Seguimos con la saga. Cuando parece que todo va a llegar a su fin, se abre un nuevo camino que nos desvía totalmente del sendero inicial. Y cada vez el panorama resulta más inverosímil al tiempo que nos vamos sintiendo totalmente imbuidos en los aconteceres. Vaya, que esto de Catalunya se ha convertido en una especie de vorágine adictiva. Como cuando uno se engancha a una serie, encuentra toda la temporada y se la devora en poco tiempo: tiene frente a sí el último capítulo y se dispone a verlo con ese gusanillo que genera la adición mezclado con la tristeza de saber que se acaba… Una sensación rara en la que cada vez las emociones son más fuertes y el cansancio también te hace percibirlo todo tan grave como másdelomismo una y otra vez.

En este vaivén sentimental, en este sinvivir se encuentran miles de catalanes; cientos de miles; algún millón. Y a estas alturas no sólo ya de catalanes y catalanas, sino de ciudadanos que, bien desde territorio español, bien desde territorio extranjero, van enganchándose a este espectáculo lleno de pasiones y desgarros mezclados con pavor e incertidumbre. Y cuanto más se avanza en la trama, más se van polarizando los sentires y más absurdas y brutales se transforman las reacciones.

El caso es que el martes tenía lugar la investidura para votar al candidato a la presidencia de la Generalitat de Catalunya. En el capítulo anterior, Puigdemont venía de dar una conferencia en Dinamarca, reunirse con Torrent en Bruselas y ser buscado por todos los maleteros de coches, aeropuertos, helipuertos, submarinos y alcantarillas que separaban la Grand Place de la plaça Sant Jaume. Bueno, y mientras esto sucedía, como si el director fuera Tarantino, había un Partido Popular que, junto con el PSOE, solicitaban un informe preceptivo al Consejo de Estado para intentar suspender la sesión de investidura que aún estaba por celebrarse días después; informe que después Soraya y Mariano decidían saltarse y acudir al Tribunal Constitucional. Y los letrados del Tribunal les aconsejaron igual que el Consejo de Estado, pero Mariano y Soraya decidieron saltarse sus recomendaciones. El TC se reunió y sin llegar a tomar una decisión sobre la suspensión de la investidura, decidió absolutamente todo sobre ella.

Así, dando un plazo de diez días para presentar alegaciones, sin que nadie se lo hubiera pedido, sin tener potestad para hacerlo, decide imponer una serie de medidas que suponían, en la práctica, la suspensión del pleno de investidura. Pero sin suspenderlo.

Cuanto más se avanza en la trama, más se van polarizando los sentires y más absurdas y brutales se transforman las reacciones

La expectación era máxima el martes por la mañana. Que si aparecería Puigdemont, que si se convocaba a todo el mundo para rodear el Parlament, que si las caretas, que si Lovaina, que si telemático, que si presencial, detenciones, cárcel… No duró mucho la expectación: Torrent, el presidente del Parlament, apareció en escena, nada más empezar el capítulo de la investidura, para decir que suspendía el pleno.

Claro, eso es como cortarte el capítulo hasta la siguiente temporada, sin saber cuándo saldrá el próximo episodio ni qué ha pasado. Uno se espera algo apoteósico, pero en realidad no sucede absolutamente nada. Ni un maletero, ni un submarino, ni alcantarillas, ni helicópteros. Nada.

Por la tarde, un vídeo. Sin noticias de Gurb, ni de Puigdemont. Y una sensación de vacío… Todo se quedó en suspense.

Al día siguiente un intento de final muy mal traído. Como si de pronto, al carrete de Tarantino le hubiesen pegado un trozo de alguna peli de esas que echan después de comer. Que si un cámara que pilla a lo lejos la pantalla del móvil de Comín donde justamente en ese instante éste miraba ensimismado mensajes de un Puigdemont derrotado, traicionado y reconocedor de la victoria de Moncloa… mensajes que tenían un lapso de 10 minutos de tiempo entre cada uno y ni una sola respuesta de Comín… Lo que le digo, un final cutre y raro. Muy mal traído. Además, por si ya esto no fuera lo suficientemente extraño, laurean con un Pulizter a Ana Rosa Quintana. Pues eso, muy bizarro.

Y entonces, ¡paf! Aparece una voz conocida desde lo lejos: Oriol Junqueras. Él en prisión, y mientras tanto, lanzando un mensaje desde el pasado que aterriza justo en el momento en el que el absurdo y el cansancio estaban ya haciendo mella. Pone sobre la mesa la opción de una presidencia bicéfala: honorífica en el exterior, o sea, Puigdemont, y otra funcional y ejecutiva en Catalunya, aún por determinar.

Una manera de “salvar” al president de una detención segura, una forma de desbloquear esta endiablada situación, activar un gobierno y eliminar el 155 de la faz de la tierra. Es el gran interrogante que se pone ahora sobre la mesa.

To be continued

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