Durante estos últimos años he podido conocer Catalunya de una manera intensa. Me he pateado, literalmente, el territorio. He acudido a decenas de pueblos, algunos realmente pequeños, otros más grandes, de uno a otro lugar. He conocido a miles de personas. He convivido con muchas de ellas. Me han abierto las puertas de sus casas, de manera sincera, y he comido en sus mesas, he visto sus fotos, he conocido sus historias de familia. He creado lazos de amistad, casi de familia en no pocos casos. Hemos llorado, nos hemos reído muchísimo, hemos hablado durante horas sin parar, nos hemos escuchado, nos hemos abrazado con muchísima fuerza. Sobre todo, he vivido, he convivido, he aprendido y estoy sinceramente agradecida por el cariño que siempre he recibido.

Al principio a veces me decían una frase que no sabía bien cómo interpretar. “Si hubiera más gente como tú en España, sería muy fácil entendernos”. Entendía que era un piropo, una manera de mostrarme cariño y siempre me hacían contestar lo mismo: “Somos muchos más de los que creéis, de los que os quieren hacer creer. No estáis tan solos como parece”. Y comenzábamos a hablar del silenciamiento de los medios de comunicación generalistas españoles a opiniones como la mía. Encender la tele, escuchar la radio o leer la mayoría de los periódicos da a entender que nadie en la piel de toro empatiza con los soberanistas: lo que antes ofrecía al menos dos posturas ante cualquier asunto de actualidad, con el tema catalán “cerró filas” en las líneas editoriales. No es que todos los tertulianos y analistas pensasen lo mismo: es que a los que no pensábamos igual nos borraron del mapa.

De esta manera, se cumplían dos objetivos: que los catalanes soberanistas se sintieran solos, y que los españoles soberanistas se sintieran bichos raros.

Pero no somos pocos los bichos raros. No. Es cierto que no tenemos voz en los medios en la proporción que nos represente; como también es cierto que no tenemos representación política que nos convenza. Digamos que nos sentimos huérfanos (¡pero no como Felipe González!).

Dentro de lo que tenemos, profundamente decepcionados, quizás nos podamos sentir cercanos a Podemos, y también los hay aún en el PSOE (esos sí que son nostálgicos). Nos une un sentimiento de hartazgo, una casi nula sensación de esperanza; nos sabemos engañados, estafados, y prácticamente ya no le vemos mucha opción de remiendo a este país que se empeña en comerse a sus hijos, como Cronos. Pero estamos. Somos los que siempre perdemos, a los que nos hacen trampas. Esos que, cuando decimos lo que pensamos, nos suelen mirar con cierta ternura, como si fuéramos imbéciles por creer en esas chorradas de derechos para todos, libertades, justicia... La mirada se vuelve distinta si ya nos ponemos a hablar de presos políticos, de autodeterminación y franquismo: directamente hemos pasado de imbéciles a gilipollas sin remedio. Y a poca distancia estará el final de la conversación, muy probablemente con un: “Mira, vamos a dejarlo. Suelo estar de acuerdo contigo en casi todo, pero en esto de Catalunya no nos vamos a entender. Lo siento pero es que ya no tengo ganas ni de hablar del tema. No soporto los nacionalismos ni las banderas”. Y claro, a ver cómo le explicas que no va de eso, que va de democracia, que va de poner en valor las diferencias que enriquecen este país.

Que exista una posibilidad de un gobierno donde esté Podemos es lo mejor que nos puede pasar a los demócratas de este país

En fin: que los que queremos entendimiento, respeto, apertura de miras y una convivencia sana en España, nos tenemos que conformar con que alguna vez alguien aparezca para decir algo sensato y cruzar los dedos para que sea escuchado. No es fácil. Pero de entre todo el ruido, solamente he escuchado a Iglesias decir alguna cosa sensata sobre este tema fundamental. Alguna. O por lo menos es la versión menos bestia de lo que hay. Por eso le voté. A estas alturas, alguien que por lo menos tenga claro lo que fue la Transición, lo que son las cloacas, que tenemos presos políticos ya me parece todo un logro viendo cómo está el panorama, y cómo nos quieren quitar del medio.

Que exista una posibilidad de un gobierno donde esté Podemos es lo mejor que nos puede pasar a los demócratas de este país. Ya sé que no es la panacea; pero es lo que hay. Y sí, que tenga que ser de la mano de Sánchez da mucha pereza. Pero es que no hay otra. Afortunadamente para nosotros en esta ocasión, el ansia de supervivencia de Sánchez le hará tener que cambiar de discurso (una vez más). No, no me fío, evidentemente.

