¿Ha tocado techo la extrema derecha? La pregunta, que puede parecer un tanto atrevida en los tiempos que corren, la responderán los electores durante el ciclo que comenzará con las elecciones municipales (23 de mayo de 2027), generales españolas (verano de 2027, máximo), Parlament de Catalunya (mayo 2028, máximo) y europeas (junio 2029). Antes, sin embargo, y en el ámbito autonómico español, se habrán celebrado las elecciones andaluzas, el próximo mes de junio, que completarán una cuarteta de caucus de la derecha —tomo prestada la expresión del analista Iván Redondo— con las ya celebradas en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Los pronósticos son cosa de magos, y más cuando la incertidumbre es máxima en mil escenarios, pero si hablamos a escala española, los cuatro comicios autonómicos celebrados antes de tiempo por el PP con el objetivo de erosionar un poco más a Pedro Sánchez y medir fuerzas con Vox revelan que la extrema derecha puede haber empezado ya a perder gas.

Los comicios autonómicos en Extremadura y Aragón se saldaron con un incremento espectacular del apoyo a Vox. En el primer caso, la presidenta María Guardiola ganó, pero solo consiguió sumar 1 escaño más para el PP, mientras Vox recogía 6 más; en Aragón, el PP, liderado por el presidente Jorge Azcón, también fue primero, pero retrocedió 2 diputados, mientras que Vox se anotaba 7 más. Hasta aquí, la tendencia parecía clara: un PP con dificultades para aguantar la posición y una Vox a toda marcha. Pero el cuadro cambió hace ocho días en Castilla y León, donde el popular Fernández Mañueco fue de nuevo primero, ganando dos escaños, mientras Vox solo subía uno. ¿Estamos ante una especificidad local, en una de las autonomías donde el PP siempre ha sido más fuerte, o hay razones de fondo que explican el frenazo de los de Santiago Abascal, que no alcanzó el hito del 20 % de los votos que se proponía?

Entre las elecciones en Aragón y las de Castilla y León habían pasado dos cosas. La primera en la esfera local, donde ha operado la paradoja de que la extrema derecha, cuanto más sube, menos ganas tiene de gobernar. Se ha visto en Extremadura, donde Vox tumbó a Guardiola en la primera sesión de investidura, y en Aragón, donde Azcón aún no ha cerrado el pacto con Vox. Y todo indica que una parte del votante que dudaba entre el PP y Vox se ha decidido por el voto útil. La segunda variación se ubica en la esfera global: la guerra iniciada con el ataque de Trump y Netanyahu a Irán y que, cuando aún no hace un mes que empezó, amenaza con provocar una crisis económica mundial. En las últimas horas, Trump ha planteado un ultimátum para que el régimen de los ayatolás ponga fin al bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde circula el 20 % del petróleo, y la amenaza a todos los sistemas energéticos del golfo Pérsico y el Próximo Oriente. 

Trump, el faro mundial de la extrema derecha y el populismo antiliberal, lejos de traer un nuevo orden, ha instalado el mundo en el caos más absoluto

El último barómetro del CIS, correspondiente a marzo, aunque tiene la credibilidad que tiene una encuesta cocinada por José Félix Tezanos, también ha certificado un cierto estancamiento en la progresión electoral de Vox, con 2,3 puntos menos en intención de voto que en febrero. Si en el anterior barómetro la diferencia PP-Vox era de 4 puntos a favor de los de Alberto Núñez Feijóo, ahora se ha ampliado a 6,7. La guerra de Trump ha servido a Pedro Sánchez para resucitar el “no a la guerra” de los tiempos de la invasión de Irak con un grado de oportunismo obvio y el objetivo de reagrupar toda la izquierda, mal que le pese a Gabriel Rufián. Pero el problema no es el presidente español. El problema es que Trump podría provocar una crisis mundial como la de 1973, ocasionada entonces por el embargo de petróleo decidido por los países de la OPEP contra los aliados de Israel en la guerra del Yom Kipur, el intento de venganza árabe por la guerra de los Seis Días. Ahora, los culpables no habrán sido en primera instancia los árabes (o los persas), sino el inquilino de la Casa Blanca y el primer ministro israelí. Y entre los sectores que más sufrirán los incrementos del precio del petróleo y el gas, una buena parte de los votantes globales de la extrema derecha, la gente del campo y los obreros industriales precarizados a los que se ha considerado los grandes perdedores de la globalización.

Incluso la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, que es lista y rápida como un zorro, se ha apartado de Trump. El faro mundial de la extrema derecha y el populismo antiliberal, lejos de traer un nuevo orden, ha instalado el mundo en el caos más absoluto. Ahora sabemos que la polarización extrema quizás sirve para ganar elecciones y acumular millones de me gusta en las redes sociales, pero también puede llevar el mundo al borde del abismo. Abascal, que es el referente español de Trump, parece que también prefiere la inestabilidad a facilitar gobiernos del PP. ¿Será también el camino que seguirá Sílvia Orriols en Catalunya cuando se tengan que abordar los pactos municipales o decidir el próximo president de la Generalitat? La emergencia de la extrema derecha ha sido un fenómeno de raíz global y su techo dependerá también de la evolución del tablero global. O sea, de las guerras de Trump.