En según qué diarios, teles y radios no se habla demasiado del juicio al independentismo, aunque antes del mismo llenaban su contenido sobre los hechos y los presos protagonistas de estos hechos ―de las presas hablan menos― de manera casi absoluta o en todo caso omnipresente. Explicaran lo que explicaran, si era malo, podían hacer una comparación con el procés; o en su defecto con los catalanes y catalanas en general. Y no hablo sólo de los magazines matinales ―con sus dos grandes reinas―, hablo de todo el programario ―también de aquellos que reciben premio― del que se rellenan las televisiones estatales, públicas y privadas para tener informado ―es sólo una manera de decirlo― al personal. No he visto nunca tanta uniformidad. Siempre me hacen reír los ataques sobre la parcialidad a TV3 en un país en que la parcialidad, según de quién y según de qué tipo, se considera un honor y un buen hacer periodístico. Como muy bien señaló el inmenso Jordi Turull en su declaración ante el tribunal, es una gran suerte llevar el sombrero de unionista en este país; porque muchas cosas, por no decir la mayoría, te salen gratis. De hecho, se te reconocen como un gran mérito.

En la ausencia del juicio en los mismos programas y diarios que lo esperaban con tantas ganas de tremendismo supongo que tiene mucho que ver que el relato ha sido tan deformado, tan fuera de la realidad, que el concepto de postverdad se ha quedado corto y hay que hablar ya del retorno al dogma de fe.

Puigdemont es tan malo que incluso hace buenos a todos los que están en la prisión. No pueden soportar que se haya escapado del yugo español

En esta situación, la previa al juicio les hace muy difícil la comparación con el propio juicio punto por punto y en abierto; porque, para mantener la coherencia, o necesitan una gran postproducción o una multitud de comentaristas que sigan haciendo interpretaciones sui géneris o relatos paralelos, o ambas cosas al mismo tiempo. Les queda, sin embargo, la oportunidad de abonarse con titulares escandalosos a partir de alguna de las declaraciones de los imputados o, mejor todavía, de los testigos, a las que se pueden enganchar para ratificar el relato apocalíptico de los hechos que han ido alimentado y en el que se habían instalado tan cómodamente. El último, la negativa del president Puigdemont, hasta dos veces, a cancelar el referéndum del 1-O.

La traca ya está servida, todo es culpa de Puigdemont, el malo por excelencia, el demonio personificado. Puigdemont es tan malo que incluso hace bueno al vicepresident Junqueras y, a todas y todos, los que están en la prisión. No pueden soportar que se haya escapado del yugo español, ni los que querrían pena de muerte como en otros tiempos para los revolucionarios, ni los que querrían que eso no hubiera pasado ni se hubiera hecho tan largo para no seguir poniendo en evidencia su inconsistencia argumental y su incongruencia ideológica. Todas y todos juntos querrían a Carles Puigdemont encerrado a cal y canto, lo que deja bien claro lo importante que es que haya escapado.

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¿Qué pretende Puigdemont?
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