De los últimos años (convulsos) podemos llevarnos un gran aprendizaje como movimiento independentista: el Estado español nunca falla.

Desgraciadamente, esta es una certeza incuestionable que queda patente, día tras día, en toda acción política y jurídica que ejecuta el Reino de España y todos los aparatos fácticos que lo conforman y garantizan su pervivencia; por ejemplo, si llevas a cabo un referéndum de autodeterminación, como en el 2017, donde 2.300.000 personas ejercieron el derecho legítimo a decidir cuál tenía que ser su futuro, su respuesta será la de las tortas, la persecución política y, finalmente, el intento de aniquilación de la voluntad popular mediante las vías más oscuras de la represión, prisión incluida.

Si el Parlament de Catalunya y su mayoría parlamentaria legisla para mejorar la vida de la gente de este país, el Tribunal Constitucional no tardará en suspender y anular cualquier mínima expresión de la autonomía catalana, como pasó con las 39 leyes suspendidas y las 12 anuladas antes incluso de la aplicación del artículo 155.

Si el modelo de escuela catalana, que reúne un gran consenso social y un apoyo mayoritario de la población, se demuestra imprescindible para garantizar que la escuela siga siendo un pilar para la convivencia, para la cohesión, un punto de encuentro cultural y un garante de oportunidades para todo el mundo, el Estado, a través de los jueces, no dudará en atacarla en un claro intento de fragmentarnos y dividirnos como sociedad, imponiendo porcentajes por encima de los criterios pedagógicos aunque sea un hecho totalmente impropio de cualquier sociedad democrática.

Porque si ponemos en un brazo de la balanza la legitimidad democrática de aquello anhelado por un movimiento masivo, democrático y transversal y en el otro, la sacrosanta unidad territorial del Estado español, veremos, como sin titubear ni un instante, la justicia española se inclinará hacia un lado, pisoteando sin vacilar los derechos fundamentales de la ciudadanía para aniquilar a cualquier sospechoso de querer construir un país más libre y justo.

Hagámoslo diferente y empecemos por nosotros mismos: combatamos la parálisis, con perspectiva histórica y generosidad, dejando de lado las pugnas y rivalidades partidistas y construyendo un movimiento capaz de superar los límites y las imposiciones de un Estado que se niega a resolver democráticamente un conflicto político

Si hemos constatado que el Estado español nunca falla, es necesario que seamos nosotros quienes lo hagamos diferente. El movimiento independentista se tiene que activar para que todo este aprendizaje acumulado en los últimos años sea una palanca que nos permita salir de la parálisis y el estancamiento en el que estamos inmersos.

Y no lo conseguiremos si nos dejamos llevar por el desasosiego. Contra su represión, la dignidad, la firmeza y la convicción de los más de 4.200 represaliados que luchan por defender nuestros derechos democráticos. Si nos tumban, anulan y suspenden la soberanía y nos prohíben el debate, desbordamos las calles y defendemos aquellas leyes justas que amplían los derechos de la mayoría. Si atacan la escuela para dividir a la sociedad, saquemos la lengua tozudamente y compartamos el catalán por todas partes.

Hagámoslo diferente y empecemos por nosotros mismos: combatamos la parálisis, con perspectiva histórica y generosidad, dejando de lado las pugnas y rivalidades partidistas y construyendo un movimiento capaz de superar los límites y las imposiciones de un Estado que se niega a resolver democráticamente un conflicto político. Cambiemos las formas y renovemos las voces para encontrar una estrategia que nos ayude a avanzar hacia un futuro mejor. Iniciemos un nuevo ciclo político que vuelva a generar ilusión colectiva.

Tengo la gran suerte de poder recorrer el país de primera mano. Y es cuando voy arriba y abajo que me doy cuenta de la cantidad de iniciativas potentes que afloran por todo el territorio, impulsadas por personas diversas y que son capaces, a través de su compromiso, de aportar nuevas formas de hacer y pensar. Estas voces y la voz de la gente joven, de los agentes sociales, del tejido empresarial y de la sociedad civil, son necesarias y tienen que ser partícipes del futuro de este pequeño país. Porque precisamente estas son las voces que no han dejado nunca construir aquello que un día queremos ser.

 

Joaquim Forn, miembro de la junta nacional de Òmnium Cultural