron que la gente realmente tiene hambre de “cariño” y que hay que mirarlos a los ojos y preguntar cómo están. He aprendido también mucho del personaje real de Montse (la madre catalana de Umar). Podrías hacer de esto algo bonito es el título del libro de la poeta Maggie Smith, en el que explica cómo encontró una nueva perspectiva escribiendo para que la separación no le provocara tanto dolor. El hecho de que Umar, Daniel, Maggie y Gisèle hayan querido explicarnos su sufrimiento es oro para ver con otro filtro la propia vida. Quizás esta es, al fin y al cabo, la gran lección de todas estas historias incómodas: que mirar de cara y a la cara el sufrimiento de los demás no nos hace más débiles, sino más humanos.