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Para empezar, no sé si dirigirme a usted como virrey o como Molt Honorable, porque siempre me ha dado la sensación de que ejerce el cargo de president de la Generalitat como un eficaz funcionario del Estado español. No es una percepción mía, sino la de mucha gente que le ha visto ejerciendo la honorabilidad presidencial más preocupado por los beneficios de España que por los de Catalunya. Más preocupado por agradar a Sánchez que a Catalunya. Más preocupado por complacer a los barones socialistas que por satisfacer a sus súbditos. Más preocupado por lo que dirán en el resto de España que por lo que dicen de nosotros los catalanófobos de turno. No se engañe, señor Illa: por muy buen catalán que usted sea —ya me entiende, de esos que entran en la categoría del "no pareces catalán"—, en la corte madrileña a usted le ven como a un buen catalán de mierda. Usted, señor Illa, no está exento de sufrir catalanofobia, por mucha genuflexión borbónica que haga para pedir disculpas a su majestad por los hechos del 1 de octubre. Parece un chiste, pero la vida es tragicómica.

No sé qué Catalunya quiere usted, señor Illa. Si cree también —como los orgullosamente charnegos— que la Catalunya real se encuentra en la horterada ferial del Besòs, o si cree en el país que ha luchado fervorosamente por salvar las palabras y la identidad de la barbarie. Usted, señor Illa, se emociona demasiado con la victoria de la selección española y con el símbolo fálico de Jean Nouvel revestido de un condón rojigualdo, y demasiado poco con las victorias de esta pequeña y desafortunada tierra. Bien mirado, no hay nada que celebrar si usted es el primero en no creer en ella.

Con políticos como usted, tan políticamente correctos a la hora de defender la identidad catalana, no se extrañe del auge de un partido como Aliança Catalana. Sé que le gustaría llegar a conclusiones fáciles y creer que muchos catalanes de repente se han vuelto de ultraderecha. La realidad, aunque usted no esté de acuerdo, es que se han cansado de ser vilipendiados, por el mero hecho de ser catalanes, por el Estado que usted representa, que no los quiere y los trata de insolidarios, cuando están obligados a dedicar parte de sus impuestos a construir comunidades autónomas que, siendo justos, ya no necesitan ningún tipo de solidaridad territorial. Pásese por Andalucía y contemple el nivel de vida del que disfrutan. Debe de ser tan lustroso, que se permiten el lujo de elegir a un presidente que aboga por la bajada de impuestos. Allí donde no lleguen con su dinero, ya vendremos nosotros con la puñetera solidaridad territorial. A eso se le llama "cornudo y apaleado", señor Illa.

Por muy buen catalán que usted sea —ya me entiende, de esos que entran en la categoría del 'no pareces catalán'—, en la corte madrileña a usted le ven como a un buen catalán de mierda

Si usted fuera un poco menos educado cuando Díaz Ayuso hace gala, una y otra vez, de una catalanofobia típicamente ibérica, le irían mejor las encuestas. Es una lástima su pose de persona que se quiere hacer perdonar por el hecho de ser catalán. Al menos, eso es lo que parece cuando usted no responde con contundencia a las mentiras de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que falsea impunemente la realidad respecto a los beneficios económicos de Catalunya, cuando es ella la representante de una comunidad ultrafinanciada con anabolizantes financieros que provienen de la periferia del kilómetro 0. Con su silencio, señor Illa, demuestra que también forma parte del engranaje del chiringuito madrileño. Lo cierto, señor Illa, es que a usted todavía no le he escuchado ninguna palabra respecto a las escasas inversiones del Estado en Catalunya, un 8,6% del total estatal, que, traducido en euros, son 1.321 millones. Si los comparamos con los 3.218 millones que se han invertido en Madrid, es calderilla. Como buen funcionario del Estado, será que ya le parece bien.

Usted, que forma parte del sector socialista periférico del PSC, ese que quiso eliminar cualquier signo de catalanidad en las estructuras del partido para convertirlo en un ente orgullosamente equidistante del catalanismo, dice que trabaja por una Catalunya de todos y todas. Y eso que viaja, usted. Ahora está en Vietnam, pero algunos seguimos teniendo dudas sobre si recorre el continente asiático por los intereses de Catalunya o con el temor de que, con sus acciones, no se enfaden el resto de los representantes de esta España de las autonomías. Un tema como el de la posible recuperación de peajes de la AP7 mediante la euroviñeta me hace pensar en si esto solo se implantará en la red de autopistas de Catalunya o si se extenderá al resto de las vías de la nación borbónica. ¿Nos lo podría aclarar? Porque me temo que será como siempre, y que la euroviñeta servirá para mantener la gratuidad de muchas de las vías del resto del Estado, sobre todo de las que llevan a los habitantes de la capital del reino a los lugares elegidos para pasar sus vacaciones.

Hay gente que ama esta tierra y tiene la sensación de que se le está deshaciendo como un terrón de azúcar dentro de un vaso de agua, con tanta tibieza. Y parece que usted, con su actitud apocada, es más un enterrador que un resucitador. Es lo que ocurre cuando el representante máximo no tiene convicción de país porque ha considerado la catalanidad como un mal menor; no como un dogma, casi, de fe.

Estimado señor Illa, en sus manos está el decidir ser virrey o Molt Honorable. Algún día tendrá que determinar si es carne o pescado, y especialmente cuando gobierne en España el PP, con la encomiable ayuda de Vox. Si como catalanes siempre sale el 36 cuando jugamos a la rifa nacional, imagínese usted lo que sucederá cuando gobiernen estos nostálgicos de la España de los gobernadores civiles, los grises, los toreros, las tonadilleras y la puta cabra de la Legión: 36, 36, 36, 36, 36 y hasta la victoria final.

PD: Son demasiados sus silencios, señor Illa. Sean por convicción o por poco coraje, sus silencios son muy preocupantes.