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“Estimado Santo Padre, el catalán es la lengua propia de Catalunya. El catalán es la lengua de Gaudí. En Catalunya, el castellano arrincona el catalán. Bendecir la torre de Jesús en castellano y relacionarse en castellano con el pueblo catalán es sumarse a este proceso de minorización. La Iglesia debe estar al lado de quienes sufren la injusticia, no agravarla”. Podría haber sido así de fácil, pero las entidades y personalidades del país han decidido firmar una carta en La Vanguardia en la que, en realidad, se expone el motivo principal por el que todavía somos un pueblo ocupado hecho de gente con la mente colonizada: pensamos que el derecho a existir, la legitimidad para continuar llamándonos catalanes, viene de fuera y no de dentro. Pensamos que la pervivencia de nuestra identidad se nos concederá si la merecemos lo bastante, y con esta premisa nos excusamos de luchar lo suficiente para ganárnosla. En vez de atarnos a las raíces desde la autoestima, hacemos de la catalanidad una exigencia moral que nunca puede ser satisfecha del todo y que, así, se vuelve contra la propia autoestima.

La carta que firman —entre otros— el Barça, Òmnium Cultural, la ANC, la Xarxa d’Entitats Cristianes y toda una retahíla de personalidades es el reflejo de cómo un cierto universo político piensa que el país debe ser presentado ante el mundo para ser validado por el mundo. Escribo “el mundo” a pesar de que la carta vaya dirigida al Santo Padre, porque en realidad, a pesar de que la carta vaya dirigida al representante de la Iglesia, la pugna no puede entenderse fuera del marco de la geopolítica. Si Catalunya fuera un Estado, no harían falta cartas en La Vanguardia para que el jefe de la Santa Sede hablara en la lengua de la nación que amasó los cimientos políticos, religiosos y artísticos de Antoni Gaudí. Pero como Catalunya no tiene un Estado —debido, en el último tramo de la historia, a las decisiones tomadas por algunos de quienes firman la carta en cuestión— tenemos que humillarnos cíclicamente para tratar de alcanzar los objetivos más básicos.

Los catalanes no somos moralmente impecables. Que consideremos que esto nos hace menos dignos de existir es una autosugestión que no afecta a las naciones con Estado, y es producto de la domesticación que la ocupación inflige

"Humillación" es una palabra muy gorda, me reprocharéis, pero los argumentos del texto que aquí nos ocupa son los argumentos de un pueblo que no se respeta a sí mismo. "Damos comida a los pobres y a los inmigrantes", "somos una sociedad de acogida" o "la sociedad catalana siempre se ha manifestado contra la guerra", aparte de ser consignas presentistas que nos impiden relacionarnos con el pasado sin mirárnoslo con vergüenza, son argumentos que ni definen nuestra unicidad, ni reflejan el tipo de resiliencia que, generación tras generación, ha hecho que nos sobrepongamos a la violencia infligida por los españoles. Y que ha bebido, también, de un sentido de la justicia y de la fortaleza plenamente católico, tal como lo es la virtud de la caridad a la que algunos obsesivamente se remiten como si virtudes no hubiese más. Son los argumentos, pues, de quien cree que el Santo Padre debe dirigirse a los catalanes en catalán porque somos "buenos cristianos"—cualquier cristiano sabe que este sintagma lo carga el diablo— y no porque seamos, simplemente, catalanes.

Como cualquier nación del mundo hecha de humanos imperfectos, los catalanes no somos moralmente impecables. Nuestra historia tampoco lo es. Que consideremos que esto nos hace menos dignos de existir es una autosugestión que no afecta a las naciones con Estado, y es producto de la domesticación que la ocupación inflige. Es un método para poner el centro desde donde nos legitimamos fuera de nosotros mismos y para convertir esta misma legitimación en una quimera de la que nunca somos merecedores. Es un marco autoimpuesto que siempre nos susurra que sale más a cuenta agachar la cabeza que jugársela y que el reconocimiento que vale no es nunca el que comunitariamente nos damos. Que inconsciente o conscientemente asumamos que las consecuencias de la asimilación son nuestra identidad es, precisamente, el propósito final de la españolización. Si nos enorgullecemos de aquello de lo que somos presos, nunca querremos liberarnos.