La guerra de Irak de 2003 no tiene nada que ver con la actual guerra de Irán. De hecho, aunque muchos lo intenten, no se pueden ni comparar. ¿Por qué, a pesar de ello, pues, algunos se empeñan en hacerlo y en banalizar un lema —el "No a la guerra", que se esparció como una mancha de aceite— que entonces tenía todo el sentido del mundo y que ahora no encaja ni con calzador? Pues porque con la excusa de la guerra parece que valga todo y que los que mandan pretendan justificarlo todo sin ningún tipo de explicación ni de asunción de responsabilidades.
Seguro que no debe haber nadie a quien le guste la guerra, pero las diferencias entre los dos conflictos son evidentes. La guerra de Irak fue fruto de una mentira urdida por el llamado trío de las Azores —en referencia a la reunión que el 15 de marzo de 2003 mantuvieron en el archipiélago atlántico los máximos mandatarios de Estados Unidos (George W. Bush), el Reino Unido (Tony Blair) y España (José María Aznar)— en torno a la existencia de armas de destrucción masiva —armamento químico, supuestamente— en manos de Saddam Hussein, que luego se demostró que era falsa. La guerra de Irán, en cambio, tiene como objetivo acabar con la amenaza nuclear —que esta vez está demostrado que efectivamente existe— de un régimen tiránico, el de los ayatolás, y acabar con el propio régimen, que hace casi cincuenta años que siembra el caos y la destrucción en el Próximo Oriente y que esclaviza y ejecuta a la propia población si osa alzar la voz y llevarle la contraria.
Quienes ahora hacen bandera del "No a la guerra" aplicado a la guerra de Irán hacen el juego al régimen de los ayatolás
Es verdad que el derecho internacional prohíbe inmiscuirse en los asuntos internos de cualquier Estado. ¿Pero qué es más importante: respetar el derecho internacional y permitir que la dictadura islamofascista siga masacrando a su gente con total impunidad o poner fin de una vez a esta pesadilla que hace tiempo que atenaza la región entera del golfo Pérsico? Hay veces que la ley no se aviene con la realidad y en estos casos es lícito saltársela. ¿O es que en nombre del derecho internacional los aliados tampoco habrían podido invadir Alemania para liberar a Europa del terror que había sembrado el régimen nazi de Adolf Hitler? Dicho de otra manera, quienes ahora hacen bandera del "No a la guerra" aplicado a la guerra de Irán hacen el juego al régimen de los ayatolás —el aplauso del propio Irán a la posición de España, por ejemplo, no puede ser más elocuente— y se convierten, en la práctica, en cómplices de las atrocidades que este no ha parado nunca de perpetrar. A veces hay que tomar partido decididamente por una opción, por mucho que quizás los compañeros de viaje —Donald Trump o Benjamin Netanyahu— no sean del agrado de la mayoría, pero, en este supuesto, a Occidente no le queda más alternativa que respaldar a Estados Unidos y a Israel como puntas de lanza de la guerra contra Irán.
Hacer lo contrario es no ser consciente de qué lugar se ocupa en el mundo. Y eso es justo lo que hacen, por un lado, la Unión Europea (UE) y, por otro, España. La UE, como siempre, ha llegado tarde y mal y con dudas a la hora de decidirse por cuál de las partes debía decantarse, y no es extraño que la consecuencia de esta actitud sea una falsa equidistancia que la sitúa en el lado equivocado, porque resulta que Europa no es ni ha sido nunca, aunque dé la sensación de que los dirigentes europeos no lo sepan, aliado del integrismo islámico, sino otro de los enemigos a abatir en tanto que miembro, exactamente igual que los Estados Unidos e Israel, del bloque occidental. Y España, para variar, se ha erigido en el Estado más antibelicista del planeta, con una mezcla de antiamericanismo, antisemitismo e islamofilia, que Pedro Sánchez, con el estilo quijotesco español tan característico, no ha tenido reparo en utilizar en beneficio propio con una finalidad puramente electoral, mantenga la fecha de las elecciones españolas para 2027 o decida adelantarlas a este 2026, precisamente a rebufo de la posición que la izquierda woke hispánica tiene sobre el conflicto en el Próximo Oriente.
El líder del PSOE ya fue quien más se significó en contra de Israel durante la ofensiva para desmantelar a Hamás en Gaza tras el ataque de la organización terrorista palestina del 7 de octubre de 2023, y ahora lo vuelve a hacer también en contra de Israel y, además, en contra de Estados Unidos. En el caso de Israel, ha prescindido de la embajadora en Tel Aviv y ha rebajado así el nivel de la representación diplomática española y, en el de Estados Unidos, ha impedido que hicieran uso de sus bases militares de Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla) para atacar a Irán. No hace falta decir que el movimiento ha enfurecido a Donald Trump, que ha vuelto a poner sobre la mesa la posibilidad de la ruptura comercial con España, que, si se produjera, no hay ningún tipo de duda sobre a quién perjudicaría más. Pedro Sánchez debe pensar que situarse como antagonista principal del presidente y magnate norteamericano le proporciona un rédito electoral que no puede desaprovechar, y en parte tiene razón, gracias a la inexistencia de una derecha española homologable a la derecha europea que capitalice la relación con el líder de Estados Unidos y que le deja el camino expedito para actuar como le dé la gana.
Todo ello, en todo caso, con la excusa de la guerra como telón de fondo, como ya sucedió cuando el 24 de febrero de 2022 Rusia invadió Ucrania y estalló en el corazón de Europa la conflagración armada que cuatro años después aún dura y ante la que la UE ha hecho y hace el mal papel habitual. Entonces, con la excusa de la guerra, todo cambió, y ahora pasa exactamente lo mismo. Con la excusa de la guerra, los precios de los carburantes, del transporte, de los alimentos y de cualquier otro producto o servicio se han disparado, algunos inflados artificialmente si es verdad que de la zona en conflicto, el golfo Pérsico, sale solo el 20% del total de la producción de petróleo mundial. Con la excusa de la guerra, las supuestas ayudas sociales para paliar sus efectos se convierten en herramientas de control de una ciudadanía cansada de pagar siempre los platos rotos. Con la excusa de la guerra, las libertades individuales y colectivas de los pueblos se encuentran más amenazadas que nunca. Y, con la excusa de la guerra, el presidente del Gobierno ha decidido que entraba en campaña electoral permanente por aquello de que mañana será otro día.
En cuanto a Catalunya, la posición oficial sobre la guerra de Irán es exactamente la misma de España. El PSC es el representante del PSOE en la colonia y, por tanto, no tiene nada diferente que decir ni que hacer. Del resto del mapa político catalán tampoco hay que esperar ninguna novedad, porque lo único que destaca es la incomparecencia del independentismo, que, al estar desaparecido desde el referéndum del Primer d’Octubre de 2017, ni está ni se le espera y, en consecuencia, no hay que hacer muchas elucubraciones sobre qué papel debe jugar respecto del comportamiento de Pedro Sánchez. Otra cosa es que los partidos procesistas quieran usar la excusa de la guerra para fingir que la relación con el líder del PSOE se tambalea, pero que vayan con cuidado porque los pocos catalanes que todavía les dan confianza y que cada vez son menos también empiezan a estar hartos de que les tomen el pelo justamente con la excusa de la guerra.
