Si yo fuera de Girona estaría preocupado por la noticia de que Quim Torra tiene intención de irse a vivir allí e incluso poner un despacho. En los últimos años todo el mundo ha podido ver que todo lo que el presidente sepulturero toca se convierte en una reliquia. Mientras algunos se esfuerzan en salvar Barcelona, veremos como los zombis del procés intentan saquear el resto del país con una desesperación que nos hará añorar el folclore pujolista.

Lo pensaba mientras leía las primeras páginas del último libro de Xavier Febrés sobre Josep Pla. Empujado por el elogio que le hizo Joan Safont, me descargué la muestra de Amazon y tuve uno de aquellos desdoblamientos cósmicos de la identidad que Proust dice que solo se producen por azar, cuando un recuerdo fortuito te despierta una emoción que habías olvidado. 

De repente, y por sorpresa, gracias a Febrés, me sentí 20 años más joven. Por un momento me encontré tratando de entender con toda la buena fe del mundo de dónde venía el vacío incomprensible del texto que tenía delante. Entonces recordé la sensación de estafa que me empujó a escribir los primeros libros y la bisutería que se empezó a publicar después del 1 de octubre para mirar de reescribir los últimos años. 

Pensé en el prólogo perezoso y lleno de tópicos que Joaquim Nadal dedicó al epistolario de Pla y Vicens Vives, y en el estudio introductorio tan oportunista que Xavier Pla escribió en las cartas de Eugeni Xammar. Al estilo de La Vanguardia española, que borró la etapa republicana de la numeración, la vieja guardia de Girona intenta borrar la última década de vida cultural. Así puede venir Jordi Amat y comparar el Cuaderno Gris con el dietario del escritor más simpático de Madrid. 

Franco creó un mundo grotesco, pero nuevo, que mezclaba el antiguo régimen con los adelantos tecnológicos popularizados por los nazis y los americanos. El otro día me miraba una fotografía de mis abuelos con bañador, sacada antes de la guerra, y pensaba que había una parte de ellos que no había conocido nunca. El libro de Febrés parece escrito a máquina, pero no tiene la fuerza de los fascistas para cortar con el pasado ni siquiera para crear un mundo peor. 

Ahora se trata de que la vida catalana languidezca despacio, como aquel que se corta las venas en una bañera caliente. Me basta con ver la evolución de Orden y Aventura para entender qué sentido tiene el vacío del libro de Febrés y por qué fue premiado. Bernat Dedéu habla de la Cataluña de los eunucos sin darse cuenta de que esta vez no intentarán cortarle nada; sencillamente dejarán que la comedia lo desangre hasta que, igual que alguno de sus amigos, sea lo suficientemente pequeño para encajar en el país nuevo.

Si Torra es una reminiscencia de los convergentes que votaban a Pujol y compraban todas sus enciclopedias, Febrés es el último suspiro del progresismo que vivió de hacer ver que no tenía ningún problema irreparable con España. En el jurado del premio que ha recibido su libro está explicada la alianza de estos dos mundos exhaustos que, sin fuerza ni imaginación, repiten los patrones de los años 90, mientras esperan que los efectos de la represión los salven.

Madrid intenta enterrar la vida catalana bajo las ruinas del mundo autonómico que el independentismo ha destruido. Justamente porque el progresismo está igual de muerto que el pujolismo, resulta tan útil para España. Por la misma razón que el fracaso de la Francia monárquica ante los nazis ayudó a los rusos a encumbrar la izquierda caviar, el fracaso de Cataluña para hacer valer la autodeterminación ayudará a España a barnizar la democracia europea de sensibilidad china.

Da repelús ver cómo los políticos y los articulistas catalanes se acostumbran a circular entre desechos reciclados, como si nada hubiera pasado. No hay que ser psicólogo para saber por qué Febrés se fija en la vitalidad de Pla y Martí Monterde en Stefan Zweig i els suïcidis Europa. Cuando el bicho amarillo desaparezca y ni siquiera quede la pandemia para explotar los morbos de la miseria, nos haremos cruces de que ni siquiera nos quede L'Empordà para ir a hacer el pedante.

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Bernat Dedéu
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