Mientras leía Open, la autobiografía de Andre Agassi, no dejaba de preguntarme si el desbarajuste que vivimos no lo empezamos rebeldes sin causa como nosotros. Recuerdo a Agassi riéndose por debajo la nariz en las ruedas de prensa y tirando finales de grand slams por la ventana a mediados de los años noventa. Los periodistas lo pintaban como un frívolo, pero a mí me parecía que su angustia tenía la misma base que la mía. 

Detrás de su talante excéntrico y aparentemente pasota veía los estragos de mi propia lucha. Fuimos la primera generación de hijos abrumados por las esperanzas y las atenciones de los padres. La formalidad estirada del resto de tenistas tenía algo de repelente y de caduca. Pete Sampras era una réplica deshumanizada de Ivan Lendl; antes de Boris Becker, ya habíamos visto en acción a John McEnroe. 

Me ha encantado saber que Agassi era fan de Mats Wilander, aquel número 1 de la ATP que se hizo presentador de la televisión sueca. También me ha hecho gracia descubrir que la cabellera de Bon Jovi que llevaba era, en buena parte, una peluca. Hijo de un boxeador iraní que se escapó a los Estados Unidos, Agassi entendió de muy pequeño que el único heroísmo posible en el mundo de la coca-cola era abrazar el amor de los padres y sobrevivir. 

Su libro explica la dificultad de gestionar el talento cuando te lo descubres mezclado dentro del cóctel de obsesiones de la familia. En estos casos no es solo que el talento sea una tabla de salvación y a la vez una tortura, también es una fuente inagotable de contradicciones, hasta cuando eres capaz de fabricar tu equilibrio. La relación de amor odio que Agassi tuvo con el tenis no es muy diferente de la que yo mantengo con la cultura.

La autobiografía está escrita con una gracia tan próxima a su manera de jugar que tendría un disgusto si ahora supiera que es obra de un negro. Leer confinado en casa las peripecias de Agassi es como leer un libro de historia. Me recuerda que en pocas semanas los años se han convertido en décadas y las décadas en siglos. Vete a saber si no recordaré aquellos partidos de tenis como el fruto de un tiempo un poco caprichoso pero dorado por el individualismo.

Los hijos de los años setenta fuimos los primeros en ver la brillantez absurda del tinglado que nos rodeaba, pero sin una alternativa, en vez de volvernos contra los padres hicimos lo que pudimos para elevarnos por encima de sus proyecciones soñadoras. Me parece que pasarán unos años antes de que el optimismo no vuelva a gobernar la educación de los niños. Lo añoraremos porque, aunque no salga gratis, siempre es mejor crecer rodeado de expectativas que de fantasmas.

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