Los bardos y juglares en la época medieval componían canciones alabando los hitos de los héroes del momento. Muchas de las canciones eran irónicas, otras eran épicas, y todas bebían de la imaginación y los deseos del pueblo, que escuchando aquellas glosas podían por unos instantes, olvidar su realidad cotidiana e identificarse con las historias cantadas. De aquí y de allá, se las aprendían de memoria e iban cambiando según quienes la cantaban, perdiendo autoría y formando parte de la cultura popular. Cuánta verdad hay, y cuánto simbolismo. Necesitamos héroes en nuestra vida, símbolos en quien reflejarnos o a quien admirar, particularmente cuando las circunstancias no acompañan. La época actual también construye sus símbolos, pero hoy no querría hablar de deportistas, actores o cantantes, sino de científicos y de personas que con sus contribuciones hacen que la ciencia, la tecnología, la literatura o la economía avancen. Hoy haré énfasis en el Premio Nobel y en las personas que reciben este reconocimiento tan deseado y celebrado.

Cuando Nobel instauró su fundación, no le debió parecer que las matemáticas necesitaran un premio específico, ni mucho menos la biología (una ciencia que en aquellos momentos era todavía difusa y se dedicaba a estudiar los seres vivos, las células y los microorganismos de una manera puramente descriptiva). Los matemáticos han generado sus propios premios de reconocimiento a los que hacen aportaciones sustanciales en esta disciplina, las medallas Field. Los biólogos no nos hemos organizado ni hemos generado premios internacionales de tanto renombre y, en cambio, se nos encuentra bastante a menudo compartiendo los Premios Nobel de Fisiología y Medicina o, incluso, el de Química. Así, nos encontramos que Watson y Crick por su modelo de doble hélice del DNA ganaron el Premio en Fisiología y Medicina, y este año, el Premio Nobel de Química del 2020 se ha concedido a dos biólogas, Doudna y Charpentier, que han descubierto cómo funciona un sistema de defensa adaptativa de bacterias y arqueobacterias, el sistema CRISPR (pronunciado en todas las lenguas como "crisper") y cómo utilizarlo como una especie de bisturí molecular con GPS, que corta el DNA de forma específica y dirigida. Podéis encontrar su contribución, muy bien explicada para un público no especialista y para científicos, en la página web de la Fundación Nobel.

Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna se encontraron el año 2011 en un congreso en Puerto Rico. Tomaron un café y discutieron mucho de ciencia. Charpentier, microbióloga, era muy consciente de la posible relevancia del sistema CRISPR, pero necesitaba la ayuda de Doudna, que era bióloga estructural especialista en RNA, para profundizar en cómo funcionaba el sistema CRISPR, que tiene entre sus componentes RNA. Aquel café y las siguientes charlas cuajaron en una colaboración que resultó en una publicación en la reconocidísima revista Science, en el que demostraban que el sistema CRISPR podía ser usado, si se programaba y diseñaba por ingeniería genética, con el fin de cortar y editar de forma precisa cualquier secuencia de DNA. Poco después, grupos del Broad Institute en Harvard, liderados por George Church y Feng Zhang, demostraron que el sistema CRISPR modificaba (editaba) de forma eficiente y precisa el DNA de células humanas y de ratón. Hoy día, sólo 8 años después de este artículo inicial, todos los laboratorios de biología molecular del mundo utilizan o utilizarán CRISPR: para cambiar la información genética de bacterias, pero sobre todo de plantas, con variantes más resistentes a la sequía, o que no incorporan metales pesados, champiñones que no se oxidan ni se vuelven marrones, tomates que no se estropean tan fácilmente, y animales, sobre todo de laboratorio, que recrean mutaciones como las encontradas en pacientes humanos, con el fin de estudiar cómo y por qué progresa una enfermedad. Evidentemente, si se pueden modificar todos los organismos que conocemos, también se puede modificar el DNA de los humanos, sea para cuidar enfermedades (terapia) o quien sabe si, en un futuro, ¿mejorar la especie humana? Y aquí entramos en consideraciones bioéticas importantes que hoy no desarrollaremos, pero ciertamente se abren las puertas a editar y cambiar el DNA de nuestra especie, como comentamos con Jordi Basté en el programa No pot ser! (vale la pena retomarlo ahora que sabéis que hay un Premio Nobel detrás). De hecho, pronto hará dos años que os hablé de Lulu y Nana, dos mellizas que nacieron después de que fueran "editadas" mediante CRISPR, fruto del experimento prematuro de un científico irresponsable en China. Sí que os quería decir, sin embargo, que dentro del ámbito terapéutico y para tratar enfermedades graves, como cánceres incurables, anemia falciforme, la hemofilia y algunos tipos de ceguera hereditaria, se está aplicando la tecnología CRISPR en humanos, pero que en estos casos, los cambios genéticos introducidos no pueden ser transmitidos a la descendencia.

Así que ya podéis ver que este es un Premio Nobel muy merecido, porque CRISPR ha revolucionado el mundo de la biomedicina y la biotecnología, hay un antes y un después. De hecho, es magnífico que se haya premiado a dos mujeres científicas, que pueden ser ejemplo, en quienes muchas chicas pueden mirarse (poquísimas mujeres consiguen el Premio Nobel). De hecho, Doudna y Charpentier han recibido muchos otros premios y reconocimientos internacionales, entre ellos el Premio Princesa de Asturias, el año 2015. Pero como ya sabemos, los juglares actuales alaban a quien quizás es más conocido, y quizás olvidan a otras personas que también se merecían un reconocimiento. Y aquí nos encontramos con que ya en el Premio Princesa de Asturias hay una clamorosa omisión. Quizás por eso no nos tendría que sorprender que tampoco esté en la concesión del Premio Nobel de este año. Me refiero a Francis (Francisco) Mójica, un microbiólogo que lleva investigando el sistema CRISPR desde su tesis doctoral, en los años 90, estudiando las arqueobacterias de las salinas de Alicante. Os lo conté en una historia de perseverancia, humildad y buena ciencia básica, en su momento eureka. Francis descubrió que CRISPR era un sistema de defensa bacteriano contra la invasión de sus virus y patógenos y acuñó el nombre CRISPR (¡el acrónimo de una frase casi irrepetible!). Evidentemente, muchos pensamos que Francis Mójica se merecía compartir el Premio Nobel, pero no ha podido ser.

Con su tono habitual, comenta que él quiere seguir dedicándose a investigar, que es su pasión. Pero yo no me puedo dejar de preguntar por qué nunca ha recibido el reconocimiento que merece. Durante años, ha tenido muy poco dinero para investigar, continúa siendo un profesor titular de universidad, con mucha carga docente y con un grupito muy pequeño de investigación. Doudna en Berkeley y Charpentier en Berlín tienen muchísima más financiación, han creado empresas, dirigen grandes grupos de investigación, de más de una docena de personas y tienen a su alcance todas las facilidades de sus instituciones respectivas. ¿Qué habría pasado si Francis Mójica tuviera el mismo reconocimiento en su país? Por suerte, muchos sabemos de su contribución, su esfuerzo y su capacidad. Nos deja a muchos un sabor agridulce, porque la investigación aplicada quizás ha escondido el valor de la investigación básica. ¡Gracias, Francis!

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