La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre la ley de amnistía ha abierto una puerta de esperanza a todas las víctimas catalanas de la justicia española, que lleva casi una década actuando siguiendo las directrices que marcó el monarca el 3 de octubre de 2017. No nos engañemos, entre el Borbón y Europa, los jueces siempre elegirán el primero, y por lo tanto la situación todavía se alargará. Aun así, quizás vale la pena pensar en la política catalana de los próximos meses.
En primer lugar, la reacción de los partidos ante la sentencia ha sido grotesca, sobre todo cuando la han intentado vender como una victoria del independentismo o un triunfo de Catalunya ante España. Todos sabemos que nuestras élites piensan que la población es idiota, pero se equivocan si creen que no tenemos memoria. La ley de amnistía (de hecho, de "normalización institucional, política y social") ha sido fruto de la rendición total de los líderes del movimiento, de la desactivación de las voces incómodas y de un grupo de transacciones oscuras donde se han intercambiado votos por pesebres. ¿Cómo se puede vender una Catalunya triunfante si todo el mundo puede ver en directo el deterioro de los servicios públicos, las infraestructuras o la lengua? La sentencia puede mejorar algunas situaciones individuales, pero no es ningún bálsamo para la nación.
La otra evidencia es que, si la amnistía se acaba aplicando, al día siguiente hay que enviar a toda una generación de líderes a casa. Es extraordinario que Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, los máximos responsables del fracaso de la operación independentista, todavía estén al frente de sus partidos y quieran encabezar listas electorales. Solo hay que mirar cómo la gente los ha abandonado: en las elecciones del Parlament de Catalunya de 2017, convocadas después de la aplicación del 155, Junts y Esquerra obtuvieron 1,88 millones de votos; en las de 2024 fueron 1,11 millones, una bajada del 41 %.
La desconexión del president Puigdemont de la realidad catalana es trágica, pero es uno de los grandes motivos del hundimiento de Junts, un partido sin objetivos claros y donde cada grupúsculo hace la guerra por su lado. En cuanto a Junqueras, solo hay que escuchar sus discursos mesiánicos y llenos de reproches para entender que será un candidato nefasto. Ahora bien, la necesidad de relevo va más allá, porque es obvio que el mundo independentista se ha fosilizado: tanto la ANC como Òmnium tienen líderes de más de sesenta años, y están llenos de nombres caducados que solo quieren mantener la presencia en los medios. La renovación de caras debe ser total.
Espero sinceramente que todos los perseguidos por la justicia española puedan recuperar las libertades democráticas, pero el futuro de la nación pasa por cambiar las cúpulas y romper todos los lazos con el Partit Socialista
Estos días algunas voces han lamentado en las redes sociales que muchos niños catalanes se sientan atraídos por la selección española, pero es bien lógico. El referéndum del 1-O se celebró hace casi diez años, y por lo tanto aquellos jóvenes que fueron protagonistas en la época de más efervescencia nacional —las manifestaciones multitudinarias, la Vía Catalana, la consulta del 9-N— ya pasan de los veinticinco. Hoy en los institutos y en las universidades solo hay chicos y chicas que recuerdan un mundo independentista lleno de rendiciones, jugadas estériles, discursos vacíos y chantajes emocionales. Los adolescentes enseguida huelen el fracaso y huyen de él y, ante un bando lleno de perdedores y de abuelos, es lógico que muchos se sientan atraídos por el poder agresivo del Estado y los posibles éxitos deportivos. También hay que recordar que cuando nuestros jóvenes tuvieron un estallido de dignidad en la plaza de Urquinaona, el gobierno del president Quim Torra aplastó la revuelta con un aplauso general, porque en Catalunya no hay nada más importante que los contenedores.
Las recetas que podrían hacer crecer el movimiento en 2026 y atraer a las nuevas generaciones son bien conocidas, pero ahora mismo solo las aplica Aliança Catalana. Sílvia Orriols no despega porque los catalanes hayamos cambiado de ideología, sino porque es la única que conecta con el miedo y la furia de la gente que vive fuera de las burbujas elitistas, y lo hace con un discurso expresado con una oratoria impecable y diseñado para las redes sociales. Por eso sus vídeos triunfan en TikTok (el lugar donde están los jóvenes), mientras todavía tenemos políticos que se creen que un semáforo verde de La Vanguardia hace ganar elecciones.
Espero sinceramente que todos los perseguidos por la justicia española puedan recuperar las libertades democráticas, pero el futuro de la nación pasa por cambiar las cúpulas y romper todos los lazos con el Partido Socialista. Aunque, si hacemos caso a las encuestas, la próxima legislatura será bien lamentable. Me huelo que el último estallido del viejo procesismo será defender un "pacto antifascista" entre PSC, Junts y Esquerra, liderado por el partido que envió a la policía a espiar reuniones sindicales de maestros.