Pero de quien no tengo duda alguna es de los barones del PSOE, del PP y de Ciudadanos. Que están esperando a que la jugada de Iglesias y Sánchez se tronche para arrasar. Eso sí que lo tengo claro.

Y depende de mis queridos independentistas. Nunca antes se han visto en otra igual: tienen el gobierno de su “oponente” en sus manos. Pueden poner en marcha una coalición inverosímil que desencadenaría reacciones dignas de ser vistas. Y puede que algo se hiciera mejor que hasta ahora.

Sí, definitivamente creo que el independentismo debería abstenerse. Ni votar a favor ni en contra. Sencillamente dejar que pase. Que pase, dicho sea, lo que los bichos raros apoyamos en España. Esa coalición nos representa, sorprendentemente, a los que no hemos tenido quien lo hiciera hasta ahora. La situación que se ha generado nos da un mensaje claro: Sánchez tiene que poner al PSOE en la “izquierda” (o lo que sea); Pablo ha tenido que bajar los humos y rebajar sus asaltos a los cielos; y su ecuación no será posible si no reconducen la situación con los soberanistas catalanes y vascos. No me diga que no es como la moraleja de un cuento sobre el karma.

Ahora bien: los únicos que parecen estar entendiendo que esta puede ser la última opción de tender algún puente para hacer las cosas por la vía democrática y encauzarlo todo (aunque sea un poco) están siendo los de ERC.

Puedo entender que haya quien considere que cuanto más jodida esté España, mejor para los indepes. Pero no lo comparto. Es ahora, precisamente, cuando la batalla internacional dará sus frutos y para que eso encaje bien, en España tiene que haber mimbres para entenderlo. Permitir que lleguen al poder los que subirán el volumen del viva España y lo llenarán todo de banderas “constitucionalistas” solamente empeorará las cosas.

Ya, ya sé que alguno pensará que le da igual. Que ha desconectado ya de España y que solamente piensa en independizarse. Lo que ocurre es que la vía no era esa, sino la democrática. El asunto fundamental era un referéndum, si no recuerdo mal. Lo grandioso fue el 1 de octubre, donde se votaba a favor y en contra. Quien se olvide de quienes votaron en contra estará cayendo en el error en el que siempre ha caído esa España totalitaria de la que quieren marcharse.

Y qué decir de la fraternidad de los pueblos... esa que tanto ha defendido la CUP. Esa izquierda auténtica y verdadera que va a dejar colgado al pueblo español. ¿No se supone que esto iba de unidad de los pueblos para su liberación? Efectivamente ni Sánchez ni Iglesias son tan de izquierdas como la CUP, ni tan verdaderos ni tan auténticos. Pero tengo entendido que la CUP a veces tiene altura de miras cuando se trata de derechos y libertades. Supongo que bloquearlo todo en España, a pesar de que haya posibilidad de tener a lo único de izquierda que tenemos (“izquierda”) es un elemento necesario para la reivindicación. Porque todo es auténtico e inamovible dependiendo de la circunstancia: como tener escaño en el Congreso. Todo depende. Claro.

Soy la castellana republicana que defiende el derecho a decidir de todos. Que no come banderas. Una madre que no quiere que sus hijos crezcan en un país machacado por los tramposos de siempre. Una mujer que quiere ser libre. Amiga de los independentistas y defensora de su libertad. Una persona que quiere vivir sin miedo. Que vive en un país donde está mal visto protestar.

Soy como tantos otros que se alegraron con el acuerdo entre Pedro y Pablo; porque pensamos que por fin igual podríamos hacer algo por pequeño que fuera. Y soy de los que pensaban que los soberanistas verían la oportunidad que esperaban para ganar apoyos en España y encontrar las complicidades necesarias para empujar la estaca desde un lado y desde el otro. Porque, ¿no decía eso la canción? Si tú estiras bien por allí y yo estiro bien por allá...

Puede que esté totalmente equivocada. Pero creo que la única opción que nos queda para estirar por este lado es, precisamente, recorrer este camino extraño que se abre. Si nos vuelve a salir mal, al menos, lo habremos intentado.

Es la oportunidad de que por fin tengamos un poco de voz los bichos raros. Esos españoles que son más o menos como yo...

Elisa Beni
Opinión El pacto del seny Elisa Beni