La idea de Gabriel Rufián, original, no puede decirse que sea. El Frente Popular de 1936 (PSOE, Izquierda Republicana, Unión Republicana, PCE y POUM, con apoyo indirecto de la CNT en algunos territorios) intentaba frenar a la derecha agrupada en la CEDA y, de hecho, lo consiguió en las elecciones de febrero de aquel año. Los experimentos posteriores no han terminado de tener tanto éxito como fórmula electoral (sí como pactos poselectorales, especialmente los tripartitos); pero muchos de los nombres de los partidos de izquierdas en el Estado han partido de este concepto de unidad necesaria (Izquierda Unida, Unidas Podemos, Sumar…). “¿Cómo es posible —pensará Rufián— que siendo tan megapopular como soy en todas partes, que me paran por la calle para confesarme admiración, no vean que yo puedo encabezar un frente de izquierdas tan necesario como lo era en 1936?”. Veamos por qué no.
En primer lugar, no: no paran a Rufián por la calle. Tiene un alto reconocimiento en encuestas, se considera que habla bien y que reparte buenos zascas, pero en la meseta española no se percibe ningún entusiasmo en la izquierda ante la aparición de un liderazgo único como el suyo. Bastante tienen con salvar sus propios muebles, o sus propios espacios electorales, especialmente formaciones como Bildu (que en absoluto entraría en una dinámica reformista española) o la propia ERC, con graves problemas de identidad. En segundo lugar, porque la amenaza de la extrema derecha ya no une nada: ni por la izquierda ni por el lado nacionalista. Los discursos de la izquierda en España han resultado tan reaccionarios, tan radicales, tan basados en la venta barata de múltiples ofertas supuestamente sociales, que el votante potencial no se conforma con la “unidad” como receta: quiere cosas reales, prácticas, realistas, no simples parches pintados de rojo. Y, por el lado nacionalista, lo mismo: las luchas compartidas no cuelan cuando no existe rastro alguno de voluntad de implantar una agenda plurinacional. En ninguna parte. Dejando al margen que, como todo el mundo sabe, incorporar el nacionalismo a los frentes de izquierdas acaba históricamente con la evaporación del nacionalismo para el simple engorde de la izquierda españolista.
Incorporar el nacionalismo a los frentes de izquierdas acaba, históricamente, con la evaporación del nacionalismo
Lo cual me lleva a la siguiente reflexión, si elevamos la perspectiva: ¿puede combatirse la eventualidad de una mayoría PP-Vox de algún otro modo? Yo creo que sí. En primer lugar, con un Frente Nacional: la unidad de todos los partidos nacionalistas o independentistas, al menos los catalanes, en un solo grupo. Pero hay otra posibilidad: no descartaría que a alguien se le ocurriera defenestrar a Pedro Sánchez y proponer, a cambio, una gran coalición (al estilo alemán) con el pretexto de una “legislatura constituyente”. Con un acercamiento, si fuera necesario (que evidentemente lo sería), hacia los nacionalistas. Creo honestamente que, si España quiere evitar que la extrema derecha desnaturalice la ya bastante desnaturalizada comedia “democrática” del régimen del 78 —como es previsible que hará si accede al poder—, la vía no es un Frente de Izquierdas, sino o bien una gran coalición nacionalista o bien una gran coalición estatalista-reformista, con el eje y la iniciativa en PP y PSOE. Si es que realmente quieren salvar algo de verdad. Dicho esto: hagan caso a Rufián o no, formen grandes coaliciones o no, propongan reformas constitucionales o no, el independentismo catalán solo debe saber aprovechar esta clamorosa debilidad del régimen para volver a intentar imponer su propio proyecto, que tiene nombre: independencia.