Te parecerá que con la vida que llevo las cosas más estresantes deberían ser otras. Pero si tuviera que hacer un ranking, viajar con niños menores de seis años estaría, sin duda, en mi top five. Sé de lo que hablo. El padre de mis hijos vivía en Italia y yo en Barcelona, así que me pasé años volando sola: primero con un bebé, después con dos, más tarde con un bebé y una criatura que ya andaba y, finalmente, con dos niños que andaban… y hacían rabietas.
Siempre cargaba una mochila llena de pañales, una muda para cuando se derramaban el zumo encima, un ordenador y un libro que no conseguía ni abrir en todo el verano. Pero me lo llevaba igualmente, porque la esperanza es lo último que se pierde. Y si, por casualidad, echaban una siesta y podía dedicarme un rato a mí, casi siempre terminaba trabajando o me dormía yo también, vencida por el agotamiento.
Todavía recuerdo el día en el que pude volar sin chupetes, sin biberones, sin mil botellas de agua, sin cochecitos, sin juguetes ni comida estratégicamente repartida para comprar una hora de paz. Fue una sensación indescriptible. De repente, las discusiones, los "me aburro", los "tengo hambre", los "tengo sed" o los eternos "¿cuándo llegamos?" me empezaron a parecer casi música celestial. Porque, aunque haya días que tus hijos te caigan mejor que otros, llega un momento en el que piensas que ese caos no se acabará nunca. Y, de repente, llega un verano en el que te subes a un tren o a un avión con ellos y descubres que no hay amenazas, ni espectáculos, ni lloros, ni gritos. Y entiendes que, a lo mejor, este año sí harás vacaciones.
Que volverás a dormir. Que podrás leer una revista del corazón tomando el sol. Que podrás perder la mirada en el horizonte sin contar constantemente cabezas, flotadores o cubos de playa. Aunque para la victoria final me quedan unos años. Después de tantos veranos con un ojo en el mar o en la piscina y el otro vigilando dónde descansaba el pequeño sobre la toalla, recuerdo haber esperado septiembre con ilusión. Volver a trabajar era, paradójicamente, descansar un poco más. Por eso, cuando veo a una madre en el avión con esa cara de agotamiento, de insomnio acumulado y de supervivencia, siento un cupaje extraño de pena, de empatía y solo un poco de celos de tener a un bebé en brazos a quien darle mil besos sin que se queje.
A veces, el ruido más ensordecedor es también la prueba más bonita de que la vida sigue
Sí, ya lo sé. Las mujeres que no han podido tener hijos darían cualquier cosa por vivir ese cansancio del que nos quejamos las madres, especialmente durante agosto. Yo misma he pasado por tres pérdidas gestacionales y sentía envidia de las que se quejaban. También entiendo perfectamente a las que se separan, entre otras cosas, para tener, al menos, unos días libres… También he sido la pasajera soltera, con resaca, atrapada en un vuelo transoceánico junto a un bebé que no paraba de llorar. También he resoplado. También he mirado a esos padres pensando que eran unos inconscientes y unos maleducados. Hasta que me tocó a mí. Fue en un vuelo hacia Washington, cuando Trump todavía no era presidente. Viajaba con un niño de un año y pico —esa edad en la que todavía no pagan billete— y el otro dos años mayor.
—No… Nos ha tocado un niño al lado —me dice mi marido tras sentarnos en el vuelo de Air Canada.
Yo, en cambio, siempre acabo haciendo muecas a los niños. Soy profundamente infantil. Mis hijos todavía hoy se ponen celosos porque siempre acabo jugando el crío del asiento de delante.
—Tienes la cara tan redonda que pareces un sol —me dijo una vez un niño.
Y es verdad: me encanta hacer reír a los críos. Es una risa contagiosa. Quizás porque recuerdo a toda esa gente anónima que me salvó tantos viajes. La persona que entretenía a Vita mientras yo plegaba el cochecito. El desconocido que me ayudaba a subirlo escaleras arriba. La mujer que, en el control de seguridad, vigilaba a Leo mientras la otra intentaba escaparse gateando.
Por eso creo que todavía faltan muchas ayudas para las familias que viajan. Y todavía más si son monoparentales. Recuerdo un viaje a Londres para examinarme del diploma del WSET. Llevaba las copas de cata que exigían para el examen, los libros, el equipaje y una criatura que todavía mamaba. Sí, era esa compañía de bajo coste que todos estáis imaginando. Había facturado el cochecito en la puerta del avión y no me lo devolvían hasta la cinta de equipajes especiales. Las azafatas me dijeron que no podían ayudarme porque tenían otra tarea. Yo ya no podía más: la espalda me mataba y la niña pesaba cada vez más. Al final, fue el propio comandante quien me acompañó hasta la salida. Recuerdo que, cuando sabía que tenía que viajar sola con los niños, los días previos casi no hacía deporte ni cargaba las compras grandes del mercado. Ahorraba fuerzas para el trayecto. Creo que también fue entonces cuando dejé definitivamente de llevar tacones, incluso en ocasiones especiales. Al fin y al cabo, no hay nada que estilice más que una sonrisa sincera.
Ya sé que el verano es largo para los padres con niños.
—Yo no tuve este problema con Marc —me dice Daniel mientras elegimos qué película veremos durante el trayecto que nos llevará a nuestra luna de miel—. Nos pasamos los tres primeros años prácticamente viviendo en el hospital y luego no pudimos salir nunca de la Península ni coger ningún avión.
Y vuelvo a mirar a los padres agotados de tres asientos más adelante. Me gustaría decirle que sí, que el niño llora porque le duelen los oídos, o porque le están saliendo los dientes, y que hoy parece interminable. Pero también me gustaría abrazarla y susurrarle que esto también pasará. Porque, a veces, el ruido más ensordecedor es también la prueba más bonita de que la vida sigue.
