Ya sé que en esta columna no abundan las crónicas musicales y, en cambio, sí que, normalmente, procuro hablar de cosas importantes para el país y para su futuro. Y la publicación de Pel barri es comenta (2026), de La Ludwig Band, lo es. Diversos amigos y conocidos que saben de mis gustos musicales pero también de mi edad me habían advertido, algunos a modo de amenaza, que no me podía perder el cuarto disco de larga duración del grupo barcelonés-ampurdanés. Ya tenía previsto hacerlo (porque ya hace tiempo que los sigo desde aquella prudencia que no te sitúa ni en primera fila ni al fondo de la sala), pero además de importancia, estos amigos y conocidos consiguieron trasladarme la sensación de urgencia. Y urgente lo era.

Pel barri es comenta es un disco mayúsculo condenado a marcar un hito en la historia contemporánea de la música catalana y, por supuesto, en la historia particular de La Ludwig Band. Y en este caso el mérito del grupo es que los otros discos ya eran —son— muy y muy buenos, de modo que el reto de superarse también era grande. Pero se han superado gracias a una cosa tan sencilla como poco habitual: la coherencia, la honestidad y mucho trabajo. Pel barri es comenta podría parecer una especie de consecuencia lógica de todo aquello que habían ido sembrando con El límit de la tonalitat, La mateixa sort y, sobre todo, Gràcies per venir, así como todas las otras canciones que habían ido publicando aisladamente. Pero precisamente por eso, porque la fase de consolidación —aquel punto temporal equidistante entre las primeras maquetas y el Olimpo— es el punto más crítico de todos, el mérito de haber logrado este disco es aún mayor. Mayor de lo que se imaginan.

Se hace difícil escoger cuál es la mejor canción de Pel barri es comenta, un disco en el que no sobra ni una

Dejo para los expertos de verdad la deconstrucción, canción a canción, de Pel barri es comenta. Yo solo puedo decir que si hasta ahora La Ludwig Band había hecho discos de rock con baladas, ahora ha hecho una balada monumental de rock. El inicio eléctrico de El teu amor es el preludio de trece canciones que no bajan de lo excelente en ningún momento. No hay una sola pieza prescindible, no sobra nada, cosa que demuestra el estado de gracia por el que pasan. Bien al contrario, se hace difícil escoger cuáles son las mejores de todas ellas, y —a riesgo de cometer el pecado de parecer que menosprecio el resto— la tríada Tal dia farà un any, Enganyar-te i Dos fills del destí son de lo mejor que he escuchado en mucho tiempo. Y al escribir esto ya me sabe mal no poner en la misma lista la obra maestra Creure, la prosa manelesca D’un concert de la Mushka, o la divertida —pero no menor— Xavier, el tècnic de so.

De hecho, esta última, con vientos, coros, piano, guitarras y otros, explica por sí sola cuál es el sonido de La Ludwig Band. Puede sonar a obvio, pero a veces hay que subrayar la evidencia: La Ludwig Band es, antes que nada, una majestuosa banda que suena como banda, que actúa como banda, que tiene actitud y hermandad de banda y en la que cada parte es imprescindible para mezclarse en un todo indivisible, próxima a una orquesta sinfónica, pero de rock. Y que nadie se engañe: detrás de este aspecto desaliñado, de estas camisetas mal puestas y de estas cabezas despeinadas, se esconden horas y horas de trabajo, tanto de composición y de ejecución como de producción. Pueden simular que se hacen los despreocupados, pero un disco así no se hace si detrás no hay formación, método, horarios y profesionalidad.

La mejor reivindicación de la lengua es la militancia de la normalidad: si te dejan en catalán, es lógico que lo cantes en catalán

Y en cuanto a las letras, pues francamente, a cada uno —dependiendo de sus experiencias personales— le resonarán unas más que otras, pero imagino que al bueno de Quim Carandell le deben haber roto el corazón en mil pedazos y de cada uno de estos trozos han salido joyas musicales que conectan con todo el mundo que haya sufrido el amor, el desamor, el engaño o la añoranza mal llevada. Es decir, conecta con todo el mundo porque, quien más quien menos, ha tenido treinta años. Todo ello, en catalán. Y este es otro aspecto a destacar, porque la mejor reivindicación de la lengua es hacerla desde la única militancia de la normalidad. Si nos han dejado en catalán, si ella ahora está con otro en catalán, y si —a pesar de todo— todavía la echamos de menos en catalán, es bastante lógico que lo cantemos en catalán. Porque ‘para llegar a más gente’ no hace falta traicionar la lengua en la que sientes: todo lo que ganas en seguidores lo perderás en autenticidad.

Ahora el reto es saber cómo defienden este elefante sobre los escenarios. Pero no tengo ninguna duda de que lo conseguirán porque el directo es el otro gran atractivo de La Ludwig Band. Y, de hecho, he tenido la suerte de ver (pagando la entrada, malpensados) cómo suenan tres canciones: On t’has ficat aquesta nit, Millor amb ell i Ha plogut des de llavors. Y no solo no pierden ni un gramo de calidad, sino que ver en directo cómo se engrasa la maquinaria de una quincena de músicos es un espectáculo fascinante. El año 1974, un crítico musical norteamericano llamado Jon Landau escribió: “Ayer vi el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen”. El resto es historia, y Jon Landau fue —desde entonces— su productor. Evidentemente, no he escrito todo esto para convertirme en productor de La Ludwig Band. Ni sé, ni quiero, ni tengo dinero y aún menos paciencia. Pero, a mi edad, sí sé detectar que en un presente y un país lleno de incertezas, oscuridad y desánimo, el futuro solo lo iluminaremos con rigor, creatividad y alegría. Y La Ludwig Band es exactamente eso: luz, esperanza y oxígeno para el futuro. El futuro será como La Ludwig Band o no será.