No son pocas las veces en que he hablado de lawfare y sobre cómo la misma se usa para destruir a quienes resultan molestos. Así, aquellos que tienen el poder para hacerlo deciden considerarlos como sus enemigos. Ahora uno de esos enemigos soy yo.

Una de las grandes perversiones de esta forma de hacer política, tan usada en los últimos tiempos, consiste en dotar de apariencia de realidad y legalidad una serie de actividades ilegales que se presentan como parte de una lucha contra la criminalidad cuando, en realidad, no son más que montajes que persiguen, como digo, la aniquilación del enemigo.

Si bien es cierto que las formas que se pueden adoptar para materializar este tipo de guerras son muy variadas, también lo es que suelen seguir unos patrones claros, concretos y que van siendo reproducidos en un escenario tras otro, siempre en contra del enemigo.

Lo interesante, y que sirve para identificar los casos de lawfare, es el proceso que se sigue y que suele contar con diversas etapas.

La primera de ellas consiste en la identificación del enemigo, determinar quién lo es y quién no. Se trata de una fase de difícil detección porque suele producirse en ambientes íntimos o muy restringidos y, casi siempre, de manera informal.

En definitiva, se trataría de una reunión o conversación entre dos o más personas, que se ponen de acuerdo y establecen que una o más personas se han vuelto molestas, que incordian a sus ideales, proyectos, intereses o intenciones y, por tanto, pasan a definirla como enemigo.

En algunos casos, más que incordiarles, directamente el nuevo “enemigo” puede que, por incordiar o resultar molesto a otros, sirva de trampolín para aspiraciones específicas de quienes van a iniciar una guerra contra esa persona o personas.

Una vez determinado el objetivo u objetivos, suele comenzar una campaña mediática de señalamiento a través de diversos medios de comunicación, normalmente vinculados ideológicamente al sector al que pertenecen los encargados de acometer contra el enemigo… Ahí están las hemerotecas, que no engañan, para probarlo.

Sin reparo alguno, se procede a satanizar al enemigo para ir generando una deshumanización del afectado, que sirva luego, no solo para justificar todo lo que se le vaya a hacer sino también para encajar el ataque dentro de lo posible, de lo creíble o, incluso, de lo deseado.

En el proceso de señalamiento se van buscando los flancos débiles que, en opinión de los atacantes, pueda tener el nuevo enemigo y, de esa forma, ir generando no ya el ambiente hostil sino, también, las vías por las cuales se abordará el proceso de criminalización y destrucción del objetivo.

Una vez que se ha establecido la deshumanización del enemigo, instalado su satanización y establecidos lo que los atacantes consideren son flancos débiles, se procederá a la judicialización de la situación para, como si de una profecía autocumplida se tratase, incriminarle con cualquier tipo de conducta que, a ojos de todos, pueda resultar creíble por muy descabellada que parezca.

No hay nada más perverso, antidemocrático, inmoral e ineficaz que el uso de la jurisdicción para el aniquilamiento de los enemigos

El proceso de judicialización podrá ser de mayor o menor intensidad, pero siempre será ampliamente difundido porque esa es la base sobre la cual opera la lawfare: destruir al enemigo a como dé lugar y hacerlo en todas las facetas de su vida, como son la profesional, social, económica y familiar.

La lawfare no hace prisioneros ni los indulta.

En el proceso de judicialización habrá grados e intensidades que tienen mucho que ver con la viabilidad o no del procedimiento; es decir, unas veces se acordarán medidas privativas de libertad y en otras no, se acordarán entradas y registro domiciliarios o no, se adoptarán medidas restrictivas de derechos o no y, también, se adoptarán medidas que afecten directamente a la economía del enemigo para, de esa forma, consolidar su debilidad dejándole, en teoría, desarmado.

Los cargos que se imputen no son relevantes, pero casi siempre se basarán no ya en especulaciones sino en un simple montaje que, para sostenerse, deberá ser sustentado en testimonios mendaces y bien premiados, así como en la ocultación de pruebas exculpatorias; también se hará, en otros casos, sobre la base de sembrar el proceso de pruebas falsas.

Estas técnicas, usadas ya en otros países, van siendo reproducidas como si proviniesen de un “manual de ejecución del enemigo”. Nada nuevo se ha inventado y, al respecto, basta remitirnos al caso del expresidente Lula, encarcelado sobre la base de testimonios falseados y manipulados por el juez Moro y los fiscales del caso, así como el de sus abogados, los compañeros Valeska y Roberto Teixeira y Cristiano Zanin Martins, imputados por blanqueo de capitales. Luego, cuando el daño ya está hecho, se descubre que todo no era más que un montaje, como en estos casos.

En paralelo al proceso de judicialización, un sector de los medios de comunicación —el más afín ideológicamente hablando—, sin escrúpulo alguno, se dedican a la difusión de los “hallazgos” policiales, las tesis fiscales y las decisiones judiciales. Abandonan el periodismo para hacer propaganda.

Y por aquí estamos.

Ahora bien, para que una acción de lawfare sea exitosa, se requiere algo más, básicamente saldrán triunfadores si el enemigo se rinde. En caso contrario, el montaje terminará siempre descubierto, puesto en evidencia y se volverá, cual bumerang, en contra de sus perpetradores.

Lo peor de la lawfare, y de quienes la practican, es que en muchas ocasiones consigue su objetivo: destruir a los enemigos, pero, también y de pasada, termina por desestabilizar y destruir el propio sistema al que pretende defender.

No hay nada más perverso, antidemocrático, inmoral e ineficaz que el uso de la jurisdicción para el aniquilamiento de los enemigos.

En mi caso, ni verán rendición ni conseguirán su objetivo. Podrán acusarme de lo que quieran, podrán encarcelarme cuando lo deseen y podrán creer que me han destruido, pero mientras la verdad esté de mi lado no cabe duda de que no habrán conseguido nada de lo pretendido, excepto destruir cualquier atisbo de credibilidad del propio sistema que dicen defender.

En cualquier caso, si hay algo que se debe tener presente es que quien se rinde siempre pierde y quien lucha siempre gana. Enemigos somos todos, todos los que no nos plegamos a los deseos de unos pocos que se tratan de adueñar de las instituciones, de las banderas, de las normas, del relato y del sistema, pero que, en realidad, terminan siendo sus auténticos enemigos.

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