El runrún, es decir, la especulación o la expectativa, vaticina que, como la agresión a Irán ha puesto a Pedro Sánchez en modo electoral como adalid mundial del no a la guerra de Trump y Netanyahu, la consecuencia lógica es que convocará elecciones más pronto que tarde. En el calendario ya hay quien señala un domingo de junio o julio, a la vez que las elecciones andaluzas; dos convocatorias a las que se sumaría una tercera, Catalunya, si el presidente Salvador Illa continuase sin conseguir el sí de ERC a los presupuestos. Todo es posible en política y ahora, aún más. Pero servidor es del parecer que Sánchez nadará y guardará la ropa, con el objetivo de tonificar el músculo electoral que tiene ciertamente muy debilitado, y probará de acercar la legislatura hasta el final. ¿Puede conseguirlo? Veámoslo.
El escenario de caos y convulsión global es propicio para los intereses de Sánchez porque el inquilino de la Moncloa es un animal político que se alimenta —y, a menudo contra todo pronóstico, sale adelante— de la inestabilidad y la incertidumbre. Así fue cuando fue defenestrado por la vieja guardia socialista y recuperó el control del PSOE en unas primarias con todo en contra; cuando llegó a la Moncloa gracias a una moción de censura contra el PP, en 2018; cuando ganó las elecciones de abril de 2019 después de convocarlas porque le tumbaron los presupuestos, como volvió a ganar las de noviembre de 2019, convocadas porque no obtuvo la investidura, para ser, ahora sí, reinvestido presidente gracias a Podemos; y cuando, en 2023, consiguió el sí de Carles Puigdemont para continuar todo y haber perdido las elecciones. Es este Sánchez, el superviviente, nacido y renacido mil y una veces, el que ahora planta cara a Trump y, a pesar de que haya acabado enviando a Chipre la mejor fragata de la Armada española, enarbola el no a la guerra sin despeinarse porque, en el mercado del relato, ha sido el primero en hacerse con la exclusiva de la oposición al ataque trumpista a Irán.
Sánchez ha pasado a Rufián por la izquierda. La operación que impulsa el líder de ERC en Madrid se ha quedado pequeña ante la magnitud del no del presidente español a Trump
Yerran quienes acusan a Sánchez de haberse colocado en el lado equivocado. El error radica en leer lo que está pasando con las gafas de un orden global periclitado, el que Trump ha enviado a la papelera de la historia. Trump hace lo que hace, actuar de acuerdo con la ley del más fuerte, precisamente porque ya no hay ningún orden mundial que le ponga límites. No estamos ni en el mundo bipolar de 1960, en que la crisis de los misiles de Cuba llevó a EE. UU. y la URSS al borde del conflicto nuclear, ni en la guerra del Golfo de 1990, que los EUA lideraron porque justamente la URSS se desmoronaba, o en la invasión de Irak de 2003, legitimada por el 11-S y la amenaza yihadista global. Estamos en un mapa que tiende a crear áreas de influencia —Israel como potencia hegemónica del Próximo y Medio Oriente— pero sin que nadie tenga necesariamente garantizada la exclusiva del dominio. Es el punto en que se ha roto el sistema multipolar instaurado después de la Guerra Fría. El ataque a Irán, aliado de Rusia y China, precedido por la intervención de Trump en la Venezuela chavista, también aliada de Moscú y Pekín, es la prueba. Ni Putin ni Xi Jinping, que no han movido un dedo por Khamenei, a pesar de que la guerra se ha extendido por todo el Golfo Pérsico, ni por Maduro, tampoco activarán ningún misil nuclear si Trump invade Cuba. Tampoco Europa, a pesar de la sugerencia de Macron de crear un paraguas nuclear común, irá a la par. Sánchez intuye que ahora no es obligatorio estar con Trump. Porque Trump no es Occidente. No es democracia. Ni libertad. Es tan solo Trump.
La elección entre Trump o Khamenei, negro o negro, invita a escaparse y jugar por las bandas. La guerra de Irán es también la guerra de Sánchez. El presidente español se autoerige en negativo de Trump haciendo trumpismo. Sánchez polariza y confronta con el PP y Vox, los partidos ambiguos o declaradamente partidarios de Trump, pero también con la izquierda desmovilizada, disfrazado de conciencia crítica. Es este segmento el que le puede dar el salvoconducto a la victoria épica o a una derrota reversible, como la de 2023. En pocos días, Sánchez ha conseguido ofrecer un eslogan para reagrupar en el PSOE todo el espacio centrifugado por Podemos y Sumar, el siempre efectivo, y emotivo, “No a la guerra”; pero, además, ha lanzado una opa al españolismo de izquierdas y más allá envolviéndose con la bandera de la soberanía ante los caprichos neoimperialistas de Trump, su nuevo desorden mundial y la genuflexa Europa. A las guerras se va con la bandera puesta.
La guerra de Irán es también la guerra de Sánchez. En el orden del día de la guerra de Sánchez, la primera víctima será la Operación Rufián: el presidente español aspira a reagrupar todas las izquierdas en el PSOE para frenar al trumpismo en casa en clave de deber patriótico. Sánchez ha pasado a Rufián por la izquierda. La operación de unir las izquierdas plurinacionales que impulsa el líder de ERC en Madrid se ha quedado pequeña ante la magnitud del no de Sánchez a Trump. Porque, en el fondo, ¿unirlas para qué? Era la gran pregunta. Y la ha respondido Sánchez. Al motivo (Trump), ahora le ha añadido un eslogan (No a la guerra) y una bandera (la de la soberanía española), que les ha quitado al PP y Vox. Es lo que siempre hacía Felipe González, apelar al voto útil ante la amenaza del “dóberman” del PP, e hizo Zapatero en 2004 impulsado por las gigantescas manifestaciones de Barcelona contra la guerra de Irak, origen del mítico lema resucitado por Sánchez, y la mentira de Estado de Aznar en el 11-M. Sánchez tiene trabajo en casa, y, gracias a Trump, guerra en Irán para rato. Las elecciones que le importan pueden esperar.
