Fue un día que me hizo sentir orgulloso de ser culé. Y 'orgullo' es una palabra que rehuyo, ya que se utiliza con demasiada alegría y se reparte indiscriminadamente, como las medallas de la Creu de Sant Jordi, premios que a menudo se han otorgado con tanta generosidad que ha convertido el metal de la medalla en chatarra.
Pero sí. Me sentí orgulloso de ser culé por poder participar en un día de fiesta electoral bajo el sol radiante de un domingo invernal, casi primaveral, rodeado de desconocidos a los que me une el amor por un club heredado, como se heredan las adversidades, las alegrías, las nostalgias, las promesas y, sobre todo, la memoria. La herencia viene de mi abuelo Joan —hombre de la generación de los Basora, César, Moreno, Kubala y Manchón—, y me convirtieron en feligrés mis padres, que coleccionaban cromos de Cruyff, Reixach, Marcial y Sotil, aunque mi madre me hablaba de un jugador llamado Martí Filosia. Siempre me decía que era guapo, y muy técnico, incluso un ilustrado en un mundo de iletrados, pero que le faltaba nervio. Y yo también coleccioné cromos de Cruyff y Neeskens y, sobre todo, de la Naranja Mecánica de Rinus Michels, pero tardé años y años en encontrar el cromo definitivo de mi colección, y fue Messi. Generacionalmente, era un cromo que no me correspondía, pero me hizo disfrutar del fútbol como un niño.
Durante muchos años, tuve como única religión el Barça, pero abandoné el monoteísmo cuando empezaron a morir las personas que formaban parte de mi universo existencial, y adopté el politeísmo para seguir viviendo. Y así voy pasando el tiempo. Cargando mochilas en las que paseo a mis muertos por el mundo, y a la hora del partido, rezando a Pedri para que se la pase a Yamal y éste la meta en el fondo de la red con una rosca de las que rompen las leyes de la ciencia.
Y el domingo me sentí el más fiel y el más feliz de los feligreses. Laporta fue reelegido y, por una vez, formé parte del bando ganador. Y aunque dicen que lo importante es participar, ganar es la hostia. Pero el orgullo que sentí no era por sentirme ganador —lo decían las encuestas—, sino por formar parte de un club democrático, a diferencia del Real Madrid, el equipo de Mórdor y de los pelotazos. Ahora que los trumpistas y sus marcas blancas están poniendo de moda un eslogan profundamente peligroso, como es el de libertad o democracia, los culés podemos sentirnos felices de formar parte de un club esencialmente distinto al Real Madrid, club que representa con mano de maestro esta libertad oligárquica por la que abogan los hijos ideológicos de Steve Bannon.
El orgullo que sentí el domingo no era por sentirme ganador, sino por formar parte de un club democrático
Durante el paseo hasta las carpas donde se guardaban las papeletas —o Joan Laporta i Estruch o Victor Font i Manté, o caixa o faixa, o faixa o caixa— y después, con el sobre en la mano, hasta el lugar donde estaban las urnas, me crucé con algunos turistas que observaban el espectáculo democrático como quien se planta por primera vez ante la Sagrada Familia. Y menciono la Sagrada Familia y no la Casa Batlló porque el día tenía un talante ciertamente místico. El turista observaba la masa de culés dispuestos a votar, como si ellos, los turistas, llevaran unas gafas de realidad virtual y nada fuera lo que parecía. Acostumbrados a seguir las pautas marcadas por los jeques o los oligarcas, propietarios de sus equipos, lo del domingo les parecería estar en medio del pueblo de Astérix: Laporta, el propio Abraracúrcix, y Font, el bardo Asurancetúrix.
Los datos dicen que las elecciones del 15 de marzo fueron las segundas con menos participación electoral desde las del Barça triunfante y de los dosieres de señoritas de compañía destinados a descabalgar a algunos rivales presidenciales, y los detractores del voto directo dicen que el voto electrónico aseguraría una votación masiva. Desde luego. Seguro que tienen razón. Pero el voto directo tiene una plástica ética y estética que te hace sentir en paz con el mundo. Por suerte, "fútbol es fútbol", como decía Vujadin Boskov, y si alguna de las personas con las que me crucé en los alrededores del Camp Nou era de Vox o del PP, prefiero no saberlo. Y descubrí, felizmente, que de existir una reserva india de catalanohablantes, esta está situada en el Camp Nou. Hacía tantos años que no oía a tanta gente hermanada por el habla sin tener que pedir disculpas por hablar catalán, que me emocioné y pensé que, convertida la Generalitat en una sucursal de Madrid dirigida por tecnócratas al servicio del Reino, el Barça es —como la Moreneta— la fe del pueblo catalán, y el resto son puñetas.
Laporta y la gente de su generación son los últimos de los mohicanos, capaces de maridar memoria y presente. Y es que no habrá futuro glorioso sin saber quiénes somos y de dónde venimos. Dentro de cinco años, si Laporta consigue aguantar hasta el final los embates del entorno barcelonista, deberá dejar los laureles imperiales en manos de, seguramente, un emperador de las redes sociales. Quizás será Piqué —el domingo corría su nombre como futurible— y aunque nadie duda de sus capacidades empresariales, me gustaría que tuviera claro que si se olvidan los orígenes, el Barça perderá su identidad. Esta es la razón por la cual el Barça es más que un club. El Barça, sin sus esencias, está destinado a convertirse en un equipo más. Josep Lluís Núñez lo intentó, cambiando el Barça más que un club por el Barça triunfante, y se estrelló contra la realidad. Eran otros tiempos, y había cosas, a diferencia de ahora, intocables. Llamadme ingenuo, si queréis.
