En la vida las casualidades no existen, tampoco en el mundo del deporte y especialmente en el fútbol. Cuando un equipo llega seis temporadas seguidas a la final de la Liga de Campeones —y gana cuatro— y además consigue todos los títulos en juego de la temporada, es que hay un proyecto solvente y talentoso detrás. Y cuando otro equipo baja a Segunda División —después de cuatro temporadas memorables en Primera—, es que este año algo no se ha hecho bien y quizás más en los despachos que en el campo.
Sabe mal que todo esto suceda en un mismo día dentro del fútbol catalán: el Barça femenino se proclama campeón de Europa por cuarta vez y el Girona pierde la categoría. También podríamos hablar de cómo el Nàstic de Tarragona se salvó por los pelos, a pesar de no ganar su partido y tener a la afición enfadada por el juego y la gestión, a pesar de haber evitado el descenso, y también de cómo habrá dos de los históricos catalanes luchando para subir a la categoría de plata del fútbol estatal: el Europa y el Sabadell.
Esta generación de jugadoras es única: por la manera que tienen de quererse, sin aspavientos y con honestidad, sin esconderse ni dar explicaciones, por la normalidad con que son mujeres futbolistas
También hay equipos que en lugar de limitarse a celebrar su salvación agónica, prefieren acordarse torpemente de los rivales de su país. Es el caso de la afición del Espanyol que profirió cánticos repugnantes contra Girona y Barça. Que la rivalidad es elevada ya se sabe, y que a menudo nadie queda exento de comentarios desafortunados, también, pero el ensañamiento de ayer roza el delito. Para hacer mofa del descenso del Girona, la grada blanquiazul gritó: "El año que viene Girona-Sabadell" —dudamos mucho de que el comentario fuera de alegría por el equipo arlequinado—. Pero lo más grave vino con el cántico contra los culés: "Un piloto fantástico, un aterrizaje divino, vamos, talibán, aviones al Nou Camp". Quizás alguien debería entrar de oficio por apología del terrorismo. Este tipo de afirmaciones sobrepasan el mal gusto.
En todo caso, de la jornada futbolística de ayer nos quedaremos con el ejemplo de la victoria de las mujeres, por el juego, por el comportamiento —en el césped y fuera—, por el orgullo y la fuerza imparables que transmiten. Por la manera de celebrar. Esta generación de jugadoras es especial y única: por su calidad, por cómo entienden el fútbol, por cómo han abierto puertas con los dientes, por su lucha por la igualdad, por cómo se relacionan entre ellas, con la prensa y el público. Por la manera que tienen de quererse, sin aspavientos y con honestidad, sin esconderse ni dar explicaciones. En definitiva, por la normalidad con que son mujeres futbolistas en un mundo que estaba pensado para los hombres, también fuera del campo.
