Lo que está estallando con el caso Epstein ya no se puede encuadrar en la categoría de “escándalo”. Es otra cosa. Los expertos de Naciones Unidas hablan, con toda la frialdad del lenguaje jurídico, de posibles crímenes contra la humanidad cometidos contra mujeres y niñas: esclavitud sexual, violencia reproductiva, desapariciones forzadas, torturas, femicidios, y una red transnacional sostenida durante años por dinero, contactos y silencios comprados. Más de 1.200 víctimas identificadas en los archivos, y la sensación de que solo estamos viendo la superficie.

En el Reino Unido, el terremoto ya no es solo moral. Andrew Mountbatten‑Windsor, el que fuera príncipe Andrés, ha sido detenido e interrogado por la policía británica por un supuesto delito de mala conducta en el ejercicio de funciones públicas, vinculado a su etapa como representante comercial del país. Los investigadores quieren saber si aprovechó esa posición para compartir con Epstein información sensible sobre viajes oficiales y oportunidades de negocio, tal y como apuntan los documentos desclasificados en Estados Unidos. Tras horas de interrogatorio fue puesto en libertad, pero sigue bajo investigación y sus antiguos domicilios oficiales han sido registrados. A todo esto se suma lo que ya conocíamos: su renuncia al tratamiento de “prince”, la pérdida de títulos y privilegios, y el acuerdo civil millonario con Virginia Giuffre, a la que reconoce como víctima establecida de abuso mientras insiste en negar las acusaciones.

La onda expansiva no se queda en Buckingham. Se está llevando por delante carreras políticas y corporativas en varios países. En el Reino Unido, Peter Mandelson ha dimitido del Partido Laborista y ha abandonado la Cámara de los Lores tras la publicación de nuevos correos y contactos con Epstein que se suman a un historial de relaciones incómodas con el financiero. En el mundo económico y jurídico, la abogada general de Goldman Sachs, Kathy Ruemmler, ha dejado su cargo tras filtrarse correos donde aceptaba regalos y encuentros con Epstein, mientras el presidente del poderoso bufete Paul, Weiss, Brad Karp, ha tenido que apartarse de la cúpula del despacho y de distintos puestos institucionales por la misma razón: su nombre aparece demasiado cerca del epicentro. Medios internacionales hablan ya de una “depuración silenciosa” de la élite: dimisiones discretas, salidas pactadas, puertas giratorias que se cierran antes de que el escándalo llegue a los tribunales.

¿Por qué tantos hombres que manejan fortunas, fundaciones y políticas globales decidieron sentarse con un depredador sexual condenado, y hacerlo repetidamente?

También hay consecuencias en el tablero tecnológico. Bill Gates ha cancelado a última hora su discurso inaugural en una gran conferencia de inteligencia artificial en Nueva Delhi, una aparición diseñada para hablar de futuro, innovación y gobernanza global. La versión oficial es que no quería desviar la atención del evento, pero la realidad es que el foco mediático se ha concentrado de nuevo en sus reuniones con Epstein entre 2011 y 2013, algo que él mismo ha reconocido como “un error”. Nadie le imputa hoy un delito por esos encuentros, y eso hay que decirlo con claridad. Pero el dato incómodo permanece: ¿por qué tantos hombres que manejan fortunas, fundaciones y políticas globales decidieron sentarse con un depredador sexual condenado, y hacerlo repetidamente?

Mientras tanto, en Estados Unidos se mira hacia un lugar aparentemente remoto: el Zorro Ranch de Nuevo México. Ese rancho en mitad del desierto, rodeado de misterio durante años, es ahora objeto de una nueva investigación penal a fondo ordenada por el fiscal general del Estado. El Congreso de Nuevo México ha dado luz verde a una pesquisa “integral” sobre lo que ocurrió allí, con facultades para reclamar documentos, citar testigos y acceder a la información derivada de los archivos federales. Se habla de posibles abusos sexuales, tráfico de menores y hasta muertes que nunca fueron esclarecidasNuevo México fue durante años un decorado secundario en esta historia. Hoy es una de las escenas principales.

Francia también ha tenido que reabrir un expediente que creía archivado. La fiscalía de París ha anunciado nuevas investigaciones por trata de seres humanos y delitos fiscales vinculados al entorno de Epstein, a partir de las revelaciones recientes y de denuncias de organizaciones de protección de la infancia. El nombre de Jean‑Luc Brunel, el agente de modelos vinculado a Epstein que apareció muerto en una cárcel francesa en 2022, vuelve a aparecer como pieza clave de un circuito que habría reclutado y suministrado víctimas desde Europa.

En medio de todo esto se sitúa el informe del grupo de expertos de Naciones Unidas, que es quizá el documento más demoledor de todos. No solo describe hechos de extrema gravedad, sino que denuncia que las últimas desclasificaciones se han hecho con redacciones defectuosas que protegen en exceso a personas influyentes mientras exponen a las víctimas. Reclama una investigación independiente, exhaustiva e imparcial, y repite una frase que debería ser obvia, pero no lo ha sido: ninguna persona, por rica o poderosa que sea, debería estar fuera del alcance de la justicia. Al mismo tiempo pide prudencia: un nombre en un documento no equivale a una condena, y el linchamiento mediático no puede sustituir al debido proceso.

Todo esto nos lleva a una pregunta incómoda, que va más allá de la batalla informativa. Cuando Putin habló de que estamos en manos de élites casi diabólicas, muchos lo interpretaron como parte de su propaganda contra Occidente. Sin embargo, al contemplar la magnitud del caso Epstein, cuesta no ver algo profundamente oscuro en la manera en que una parte de esas élites ha entendido el poder: como licencia para comprar cuerpos, conciencias y silencios. No estamos ante monstruos de otro planeta. Son personas que viajan en primera, dan conferencias sobre ética, escriben libros de liderazgo y se hacen selfies en cumbres de filantropía. Lo que revelan los archivos es que, si los hechos se confirman, aceptaron convivir con un sistema que convertía niñas sin nombre en mercancía desechable. Y que el mundo, durante demasiado tiempo, miró hacia otro lado.