Las imágenes en la alfombra roja de los Oscars de hoy serán los trastornos de la conducta alimentaria de mañana. Parece que adelgazar hasta mostrar los huesos, la “moda” en la que el ideal de belleza es el de estar tan delgada como sea posible, la “moda” que asoló los cerebros durante el principio de siglo, ha vuelto. Y ha vuelto en un contexto en el que niñas y chicas cada vez tienen acceso a la pantalla íntima, la del teléfono, en edades más tempranas. Es imposible que el bombardeo constante de imágenes no tenga efectos sobre la autopercepción en autoestimas que están aún por construir. O por descubrir. Escribo que es imposible porque a las mujeres adultas que nos hemos deslomado durante años para sanar la relación con nuestro cuerpo ya se nos hace muy difícil marcar distancias. El ideal y los patrones de belleza han existido siempre y han ido cambiando en función de unas preferencias inducidas por todos los factores que conforman un contexto. Ahora, sin embargo, hay una industria ganando millones de millones de duros a costa de hacernos creer que necesitamos perseguir un aspecto que el propio mercado se encarga de hacer que nunca podamos alcanzar del todo. Que cada vez sea más huidizo, más exclusivo, más imposible de satisfacer. O que, en cuanto a estar ultradelgada, que no podamos abrazarnos a ello completamente sin, como mínimo, poner en peligro nuestras vidas

Hurgando inseguridades y creando nuevas, si es necesario, la rueda de un consumo que cada vez gira más deprisa se ofrece como la respuesta a la incomodidad de mirarnos al espejo y querer vernos de otra manera. Hay un entramado montado para hacernos creer que nuestras heridas interiores, las que cargamos nosotras con nosotras mismas, se pueden curar pagando unos labios nuevos, o unos pechos nuevos, o una nariz nueva, o un cuerpo nuevo. Y en este entramado, que las caras y los cuerpos que vemos de manera más habitual en las pantallas sean comprados nos hace concebir la artificialidad como normalidad, y la excepción como arquetipo de la masa. Hay gente ganando muchísimo dinero a costa de conseguir que las mujeres nos miremos al espejo y pensemos que no estamos bien hechas, que nuestros cuerpos son una tarea eterna a la que nos tenemos que abonar para siempre si no queremos, más que ser feas, tener que lidiar con el rechazo social que asumimos que la fealdad lleva adscrito. Así, más que un don de Dios recibido por amor que nos permite vivir y experimentar todas las cosas que puede contener una vida, el cuerpo se convierte en un cacharro que, por mucho que quieras arreglarlo, siempre funciona mal. Por culpa de una misma, añado. 

La presión estética descarnada, la presión estética que nos hace confundir deliberadamente autoestima y autoodio, voluntad de mejora y vanidad, la presión estética que nos hace maldecir aquello que deberíamos agradecer, quiere ponerse ilusoriamente por encima de los efectos que la vida tiene sobre nuestro cuerpo

Desde que nacemos, nuestro cuerpo se va muriendo. Esta mortalidad se expresa en los cambios de peso y de formas del cuerpo, en las arrugas que van apareciendo como un mapa de la experiencia, en las estrías de una tripa que ha engendrado vida, en las canas del pelo que han visto salir el sol muchas veces, en los colgajos que han perdido músculo porque cada vez se pueden mover menos, pero que nos han llevado a muchos lugares. Es bello, pero paradójico: en el cuerpo se refleja que nacemos para morir, y es precisamente este reflejo el que manifiesta que estamos vivos. Llevar impresa la vida en el cuerpo es el eco de una belleza más discreta, pero presente. De hecho, es el eco de lo único que es la Belleza en mayúsculas, porque es aquel que nos ha infundido la vida y nos ha permitido disfrutar de todo aquello de lo que disfrutamos con el cuerpo que cargamos. O que nos carga. Quizás es por eso que la “moda” skinny es especialmente perversa: porque promueve que el ideal de belleza sea la muerte, y no la vida. La presión estética descarnada, la presión estética que nos hace confundir deliberadamente autoestima y auto-odio, voluntad de mejora y vanidad, la presión estética que nos hace maldecir aquello que deberíamos agradecer, quiere ponerse ilusoriamente por encima de los efectos que la vida tiene sobre nuestro cuerpo, incluso cuando el riesgo es el de perder la propia vida

La belleza que Instagram no puede mostrar es la que es profunda e inmutable: la que ven los ojos de quien mira con amor. Esta es la que ve el Dios a quien debemos la vida, pero también es la que ven nuestros padres y amigos. O la que ve el hombre que nos ama cuando, habiéndonos visto vestidas, y pintadas, y peinadas, y ataviadas de todas las maneras posibles, y habiendo percibido el impacto que el tiempo que hemos pasado en su compañía ha tenido sobre nuestro cuerpo, nos sabe recipiente de una belleza única: la que solo él puede entender. La mirada amorosa de quien advierte la belleza más allá del patrón que interesadamente promueven la sociedad y el mercado es la única que nos permite ser indulgentes con nuestro cuerpo y con nuestro aspecto. Y es la única que verdaderamente hace de bálsamo a la herida que sociedad y mercado hurgan para hacernos creer que el temor a la fealdad, el temor al rechazo y a la soledad, se resuelve pagando dinero o maltratándonos siempre un poco más, en vez de haciéndonos conscientes de la belleza que perciben los ojos amorosos de quienes nos rodean, hasta que también la perciben nuestros ojos. Lo que es verdaderamente bello nos eleva por encima de las cosas del mundo, no nos hace esclavos de ellas. Y la vanidad y el autoodio son pozos sin final que esclavizan a perpetuidad. 

Cuidar el cuerpo desde el agradecimiento de tener un cuerpo, incluso si de salud vamos regular, y adornarlo para que luzca en vez de castigarlo por no lucir como querríamos, es el estadio último de un camino de autoestima que para muchas mujeres no se acaba nunca, porque tiene que ir reajustándose a medida que también lo hacen el cuerpo y el aspecto. Pero este reajuste, para que los ideales de belleza huidizos del mundo no se cuelen en él, se tiene que hacer siendo sabedora de que, mortal, estás bien hecha. Que has sido creada por amor y que tu belleza auténtica florece en el amor de los demás y en lo que te entregas a ti misma, no en la necesidad de pincharte la boca que te ha creado el último tiktok cuando has deslizado el dedo hacia arriba. Con esta boca has comido hasta tener la edad que tienes, has besado a la gente que quieres, has proferido algún comentario que ha dado la vuelta al estado de ánimo de quien lo ha escuchado, has manifestado alguna idea brillante que ha cambiado un marco intelectual preconcebido. Tu cuerpo no es solo un cuerpo: es la envoltura de la vida que tienes y de la que das. Si tienes cuerpo, ya estás bien hecha.