El Hospital de Vall d’Hebron de Barcelona ha vuelto a hacer historia: ha conseguido que una mujer que por una necrosis había visto destruido su rostro (con todo lo que eso conlleva desde el punto de vista funcional, estético y de relación social), vea trasplantada sobre la suya la cara de otra persona. Lo realmente inusual es que este es el primer trasplante total de cara que se hace en el mundo a partir de una donante fallecida porque previamente había sido eutanasiada.

En la compleja intervención participaron muchos especialistas y no se trata de una operación fácil, porque, entre otras cosas, incluye la posibilidad de que el donatario del órgano rechace el implante. Por otra parte, y creo que es el principal objetivo de la noticia, se encuentra el hecho de que se ha mejorado sin duda la calidad de vida de una persona sometida a una enorme postración física y psíquica. Pero salvando aquella eventualidad, que evidentemente hay que esperar que no se produzca, y por supuesto alegrándonos con ese cambio positivo para la paciente, vayamos a la cuestión filosófica que está detrás del caso en cuestión y de la relación entre las dos personas implicadas en ella, quien da y quien recibe esa cara.

¿Es la cara reflejo del alma de quien donó o lo será del que la recibe?

Vaya por delante que el hecho de que el donante sea una persona que previamente había solicitado la eutanasia contribuye a normalizar y elevar la dignidad de ese mecanismo jurídico, que para algunos pone de manifiesto y respeta la libertad de la persona para decidir cuándo y de qué modo morir, mientras es pura cultura de la muerte, pues pone los mecanismos del Estado a disposición del ser humano que se rebela frente a su destino y, por tanto, frente a las condiciones en las que, sin pedirlo, recibió la vida; unas condiciones que en línea de principio deberían hacernos aceptar que tampoco respecto del final tenemos legitimidad para decidir. Pero más allá del concreto supuesto y sus implicaciones, si se abre ese foco, nos encontramos ante todos aquellos casos de la donación de órganos que requieren un previo proceso traumático: para que alguien pueda recibir con satisfacción un órgano, en general debe haberse producido previamente el fallecimiento del donante. Por poner un ejemplo el principal damnificado de una siniestralidad viaria tendente a cero, el gran deseo de quienes a su cargo la responsabilidad en el tráfico rodado y en general la movilidad, es la peor de las noticias para quien justamente está en un hospital o en su casa esperando que ese tipo de deceso cruento se produzca. Así que en el caso de la mujer eutanasiada, su decisión queda positivizada, como el personaje de Will Smith intenta su redención de 7 almas, porque se prolonga en la mejor vida para otros seres.

Pero en el caso concreto que comentamos también hay que abordar la cuestión de la identidad. En una transfusión de sangre, como en el caso de la donación de un riñón, la identidad no se percibe. Sobre trasplantes de córneas o incluso de corazones, ya el cine se ha manejado en perfiles de discurso inquietantes… ¿Qué no decir entonces de una cara? Esa persona que tenía una y ahora tendrá otra, ¿cómo convivirá con ella, siendo como somos conscientes, y se ha afirmado tantas veces, que es justamente la cara, el rostro de la persona, lo que determina su personalidad? ¿Será ahora otra personalidad distinta o se sentirá suplantada por sí misma o por la persona donante? ¿Es la cara reflejo del alma de quien donó o lo será del que la recibe? Convengamos que todo ello a su vez banaliza la propia idea de persona en su componente espiritual, y no es nada nuevo, pues hay gente que con infinita más frivolidad se ha sometido a tantas operaciones de cirugía estética que ya con dificultad se las reconoce. Nada de todo ello en uno u otro caso pretendo juzgar, pero convengamos que más allá del hecho, pensar en ello requiere un esfuerzo intelectual de primer orden. Una cara nueva significará una vida nueva, supongo, y en todo caso la persona directamente protagonista de esta historia sin duda requerirá una adaptación. Le deseo que se produzca lo antes posible.