El primer cuadro de mi madre que recuerdo era muy diferente de las obras que pintó después. Yo lo encontraba alegre porque salía el rojo ―mi color preferido― y porque no sabía qué expresaba. No había vivido suficiente para distinguir la rabia, la frustración y la confusión mental que le daban fuerza, y solo sentía el vigor primario y embriagador de la vitalidad. 

Después de enterrar a su padre, mi madre cogió una tela vieja, la pintó de negro y le vació encima un manojo de tubos de pintura amarilla, naranja y roja. De pequeño, la visceralidad selvática de aquel cuadro me hipnotizaba, me encantaba dejarme absorber por su misterio. Tardé años en relacionarlo con la fotografía del abuelo Llorenç que mi madre tenía junto a la cama, con su muerte prematura y aquel bigote de 1939 que había prometido afeitarse el día que Franco cayera. 

Los cuadros que mi madre pintó más tarde, cuando mis hermanas y yo ya corríamos solos por el mundo, no tienen la misma textura dura, ni el mismo trazo feroz, ni aquella combinación rebelde de colores enredados como gusanos. Algunos también tienen aire de big bang, pero de big bang bajo del agua, templado por la experiencia, el agradecimiento y por una paz interior que no se logra sin una cierta sofisticación.

La mayoría de las pinturas que mi madre dejó están hechas de colores vivos, climas densos, y sentimientos contenidos por el matiz y el dinamismo. Mi madre a menudo buscaba el misterio de la vida en el fondo del mar, entre caracoles gigantes y burbujas de agua. En la actividad de las profundidades oceánicas, donde las formas se desdibujan y el movimiento deja una estrella huidiza pero reseguible, encontraba un mundo de esencias vivas, en transformación constante. 

Supongo que el agua, la fascinadora densidad del agua, le permitía ligar la parte con el todo, integrar los detalles exóticos en un conjunto armónico, capaz de disolver las contradicciones en los ciclos de la vida y la poesía de la costumbre. Mi madre pintaba un mundo de fuerzas enormes y pequeñas esperanzas donde el dolor, que siempre es muy romántico, tiene una importancia objetiva pero una naturaleza relativa y reflexiva, y queda abrazado por la calidez del conjunto.

A veces me pregunto cómo habría evolucionado su pintura, si hubiera vivido más años. En aquellos fondos marinos siempre vi una lucha por preservar la semilla de las cosas que no había podido ser, un paraíso de tesoros llenos de sueños aplazados por las urgencias de la vida y la fuerza bruta de la historia. En ellos veía el alma de la chica que metía los retratos de Franco en los váteres de la sección femenina y de la señora que hizo dos carreras mientras trabajaba y cuidaba de nosotros.

Como pasa en el fondo del mar, en los cuadros de mi madre la vida tiende a subir hacia arriba con suavidad, a buscar sutilmente la luz de la superficie. Aunque no tenía previsto morir, últimamente decía que no quería volver a vivir la Catalunya oscura de su niñez y juventud. No la convencí de que la historia nunca se repite exactamente y que habría más espacio para desplegar las alas porque la estupidez puede ser ilimitada pero se esparce mucho más fácilmente a tiros.

Me parece que, con la libertad que dan los últimos años de vida, mi madre tenía margen para hacer emerger de sus pinceles algún mundo escondido, anterior a mí y a mis hermanas. Todo esto, claro, son suposiciones. Pero lo pienso a menudo, cuando miro sus pinturas. Sobre todo cuando pienso que la misma ilusión ciega que creó la propaganda del proceso, y que ella se creyó de todo corazón a pesar de mis avisos, ahora sirve de excusa a tanta gente para abandonarse al clima de posguerra y perder la capacidad de tomarse nada seriamente.

(Si queréis ver las pinturas, la librería Bernat expondrá una selección a partir de mañana por la tarde hasta el 6 de marzo)

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